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Página Negra: Larry Hagman, toda fiesta se acaba

Actualizado el 08 de julio de 2017 a las 11:55 pm

Encarnó en la teleserie Dallas al villano más despreciable de la historia de la televisión; vivió a todo mecate convencido de que la parranda nunca se terminaría

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Saltó de un exceso a otro; todos sus días fueron una eterna juerga, hasta que le jalaron el mecate.

Abusó de las drogas, mezcló marihuana con LSD; fumó lo que quiso; fue alcohólico; padeció de cirrosis hepática y aún así nunca paró la francachela.

Su muerte fue lamentable pero todavía más la de su personaje, el villano más detestable de toda la historia de la televisión, el máximo depredador humano, la encarnación de la avaricia, el mismísimo J.R. Ewing, de la celebérrima teleserie Dallas .

A lo largo de 357 episodios, entre 1978 y 1991, Larry Hagman interpretó a J.R.; un corrupto insaciable, un empresario tramposo y un marido infiel, todo con una sonrisa carismática.

Este fiel representante de la cultura tejana –tenía una colección de 2.000 sombreros– fue hijo de la popular actriz televisiva Mary Martin que lo trajo a este planeta el 21 de setiembre de 1931 en Fort Worth, Texas.

El padre –Ben Hagman– era abogado. La pareja se divorció y lo enviaron a vivir con la abuela en Los Ángeles; regresó a Nueva York –a los diez años– cuando murió la anciana.

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Ahí se enteró que tenía un padrastro, Richard Halliday, y eso le gustó tanto como si le hubieran dado una patada en la entrepierna. Debido a esa relación rompió con su mamá y fue hasta que Halliday murió, en 1973, que los dos se reconciliaron.

En su juventud trabajó en labores agrícolas; pronto las dejó para seguir los pasos de Mary en el mundo del espectáculo. Incluso se fue de gira con ella a Gran Bretaña y ahí actuaron juntos en varios musicales.

De las tablas pasó a la caja tonta y el público lo recuerda con nostalgia por sus papeles en producciones como Los Defensores , The Good Life , La Mujer Policía , McCloud , Marcus Welby , Las Calles de San Francisco y McMillan y Esposa . Pero fue con Mi Bella Genio , que adquirió notoriedad.

Por cinco temporadas, entre 1965 y 1970, hizo dúo con Barbara Eden. Ella, Jeannie, una genio que salía de una botella; él –Anthony Nelson– un simpático astronauta que salía avante de las metidas de pata de aquella servil criatura, para peores rubia y ojiverde.

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De la tele pasó al cine y le fue más o menos bien en tres cintas, una de ellas Primary Colors , el retrato de la carrera política de Bill Clinton.

Gracias a Dallas y al insufrible J.R. su vida actoral pasó de la mediocridad al estrellato, y a tener suficiente dinero como para beber cinco botellas diarias de champaña, en las 13 temporadas que filmó la teleserie.

Baste señalar al neófito que Dallas fue visto por más de 300 millones de personas, en 57 países del mundo, en una época cuando no existían las redes sociales ni Netflix.

Solo el capítulo de noviembre de 1980, en el cual revelaban quién intentó matar al malvado protagonista, reunió una audiencia de 41 millones de acólitos. La cadena CBS promovió una campaña de expectativa con la frase “¿Quién le disparó a J.R?”, y generó una cadena de apuestas internacionales de varios millones de dólares en torno al tirador secreto.

Medio mundo tenía sobradas razones para abrir en canal al maldito J.R. Solo Kristin –la cuñada– tuvo valor, porque Ewing la dejó embarazada y la amenazó con tacharla de puta, a menos que se fuera de la ciudad.

El peor de todos. La vida familiar de Larry Hagman no distaba mucho de la de su alter ego. En sus primeros años de actor en Nueva York conoció a la diseñadora sueca Maj Axelsson. Vivieron juntos más de 40 años y tuvieron dos hijos: Preston y Heidi.

Para las revistas eran unos padres amorosos y divertidos. Pasaron años felices en medio del trabajo y las penurias para llegar a fin de mes, y pagar las facturas.

Aún así el abnegado esposo y padre ataba un remolque al carro y se iban de campamento; cocinaban en una hornilla, se bañaban en el río y alrededor de una fogata espantaban los mosquitos, mientras sacaban cuentas.

Esos tiempos de ensueño los recuperó Heidi en una biografía que reveló la doble vida de su padre, que solo admitía a quienes se apuntaban a la pachanga.

Desde muy joven la indujo a beber y a consumir sustancias en un ciclo interminable y reiterativo de paz, amor, alcohol, diversión y juego.

Era un ambiente familiar agresivo bajo la sombra de un padre irresponsable, que los hacía sentir inseguros e indefensos, alejados del cariño y la protección familiar.

De poco valdrían las intensas horas que, al final de sus días, dedicó Larry a pedirle perdón a sus hijos, por los abusos, las adicciones y el estilo de vida “liberal” a que los sometió.

Ese festejo comenzó en la adolescencia con el licor y las drogas. El músico David Crosby lo inició con el LSD; mientras que Jack Nicholson lo proveyó de marihuana, con la excusa de alejarlo del alcohol.

La cirrosis lo convirtió en un abstemio; en un defensor de los trasplantes de órganos y en un abanderado de la lucha antitabaco, aunque siguió con la jarana.

“Parecía que funcionaba, tenía éxito en lo que hacía, era un borracho feliz” sentenció una vez Larry Hagman; pero el cuerpo le pasó la factura y en 1992 le diagnosticaron cirrosis.

En 1995 le metieron cuchilla y le trasplantaron un hígado. Pegó en el espejo del baño la foto del donante; todos los días le rezaba en agradecimiento.

Mientras se recuperaba mermó un poco los abusos; murió a los 81 años, el 23 de noviembre del 2012.

En su casa de Malibú, California, ondeaba una bandera con la leyenda: La vida es una fiesta.

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