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Página Negra: La maldición del tío Óscar

Actualizado el 01 de marzo de 2014 a las 11:55 pm

Algunos ilusos creen que ganar un Óscar es la puerta abierta hacia la gloria, pocos saben que después de traspasar ese umbral caerán por un túnel que los llevará a la peor de las desgracias: el olvido.

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Hay algunos tontos que nunca superan un éxito; y son tantos, que si volaran taparían el sol. Así como Hollywood fabrica constelaciones en el firmamento, también está plagado de estrellas fugaces que vuelan, brillan y desaparecen…perdidas en el infinito.

Cada año, desde 1929, la industria de las ilusiones otorga unas estatuillas doradas, que solo en muy contadas ocasiones son un billete al estrellato; la mayoría de las veces es una patada en el trasero para que no vuelvan a darse la vuelta por esos rumbos.

Si se premiara una actuación por la cantidad de tiempo en una película Beatrice Straight nunca habría ganado el Óscar a la Mejor actriz de reparto, en 1976, por Network, ya que solo actuó cinco minutos y 40 segundos; ni Hermione Baddely habría sido nominada por una aparición de dos minutos y 32 segundos en Un lugar en la cumbre , de 1959.

A unos por poco y a otros por mucho. Charles Chaplin, Orson Wells, Richard Burton, Peter O’Toole, Albert Finney, Kirk Douglas, Alfred Hitchcock, Stanley Kubrick o Cary Grant, nunca recibieron un premio de la Academia, salvo los de carácter honorífico y más bien de consolación, pese a que el sétimo arte tal vez no existiría sin ellos.

Cada entrega de premios confirma el vaticinio del arúspice troyano Laooconte, que al ver un caballo de madera ante las puertas de la ciudad dijo, palabras más palabras menos: “Temed a los griegos y sus regalos”.

Los dioses de Hollywood, como los antiguos aqueos, conceden dones a los mortales, que son más bien desgracias y arruinan sus endebles vidas.

Circula en la tierra de los sueños imposibles la “maldición del tío Óscar”, según la cual quienes ganan ese reconocimiento reciben infortunios como divorcios, fracasos, muerte y el peor de todos: el olvido.

Entre los más tristes destaca el de Jennifer Hudson, ganadora del Óscar como Mejor actriz de reparto por Dreamgirls , en el 2007. Un año después, su madre, Darnell, su hermano, Jason, y su sobrino Julián de 7 años, fueron asesinados a tiros por William Balfour, exmarido de Julia, la hermana de la cantante.

El pequeño hombrecillo desnudo de solo 13.5 pulgadas de altura, con una espada en la mano, bañado en oro y pasado de peso –casi 8.5 libras– tiene el poder de arrastrar por el piso a su dueño, llevarlo a la abyección, hundirlo en la espiral de las pesadillas y obligarlo a mendigar un papel para poder pagar la comida y el alquiler del cuchitril donde vive.

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A razón de hurgar en el costal del tío Óscar la primera víctima propiciatoria fue Mary Pickford, que en el cenit de su carrera artística recibió en 1930 el Óscar a la Mejor Actriz por Coquette . La reina del cine mudo creyó entrar a saco en la era parlante de la pantalla; pero con 38 años y perdido su encanto infantil, el público la despreció y a los 41 abandonó los escenarios.

Los herederos de la Pickford intentaron subastar el trofeo, pero la Academia de Artes Cinematográficas, que ella fundó, logró persuadirlos de que se los vendiera por el simbólico precio de $10.

El caso de Mary habría sido una curiosidad de no ser porque la ruleta maldita le cayó a Louise Rainer, una extraordinaria actriz alemana que fue la primera persona en ganar dos estatuillas seguidas: en 1937 con El Gran Ziegfeld y en 1938 por La buena tierra . Solo hizo una cinta más y las cuatro siguientes fueron un “despapaye”, porque cayó en desgracia con Louis B. Mayer, mandamás de la Metro Goldwyn Mayer, quien no toleró que esta exigiera mejores condiciones en su contrato y bloqueó toda su carrera hasta que terminó en series de televisión de categorías impronunciables.

Mal de ojo

En Hollywood la matemática es distinta: sumar es restar. Un premio, aunque sea el Óscar, quita en lugar de agregar. Ya el respetado crítico de cine Leonard Maltin, diagnosticó un nuevo mal que diezmaba a la fauna del celuloide: el síndrome F. Murray Abraham.

