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Página Negra Rita Hayworth: Ninguna mujer fue más bella que Gilda

Actualizado el 05 de abril de 2014 a las 11:55 pm

El paso inexorable del tiempo y la cruel soledad acabaron con el sueño de la diosa del amor; ultrajada en la niñez y vendida en la juventud, la belleza más potente del cine se perdió en el recuerdo.

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LatinStock/Corbis para Teleguía

El olvido se lo llevó todo. Un agua maldita lavó sus recuerdos: una infancia triste y una celebridad trágica. Envejecida, desaliñada, ida, asustada. En algún lugar de la memoria quedó la diosa del cine, la más deseada y la más infeliz.

A veces se levantaba a las cuatro de la mañana, gritaba y se perdía entre las sombras; en otras, lucía como una casa vacía y quienes la rodeaban carecían de significado.

En sus últimos días arrastraba los pies, temblaba, estrujaba objetos con sus manos, perdió el habla y se fue, como una gota que se vuelve a la mar.

¿Quién murió al amanecer del 14 de mayo de 1987? Margarita Carmen Cansino, el cascarón que dio vida a Rita Hayworth, la diosa del amor, la estrella de Gilda , Sangre y Arena , La dama de Shanghai y la mujer que protagonizó un striptease al quitarse un guante, la que recibió un manazo por mal portada y la pintaron en la ojiva de una bomba atómica.

La luz de las candilejas apenas opacó su espíritu atormentado por los recuerdos: un padre violador, un marido que la prostituyó, una industria fílmica que la vendió como un detergente, su adicción al alcohol y un final marcado por el alzhéimer.

“Tenía ataques de furia y yo pensaba que era una especie de demencia alcohólica. Fue un alivio cuando nos dijeron que era alzhéimer. No fue diagnosticada hasta 1980. Antes de eso, hubo dos décadas de infierno”, dijo Yasmin Khan, la hija que había tenido con Alí Khan, príncipe y playboy.

Pintada de rubio encarnó a Salomé y bailó la danza de los siete velos ante su lascivo y adúltero padrastro Herodes, en una pieza fílmica que se tomó todas las licencias históricas para que Rita quedara en paños menores ante la cámara.

Su matrimonio con  Orson Welles fue una pesadilla, pues él seguía con su vida de soltero y descuidaba a Hayworth y a la hija de ambos, Rebeca.  | ARCHIVO
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Su matrimonio con Orson Welles fue una pesadilla, pues él seguía con su vida de soltero y descuidaba a Hayworth y a la hija de ambos, Rebeca. | ARCHIVO

A mediados del siglo pasado los productores de Hollywood enfrentaron la competencia de la televisión con espectaculares películas a color, de gran formato y aptas solo para las salas de cine.

Igual que los mercaderes del templo saquearon La Biblia y encontraron argumentos sin pagar derechos de autor; de paso, podían violar los códigos morales y exhibir sin pudor cuerpos turgentes y macizos, con la excusa de que eran personajes sagrados.

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A sus 35 años Rita encarnó una Salomé vaporosa, mezcla de vampiresa del cine mudo con bailarina de tarima, que se debatía entre su amor pagano hacia un centurión romano, Stewart Granger, y su conversión al cristianismo; en el intermedio se quitó el tiro del libidinoso Herodes, pidiéndole la cabeza de Juan el Bautista, más parecido a un cavernícola que a un profeta.

Rita llevó una vida de folletín. Pasó por cinco matrimonios; uno de ellos con Orson Welles, más interesado en su carrera que en ella y su hija; fue un matrimonio abusivo y de perros, pero Rita consideró esos años como los más felices y Welles comentó con ironía: “Si aquello fue felicidad…¡Imagine lo que habrá sido el resto!.” escribió Barbara Leaming.

Mi chica favorita

Desde los tres años recibió clases de baile. Ensayar, ensayar y ensayar, así pasó la infancia; el miedo a su padre le impedía negarse. Eduardo Cansino Reina, natural de Sevilla, le robó la niñez a su hija, obligándola a vestirse y a maquillarse como una mujer, al punto que todos creían que era la esposa.

Recién llegado a Nueva York, Eduardo conoció a la bailarina Volga Haworth, en Broadway; se casaron y el 17 de octubre de 1918 nació la primogénita Margarita Carmen; más tarde vendrían Eduardo y Vernon.

La madre murió, a los 49 años, víctima del alcoholismo. Eduardo, que también empinaba el codo y se le salía el macho cabrío, garroteaba a la niña pero no le dejaba marcas.

A los nueve años Margarita Carmen se fue con su familia a Hollywood, donde abrieron una academia de danza para entrenar a las nacientes estrellas cinematográficas.

La Gran Depresión de 1929 acabó con los sueños de Eduardo; este le echó el ojo a su guapa hija, la sacó del colegio, formó con ella un dúo y le prohibió que lo llamara “papá” en público. Se la llevó a los más abyectos escenarios de Tijuana, México, porque Margarita solo tenía doce años y en los clubes angelinos no la dejaban entrar.

Encerraba a Carmen en el camerino, no para proteger su virtud, sino para abusar sexualmente de ella, según reveló Orson Welles. En ocasiones le permitía compartir sus favores solo con quienes podían abrirle paso en el cine.

