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Página Negra: Pee-Wee Herman, la mancha humana

Actualizado el 02 de abril de 2016 a las 11:55 pm

Creó un figurín hablante, con un ropaje estrecho como una salchicha de colores; se convirtió en un ídolo infantil que se descarriló por sus aficiones eróticas

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Página Negra: Pee-Wee Herman, la mancha humana

Nadie sabe hasta dónde es accidental el destino. Un día eres una estrella, al otro, un agujero negro. A diferencia de Peter Pan, que vivía en la Tierra del Nunca Jamás, él habitaba en la de Si lo haces y te pescan, te jodes.

De las canteras de Saturday Night Live emergió un hombrecillo maquillado hasta el extremo, con la mirada de una lagartija asustada, ropa estrecha y cortísima, cabello al ras, cachetes coloreteados y que –en lugar de hablar– pegaba grititos y palmaditas.

Aquel personaje icónico de la televisión gringa encandiló a los niños durante cinco años, de 1986 a 1991; de la caja tonta saltó a la gran pantalla y Tim Burton lo convirtió en un éxito financiero y en un actor de culto.

Todo era miel sobre hojuelas hasta el tórrido verano de 1991, cuando la policía de Sarasota, en La Florida, entró a saco en un cine pornográfico y acorraló a un grupo de adoradores de Onán, que se solazaba a mano limpia viendo La enfermera Nancy.

Darse gusto manualmente apenas era una falta administrativa, pero las fotos de uno de los detenidos: pelilargo, cara lavada, ropa floja y aspecto de trasnochado, se filtraron a la prensa y estalló el escándalo.

Meterse a una sala porno no era prohibido, que lo pescaran masturbándose tampoco –ahí no se va a repartir estampitas–, pero si lo hacía Pee-Wee Herman, el ídolo mediático de Estados Unidos, eso era una hecatombe.

Los padres de familia explotaron indignados y llovió fuego del cielo contra el infeliz saltimbanqui, a quien acusaron de obscenidad, exhibicionismo y escándalo público.

Todas las repeticiones de su programa Pee-Wee’s Playhouse , fueron canceladas; la prensa lo desolló vivo; las empresas que lo patrocinaban retiraron del mercado los productos con su imagen y empalaron a Pee-Wee. Aún así recibió más de 15.000 cartas de apoyo.

Faltaba la puntilla. El desempleado cómico debió de pedir perdón a medio país; pagar la factura del juicio en su contra y lo condenaron a producir un cortometraje antidrogas.

Algunos pensaron que el alboroto fue planeado para quitarse de encima a un personaje que lo tenía encasillado; otros sugirieron que aprovechó la situación y montó un stand-up para adultos, basado en su dramática experiencia.

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Una cosa u otra da lo mismo. Lo diez años siguientes vivió en el exilio; sobrevivió gracias a la caridad de su amigo Burton, que lo contrató para un breve papel –como padre del Pingüino– en la película Batman vuelve ; o en series como Buffy .

En 1999 actuó en Mistery Men , una absurda comedia de antihéroes en la que interpretó a Spleen, una flatulencia humana.

Parecía que volvían los buenos tiempos; pero ya se sabe que los tontos nunca superan un éxito.

Triste bufón

Antes de Pee-Wee existió Paul Rubens. Este actor –con apariencia de lirio blanco– vino al mundo el 27 de agosto de 1952, en La Florida. De niño admiró el circo de los Hermanos Ringling & Barnun y a los 11 años se unió a un grupo local de teatro, donde inventó numerosos personajes.

Con 18 años se marchó a la Universidad de Boston y de ahí pasó a Hollywood, donde se matriculó en el Instituto de Artes de California, obsesionado con la idea de convertirse en estrella.

Cuando no repartía pizzas improvisaba comedias con The Groundlings . Dio vida a una tribu de fantoches: Moisés Feldman, un marido mujeriego; Jay Longtoe, un jefe indio, y parió uno en especial. Se trataba de un sujeto infantiloide, patitieso, con aires quebradizo, pitido en lugar de voz y vestido a la manera de los geeks de los años 80, del siglo XX.

Se inspiró en un joven que conoció en un campamento de verano y el habla lo tomó de un personaje que interpretó en la niñez. Saturday Night Live lo despreció y firmó un contrato con Warner Bros para filmar, con el novato de Tim Burton, su ópera prima: La gran aventura de Pee-Wee .

El éxito lo llevó a tener su propio programa en la CBS, Pee-Wee’s Herman , los sábados en la mañana y se transformó en un fetiche infantil. La fantasía acabó cuando la policía lo pescó, en un cine barato de Sarasota en 1991, con las manos en la masa.

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Un repunte actoral de Rubens quedó en agua de borrajas, porque lo detuvieron en el 2000, después de una redada policíaca contra una banda de pedófilos. Le incautaron una colección de material pornográfico infantil, capaz de abastecer varias librerías de pervertidos.

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En su defensa alegó que eran fotos de niños desnudos, para una futura exposición artística. Courtney Cox y David Arquette, amigos de Paul, dijeron en la televisión: “Es muy sencillo confundir el arte con alguna otra cosa. Paul nunca se ha interesado en nada incorrecto que tenga que ver con niños o con el sexo”.

Quedó en libertad previo pago de $20.000 de fianza. En el 2004 fue sentenciado a tres años de cárcel tras declararse culpable de poseer material obsceno.

Por tratarse de un delito menor le dieron la libertad condicional, con la advertencia de que se mantuviera lejos de los niños. Esto lo liberó de un cargo mayor por tenencia de pornografía infantil.

Siguió dando tumbos hasta que Netflix lo resucitó este año con Pee-Wee’s Big Holiday . Ojalá no vuelva a las andadas; evite meterse la mano en la entrepierna y tire a la basura su armario de imágenes porno.

Tal vez Paul Rubens le devuelva a Pee-Wee su sonrisa melindrosa, modales aniñados y complejo de Peter Pan, y dejará de ser un payaso triste y pervertido.

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