Hattie McDaniel fue la primera negra en obtener el premio como actriz de reparto. | ARCHIVO
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Hattie McDaniel fue la primera negra en obtener el premio como actriz de reparto. | ARCHIVO

Los síntomas se manifiestan en intérpretes desconocidos, algunos con cualidades histriónicas prometedoras, que a bocajarro obtienen la estatuilla dorada por un papel tal vez meritorio y de súbito –en lugar de subir– se despeñan en roles miserables, se tornan unos insufribles y en almas en pena que vagan entre las penumbras de las butacas, en busca de la luz del éxito.

Maltin se lo endilgó por primera vez a F. Murray Abraham, un connotado actor secundario que descolló en producciones como: Serpico , Todos los hombres del presidente , Scarface y al fin, para su desdicha, fue el mejor actor por su monumental encarnación de Antonio Salieri, en Amadeus de 1985.

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Según Jean-Jacques Arnaud, que lo dirigió en El nombre de la rosa , se volvió un egocéntrico incapaz de soportar las críticas y con aires de “prima donna” solo porque tenía el Óscar en su mesita de noche. Terminó encasillándose en personajes siniestros, rodando cintas para arrugar la nariz y mejor regresó al teatro, donde dicen que le va mejor.

Algo similar le sucedió a Roberto Benigni tras obtener el premio como mejor actor en La vida es bella , en 1999. Este había hecho trillo en su país como bufón en varios programas televisivos, sobre todo en Onda libera una sátira que le alzó los fustanes a media casta política en Italia.

Cuando se anunció el nombre de Roberto, el comediante saltó entre las butacas y subió al podio, donde pronunció un discurso surrealista, chispeante y solo le faltó pararse de cabeza. Espectáculos parecidos ofreció en otras ocasiones; se cita la vez que le besó los zapatos a Martin Scorsese en el Festival de Cannes.

El síndrome de Murray operó de inmediato y Benigni desapareció de las pantallas y se involucró en cintas, consideradas por la crítica, decepcionantes; entre ellas Pinocho , que horrorizó a los niños. El filme alcanzó seis nominaciones y un premio Razzie al peor actor.

Roberto actuó en A Roma con amor , dirigida por Woody Allen, y con sus monerías sacó las risas del auditorio, al personificar un don nadie que un día cualquiera se convierte en una celebridad y con la misma sinrazón vuelve a perderla. Lo demás, parte sin novedad.

La Academia no siempre la pega y concede honores excesivos. Los expertos señalan que 1997 William H. Macy, de Fargo ; James Woods, Fantasmas del pasado ; Edward Norton, Las dos caras de la verdad , y Armin Mueller-Stahl, Shine , tenían mayores atestados que Cuba Gooding Jr., quien levantó el Óscar al Mejor actor de reparto por Jerry Maguire .

El desastre fue mayúsculo y Cuba tiró por la borda todo el prestigio ganado al interpretar bodrios como Pearl Harbor , Papá Canguro 2 o Me llaman radio , que los críticos machacaron sin piedad.

Gooding Jr. era una promesa artística que pasó de bailarín de breakdance al mundillo de la publicidad, de ahí a la televisión y recaló en el cine, pero fue incapaz de subir más y quemó sus alas como Ícaro.

Jennifer Hudson protagonizó junto a Beyoncé el filme Dreamgirls. | LN
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Jennifer Hudson protagonizó junto a Beyoncé el filme Dreamgirls. | LN

Ni que decir de Adrien Brody –con más talento y ni un pelo de tonto– que sucumbió al brillo de la estatuilla; aunque es el actor más joven en ganar un Óscar, en el 2003, por El pianista , se montó en una seguidilla de cintas estreñibles.

El actor de nariz de aguilucho, mirada rapaz y ojos de aguamarina no ha podido pescar un papel que lo eleve otra vez al cielo estrellado; más bien, optó por películas de aventura al estilo de la nueva versión de King Kong y peor aún Depredadores , donde formó “troupé” con una gavilla de sicarios, mercenarios y gatilleros perseguidos por un asesino extraterrestre.

Incluso, para redondearse un poco los ingresos Adrien aceptó asistir a fiestas promocionales y cobrar casi $234 mil por compartir con los invitados; algo parecido a lo que hacían los aristócratas europeos a principios del siglo XX, cuando solo les quedaba de patrimonio el título nobiliario.

Perdidas en el cine

Lidya Susana Hunt estaba resignada a jamás encontrar un papel en el cine; medía apenas 1.45 metros, era bien fea, cuarentona y parecía la réplica de Edna Modas, la diseñadora de los trajes de los superhéroes en Los Increíbles .