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Fue en unos de esos sórdidos lupanares donde conoció a Winfield Sheehan, un gerifalte de los estudios Fox que vio talento en la novicia; le hizo una prueba y acortó el Margarita a: Rita.

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El promotor creyó encontrar a la sucesora de Dolores del Río. Rita debutó a los 16 años con El infierno de Dante , pero Darryl Zanuck la despidió porque la adolescente se opuso al derecho de pernada.

Todo parecía irse al traste hasta que apareció Edward Hudson y transformó el patito feo en un cisne. Puso a dieta a Rita, tiñó de rojo su melena castaña y a punta de electrólisis –un doloroso tratamiento capilar: le arrancó el pelo y aumentó la frente para que sus ojos resaltaran. Agregó una “y” al apellido materno; le cambió el vestuario, hablaba por ella, la llevó a los locales de moda para promocionarla y la conectó con la prensa perruna.

Hudson la lanzó al estrellato; si bien era 40 años mayor se casaron en 1937 y para recuperar la inversión decidió prostituirla a cambio de mejores papeles. Así fue como llegó a Columbia Pictures y sufrió el acoso de Harry Cohn, el intratable y mezquino mandamás del estudio.

Rita actuó en varias películas de relleno hasta que interpretó a doña Sol en Sangre y Arena . Las revistas difundieron las fotos de la actriz y todos los soldados norteamericanos la llevaban en sus mochilas. Al regresar de la guerra abarrotaron los cines para verla en la pantalla y Rita se convirtió en la “diosa del amor” con su papel de Gilda , en 1946.

Salió al escenario ataviada con un vestido largo de satén negro abierto a media pierna –escotado y sin hombros– y unos guantes que se quitó con seductora lentitud, mientras cantaba Put the Blame on Mame , con aquellos labios jugosos que pedían a gritos un beso.

Fuego escondido

Todos se acostaban con Gilda y se levantaban con Rita. Dormían con un mito, pero ella era un personaje de Kafka…siempre culpable. Sabía cantar, bailar, sufrir o reírse; mutaba como un camaleón.

La maquiavélica fórmula del s tar system modeló su melancólica belleza, triste y nostálgica, hasta que el producto rindió dividendos en la taquilla. La enyuntaron con Fred Astaire, en Desde aquel beso , y pagó en metálico y con su vida las vanidades de la gloria.

Rita devoró a la persona en un vórtice de pasiones frustradas. Como la samaritana, tuvo cinco maridos, pero nunca probó el agua del amor verdadero.

Una vez que Hudson recuperó su inversión, le quitó sus propiedades y la dejó en la ruina, se divorciaron en 1942, solo para encadenar cuatro matrimonios más: Orson Welles, Alí Khan, Dick Haymes y James Hill. Algunos biógrafos le agregan lances fugaces con políticos y magnates que la usaron en beneficio propio y la desecharon: el Príncipe Rainiero, el mafioso Lucky Luciano, la pandilla de amigotes de Frank Sinatra y otros –menos comedidos– la ligaron con el futbolista español Paco Gento.

Antes de reincidir en otra boda, tuvo que sacarse de encima a Cohn, que por despecho la humilló en público, instaló micrófonos en su camerino, le escamoteó el salario, la aisló de sus amigos y era un enfermo sexual que orinaba frente a ella.

A los 25 años probó suerte y se casó con Welles, un egocéntrico genio del cine, que la vio en la portada de Life y juró que la tendría, al precio que fuera.

Igual que todas las personas, Rita Hayworth solo quería una cosa: ser amada. Bajo los trajes de lentejuelas latía un alma patética

Era la “bella y el cerebro”. Orson siguió su vida de soltero, descuidó a su hija Rebeca y apenas soportó vivir con la mujer más deseada del planeta.

Tras el divorcio encontró un príncipe de verdad, no un pelagatos como el Rainiero de Mónaco que recogió Grace Kelly años más tarde. La boda con Alí Khan, el 27 de mayo de 1949, fue un cuento de Las mil y una noches .

Khan era descendiente directo de Fátima, la hija de Mahoma; su padre –Agha Kahn III– reinaba sobre 15 millones de musulmanes en Asia y África; caminó hacia el altar sobre una alfombra de 30 mil pétalos de rosa y llenaron una piscina con agua de colonia. Fueron invitados siete príncipes, cuatro princesas, un maharajá, un emir y el gaikovar de Baroda. La chusma de Hollywood se quedó en la acera.

El sueño se tornó una pesadilla porque Alí tenía más mujeres que criados y Rita naufragó entre botellas. Tuvo a Yasmín, quien la cuidó hasta el último día, cuando antes de morir le dijo: “¿Quién eres tu?”

Faltaba apurar el cáliz hasta las heces. Conoció al bailarín argentino Dick Haymes, un chulo enjaranado hasta las orejas que tuvo la desfachatez de pegarle en público, sin agradecer que Hayworth lo mantenía.

James Hill cerró el ciclo. Rita lo acusó de “crueldad mental”. Ella quería alejarse de Hollywood y él se empeñó en que siguiera rodando películas para lucrar con su imagen.

Igual que todas las personas Rita Hayworth solo quería una cosa: ser amada. Bajo los trajes de lentejuelas latía un alma patética.

Quien la vio, nunca jamás la pudo olvidar… aunque ella se olvidó de todos.

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