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Página Negra: Poncio Pilato ¡Ahí tenéis al hombre!

Actualizado el 15 de abril de 2017 a las 11:55 pm

Su nombre es citado casi medio centenar de veces en los Evangelios; también por los historiadores romanos de la época y es una de las figuras más oscuras y sombrías de la humanidad.

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Página Negra: Poncio Pilato ¡Ahí tenéis al hombre!

Cerebro frío y corazón de piedra. Sin un fulgor de piedad. Ante él, de pie, el “varón de dolores”; un amasijo de pellejo, huesos, tiras de músculos, envuelto en una sucia y miserable túnica púrpura.

Una legión de revoltosos judíos gritaba en las afueras de la Fortaleza Antonia, amontonados y con cuidado de no cruzar el umbral de la casa de un pagano, para no contaminarse.

Querían que él, Poncio Pilato, prefecto romano por la gracia del emperador Tiberio, condenara a muerte al pobre galileo. Su mujer, Claudia Prócula, le advirtió: “No te mezcles en el asunto de este justo, porque hoy, por su causa, tuve un sueño que me hizo sufrir mucho”. Igual le pasó al divino Julio César, que desoyó el mismo consejo de su esposa Calpurnia, y ese día lo asesinaron en el Foro romano.

Y él no quería problemas, menos con esa chusma y sus extrañas creencias. Estaban apresurados porque se acercaba la Pascua y debían de ejecutar al prisionero, solo que él no encontraba culpa en la víctima.

Tenía cuatro años en el cargo. Llegó en el 26 d. C. como el quinto prefecto de la provincia de Judea, con mando sobre Samaria e Idumea. Así lo confirmó una inscripción hallada en Cesarea, en 1961. Los Evangelistas lo llamaron gobernador.

En ese destierro arenoso, con un calor endemoniado, debía de recaudar impuestos para Roma, administrar justicia y controlar a las diferentes facciones judías, que luchaban entre sí por el poder político de ese polvorín.

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De todos los personajes romanos, ya fuera Julio César, Augusto , Nerón o Calígula –para citar los más conocidos–, ninguno captó la imaginación de los siglos como Pilato.

Aunque para algunos historiadores, como Tácito, Filón o Flavio Josefo, Pilato fue un personaje venal, la Iglesia Copta lo tiene entre sus santos, si bien decidió la muerte de Jesucristo.

Justo por eso, y para darle contexto a Jesús, es que millones de creyentes –a lo largo de más de 2.000 años– repiten en el Credo: “padeció bajo el poder de Poncio Pilato”.

La cita indica que el cristianismo es una religión histórica, no una filosofía, un programa revolucionario o consejos de autoyuda para sobrellevar la vida diaria, sino que la redención del hombre ocurrió en un momento y en un lugar concreto: Palestina.

Jamás pudo creer Poncio Pilato que sería recordado por ese juicio igual a tantos otros, ni por aquel presunto Mesías, menos por el acto de lavarse las manos, para expresar el gesto de una persona que evade y descarga su responsabilidad. Según José Antonio Pérez-Rioja, en su Diccionario de Símbolos y Mitos, “Pilato es un símbolo tradicional de la vileza y de la sumisión a los bajos intereses de la política”.

Santo o demonio

Es poco lo que se sabe de Poncio Pilato. Pertenecía a la clase ecuestre romana y estuvo obligado a realizar una carrera pública.

Algunos afirman que el nombre Pilato sería una contracción de “pileum”, el gorro rojo que usaban los esclavos liberados. Otra versión lo relaciona con “pilum” el arma principal de los legionarios; pudo ser hijo de Marco Poncio, oficial condecorado por el general Agrippa, tras las duras batallas contra los cántabros.

Atenidos a esto Lucio Poncio Pilato nació en Sevilla; estuvo en el bando de Germánico –hijo adoptivo de Tiberio–. Después de la extraña muerte de su protector maniobró para concertar su boda con Claudia Prócula, y enquistarse en la corte para que lo nombraran prefecto en Judea.

Los cotorreos insinuaban que la madre de Claudia fue Julia, la disoluta hija menor del emperador Augusto, desterrada por sus liviandades. La niña fue criada por su padre Tiberio, que era un verdadero catálogo de perversiones, de acuerdo con Aurelio Macrobio, un escritor del siglo V, que era bastante flojo de lengua.

Tanto Filón como Flavio Josefo despreciaron a Pilato, pero ambos eran unos fanáticos nacionalistas judíos y son poco creíbles. El primero mencionó sus “vejaciones, rapiñas, iniquidades y ultrajes” sin citar un caso concreto; el segundo, lo tildó de inmoral, ladrón, injusto, corrupto y despiadado.

De la lectura de los Evangelios es imposible sostener esos adjetivos; más bien era el prototipo del gobernador romano: pragmático, antisemita y desconfiado de aquel pueblo inmanejable.

Cuando los judíos le llevaron a Jesús decidió zafar el lomo; lo remitió a Herodes Antipas porque Cristo era galileo y pertenecía a esa misma jurisdicción. Este devolvió a la víctima y, al final, no le quedó otra a Poncio que flagelarlo y someter a la decisión del populacho quién iría al Gólgota: Jesús o Barrabás.

Así salió de ese apuro, pues no quería agregar más tachones a su expediente, manchado por el revuelo que ocasionó la vez que introdujo en Jerusalén unos estandartes con el busto de Tiberio; o cuando utilizó dinero del Templo para construir un acueducto.

Pasaron cinco años desde aquel juicio. Esta vez un falso profeta reunió a un grupo de samaritanos en el monte Garizim y debió de actuar con severidad. Los disolvió a punta de espada, capturó a unos y ejecutó a la mayoría.

Los samaritanos se quejaron ante su jefe Vitelio, el legado de Siria; este ordenó a Pilato que fuera a Roma para explicar al emperador las razones de tanto abuso, pero cuando llegó a la capital Tiberio estaba muerto.

El infeliz cayó en desgracia con Calígula, según una versión del propio Eusebio, y prefirió suicidarse por allá del año 37 d. C. A todos los cobardes les llega su hora.

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