La suerte le sonrió cuando Peter Weir buscaba un hombre para interpretar a Billy Kwan, en El año que vivimos en peligro .

Por esos días se llamaba Linda Hunt y, aunque era mujer, se alzó con el papel masculino y lo interpretó de tal manera que en 1984 alcanzó el Óscar a la Mejor actriz de reparto.

Desapareció de las pantallas y se refugió en el teatro y la televisión; aprovechó su voz ronqueta para dedicarse a los doblajes, a la radio y a vivir con la psicoterapeuta Karen Klein.

Otras galardonadas como Mercedes Ruehl, Mira Sorvino y Marcia Gay Harden terminaron eclipsadas. Ruehl fue la Mejor actriz en 1992 con The Fisher King , una versión moderna de la búsqueda del Santo Grial.

Mira Sorvino brilló en su papel de la prostituta parlanchina y voz de pito Linda Ash, en Poderosa Afrodita . En 1996 le ganó a Kate Winslet el Óscar a la Mejor actriz de reparto.

Marcia Gay Harden interpretó a la pintora Lee Kraspner, en Pollock , para ganar la estatuilla como actriz secundaria en 2001. Probó con películas de corte independiente que le granjearon fama de feminista e inconforme social. Ahora, espera recuperar la gloria como la doctora Grace Grey en la versión fílmica de Cincuenta sombras de Grey que se estrenará en el 2015.

Sexista y racista

La ceremonia de los Óscar es una fiesta de blancos y las actrices el platillo preferido del tío. Tal es el caso de Hattie McDaniel –en 1940– quien fue la primera negra en obtener el premio como Mejor actriz de reparto por su papel de la criada Mammy en Lo que el viento se llevó .

Diez años atrás los negros eran interpretados por blancos con la cara pintada, como Al Jolson en el Cantante de Jazz , la primera película sonora estrenada en 1927 y donde Jolson pronuncia: “Hey, Mum, listen to this…”

La carrera de McDaniel siguió igual que antes del premio, interpretando “domésticas” vivaces, alegres y mediotontas. “Prefiero actuar de sirvienta y ganar $700 semanales, que ser una sirvienta y ganar $7”, sentenció Hattie.

A otra negra, Halle Berry, la Mejor actriz en 2002 por Monster’s Ball , también le fue horrible; a partir de ahí solo tuvo papeles deprimentes como Tormenta en la celebrada saga de los X-Men y recibió el Razzie –el anti Óscar– por Catwoman . Este año podría repetir tan despreciable reconocimiento, por su execrable actuación en dos agujeros negros del celuloide: The Call y Movie 43 .

Aunque las mujeres se pavonean despampanantes por la alfombra roja con vestidos de diseñador y joyas prestadas, tras recibir el premio, moquear y gritar se olvidan de su amante de turno para irse a la cama con un hombrecillo dorado.

Este enano celoso las transforma y despedaza sus relaciones sentimentales. “Es porque la victoria se les sube a la cabeza y estas mujeres se convierten en divas imposibles de soportar”. escribió Tom O’Neil, en el web site TheEnvelope.

Julia Roberts, Reese Witherspoon, Hilary Swank, Sandra Bullock y Kate Winslet engordan la lista de las despechadas, a quienes después de ganar el Óscar les dieron calabazas, un poco por pesadas y otro por que sus “macho man” no toleraban ser eclipsados por estas luminarias.

El ex marido de Bullock, con nombre de forajido –Jesse James– reconoció que además de las motocicletas le encantaban las modelos; una de ellas declaró a la revista In Touch-Weekly que ambos la pasaron de maravilla mientras Sandra filmaba The Blind Side, la película que le deparó el Óscar. ¡Así, o más feo!

Los abogados especializados en divorcios sobrevuelan como buitres el escenario de la ceremonia, porque siempre al final quedan los despojos maritales de algún hombre incapaz de soportar el éxito de una mujer.

Halle Berry, en cuestión de meses, pasó de un óscar a un Razzie. | LN
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Halle Berry, en cuestión de meses, pasó de un óscar a un Razzie. | LN

Que lo diga Rosita Dolores Alverio, conocida en autos como Rita Moreno, una exótica puertorriqueña que alcanzó el cielo con las manos en 1962 con West Side Story , en el rol secundario de Anita. “No volví a hacer una película hasta siete años después de ganar el Óscar. Antes de eso me ofrecían los típicos papeles de latina. Las Conchitas y Lolitas en las cintas del oeste. Siempre estaba descalza. Era material humillante, vergonzoso, pero lo hacía porque no había nada más”, confesó a The Miami Herald .

