Entretenimiento

TELEGUÍA RECOMIENDA

Página Negra: Prince, el hombre sin nombre

Actualizado el 30 de abril de 2016 a las 11:55 pm

Algunos lo recordarán por sus trajes exóticos, los zapatos de plataforma, el afro y otros por altivo y endiosado, pero todos dirán que fue un mito viviente.

Entretenimiento

Página Negra: Prince, el hombre sin nombre

Rellene los campos para enviar el contenido por correo electrónico.

This picture loads on non-supporting browsers.
Página Negra: Prince, el hombre sin nombre

Genio, maniático y sombrío. Dio la vuelta al mundo en un día y vivió bajo una luna de cereza. Como el pop ya tenía rey, tuvo que conformarse con ser solo un príncipe, y para peores: sin nombre.

Más o menos, en realidad tuvo cinco: uno en la partida de nacimiento; otro impronunciable formado por los signos del hombre y la mujer; el que le atribuyó la prensa TAFKAP; también “El artista” y el que le dio la fama y la gloria: Prince.

Su padre –John L. Nelson– era un pianista aficionado al jazz y fundó el Prince Rogers Trio; de ahí tomó el apelativo que le ensartó a su primogénito, surgido de los amores con Mattie Shaw, la cantante del grupo.

La criatura vio la luz el 7 de junio de 1958 en Minneapolis, Minnesota; ahí fundaría –en 1984– Paisley Park, complejo de tres estudios de grabación y dos salas de concierto conocido como “el país de las maravillas de la música.”

Solo por ese dato el lector adivinará el ego del personaje, en proporción inversa a su aspecto real, que en nada cumplía los cánones de Policleto.

Prince era una “fifiriche”, apenas se levantaba 1,57 cm del piso; flaco, pelo afro, el rostro alargado, acicalado, atlético y en persona aparentaba menos edad, como un Dorian Gray, pero negro y sin retrato en la buhardilla.

Solía vestir unos monos como pijamas, parecidos a los quimonos que usaba Elvis Presley en Las Vegas; calzaba zapatillas con plataforma y hablaba quedito.

Página Negra: Prince, el hombre sin nombre
ampliar
Página Negra: Prince, el hombre sin nombre

Quedará para los psicólogos y demás especies de revuelcaconciencias analizar si la epilepsia que padeció en la niñez, influyó en la formación de su carácter esquivo y reservado.

Los pocos que lo entrevistaron aseguran que susurraba, jamás miraba a nadie a los ojos y todo su ser, su imponente ser, su maravilloso ser estaba concentrado en la música, en el arte que solo él podía crear.

Es justificable que los “millennials” nunca hayan escuchado de Prince, y les suene a estulticia el alboroto surgido en torno a su muerte, pues son incapaces de recordar lo que fue importante hace más de 25 años.

PUBLICIDAD

Por esos días, entre 1984 y 1994, Prince, a partir de un modelo teórico diseñado por él, se creó a sí mismo y la humanidad contempló, absorta, el estallido de una supernova púrpura en el universo musical.

Los cuentacuentos afirman que todo comenzó el día que su padre arrió la bandera y abandonó –a la buena de Dios– a la familia. Por dicha dejó el piano y el niño, de siete años, rumió su rabia aporreando las teclas. Aprendió solo, a puro oído, pegado a las series televisivas de Batman.

Siguió con la guitarra eléctrica y en la adolescencia tocaba más de 30 instrumentos diferentes. A los 17 años realizó varias grabaciones de prueba y un amigo –Chris Moon– lo conectó con los estudios Warner Bros, que lo enjaularon con un millonario contrato.

Lluvia púrpura

Prince era una superestrella. Llenaba estadios y era conocido en todo el planeta, más allá de razas, idiomas y aún por encima de las barreras generacionales, a pesar de que su nombre ya no sonaba tanto y era casi imposible ubicar sus piezas en la Internet.

Su talento para los instrumentos y la composición tal vez superaba el de su voz, lo cual no le impidió –siendo joven– fundar varios grupos; entre ellos Champagne y Gran Central, que a veces contrataban en fiestas colegiales y reuniones familiares.

El primer disco, For You, lo grabó a los 20 años pero fue hasta 1982 que alcanzó fama nacional con 1999 , un álbum doble que lo disparó a otra galaxia y lo enfrentó a su archirrival: Michael Jackson.

Con el disco y la película Purple Rain, de 1984, adquirió la categoría de iluminado. El acetato vendió 20 millones de copias, la banda de la cinta obtuvo el Óscar, se llevó tres Grammy y la gira promocional duró un año.

En el filme encarnó a The Kid, un músico pobre atormentado por un drama familiar tapizado de frustraciones que exorcizó gracias a la música. Recaudó $80 millones y se convirtió en un clásico de culto, si bien la nominaron a dos premios Razzie: peor nueva estrella y canción original.

Este renegado rompió con las multinacionales de la música, montó su propio estilo para los negocios que consistía en controlar todo el proceso y renunció a tirarle a la prensa pedazos de carne, con tal de llamar la atención.

PUBLICIDAD

Es probable que su ego todavía esté vivo; obligaba a sus empleados a llamarlo “mesías” o “dios” y estos deben hacer ahora chanzas sobre ese enano, que usaba tacones y calzas para lucir más alto.

Pero, hay que cuidarse de los hombres pequeños. Enamoró a una danzarina del vientre, Mayte García de 16 años; el divorcio le granjeó un buen botín a la culipelada. Quedó prendado de Paz Gómez, una guapura española que salió en el videoclip La mujer más bella del mundo. Dicen que nunca le puso un dedo encima.

Prince llenó sus canciones de sexo, lo cual no le impidió confesarse Testigo de Jehová en el 2001. Sacó la carne de las letras de sus canciones y acabó con su lenguaje procaz en el escenario.

Durante varias semanas arrastró una rara gripe y anunció: “Esperen unos días antes de malgastar sus oraciones”. Nadie se burla impunemente de la muerte; esta lo acorraló en una esquina del ascensor de su refugio musical, el jueves 21 de abril.

Minneapolis, la ciudad que nunca abandonó, iluminó de púrpura sus puentes para rogarle que no la dejara, que volviera y la hiciera vivir.

  • Comparta este artículo
Entretenimiento

Página Negra: Prince, el hombre sin nombre

Rellene los campos para enviar el contenido por correo electrónico.

Ver comentarios
Regresar a la nota