Pero la culpa no es solo del tío Óscar. Hay fulanas con suerte; como Marisa Tomei que ganó como actriz secundaria en 1993 por Mi Primo Vinny , superando auténticas estrellas como Vanessa Redgrave y Judy Davis. Resulta que la noche de la entrega Jack Palance leyó mal el nombre en el sobre, y se lo atribuyó a la sorprendida jovencita.

Las lenguas aserradas aseguran que Palance estaba demasiado borracho; otros cuentan que este había prometido a unos amigos otorgar el premio a quien se le antojara.

Suerte fatal

Así pasa la gloria en Hollywood: rápido. Harold Russell brilló en Los mejores años de nuestra vida ; obtuvo un premio en 1947 como intérprete de reparto y otro de carácter honorífico. Nunca fue actor y tiene la marca de ser la única persona en la historia de la Academia que ha ganado dos Oscares por el mismo personaje: Homer Parrish, un marinero que perdió las dos manos en la guerra.

Russell se representó a sí mismo porque en lugar de manos tenía ganchos, debido a una explosión como instructor militar. La excusa que le dieron para no volver a contratarlo fue lapidaria: “no hay muchos papeles para actores mancos”. En 1992 vendió el premio en $60,500 para pagar los gastos médicos de su esposa Betty Marshallsee.

Hollywood nunca ha tenido paciencia con los discapacitados. Marlee Matlin padeció una malformación genética que la dejó sorda, pero sus dotes actorales fueron descubiertas por Henry Winkler. Este le propuso el rol estelar en Hijos de un Dios menor que relataba la historia de amor entre un terapeuta y una joven sorda. Hasta la fecha ha sido la única actriz con esa característica en ganar un Óscar, en el año 1987.

Siguió su carrera en la televisión porque en el cine solo actuó en películas que terminaron en las ventas de usados. Su romance con William Hurt, su coestrella, estuvo marcado por la violencia y las drogas según relató en su autobiografía Voy a gritar más tarde . Recibió tratamiento en la clínica Betty Ford y ahora es una activista en favor de los sordos y los pacientes con SIDA.

Algo similar le ocurrió a James Dunn quien venció al alcoholismo y durante 20 años y 40 películas llegó a ser reconocido en filmes familiares. En 1946 logró el Óscar por su rol de bebedor empedernido en Lazos Humanos . En principio pareció un espaldarazo a su lucha personal contra el licor, pero más bien fue un empujón cuesta abajo porque siguió malviviendo en papeles mediocres, cintas clase B y acabó en la calle en 1950, en bancarrota y de nuevo borracho.

Otro que probó la hiel del Óscar fue Haing S. Ngor, un médico y aprendiz de actor que sobrevivió a los campos de concentración en Camboya. Se interpretó a sí mismo en Los gritos del silencio , que le valió el reconocimiento como Mejor actor secundario en 1985.

Ngor pasó de largo con otras películas y murió asesinado por un comando terrorista de los Jemeres Rojos, que lo abatió a la entrada de su casa cuando se negó a entregarles un relicario con la foto de su esposa. Familiares, supuestos amigos, falsos conocidos y aprovechados de última hora se disputaron los restos de su herencia.

La maldición del tío Óscar se concentró con particular saña en Anna Marie “Patty” Duke. En 1963 logró el reconocimiento como Mejor actriz secundaria por El Milagro de Anna Sullivan , con solo 16 años. Sus manejadores John y Ethel Ross la explotaron sin misericordia, la indujeron a las drogas, el alcoholismo y abusaron sexualmente de la adolescente, aparte de despilfarrar el dinero que ganó Duke. Desde esos días hasta hoy ha vivido en un subibaja.

Otra estrella juvenil que terminó en el albañal fue Tatum O’Neal, la niña de nueve años que deslumbró a Hollywood en 1974, cuando ganó la estatuilla con Luna de Papel . Ella y su padre, Ryan O’Neal, eran un caramelo en la película pero en realidad este era un abusador emocional. En su biografía A Paper Life , relató su noviazgo con Michael Jackson, las aventuras sexuales adolescentes con Jean Claude Van Damme y Melanie Griffith, así como el consumo de cocaína y toda suerte de estupefacientes.

Así las cosas, Hollywood es como la casa del jabonero, el que no cae resbala y el premio Óscar es, en muchos casos, una piñata que eleva al ganador para que después le den garrotazos y que el tío de oro le eche el agüizote y lo empale con su espada.

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