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Página Negra Kim Novak: ¡Bésame! … estúpido

Actualizado el 03 de octubre de 2015 a las 11:55 pm

Renunció a ocupar el lugar de dos mitos sexuales del cine; la maquinaria de Hollywood le construyó una falsa imagen de belleza hipnótica y la aplastó la presión del estrellato.

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De triste y delicada belleza. Renunció a ser la reencarnación de Marilyn Monroe y la sucesora de Rita Hayworth; la trataron de “gorda polaca” y “pedazo de carne”.

Saltó de anunciar refrigeradoras a ser la última estrella del “star system” de Hollywood; donde paseó su gélida belleza junto a las figuras más sonadas del cine de los años 50 y 60 del siglo XX.

A codazos se abrió paso entre dos hembras rutilantes; la exuberante Jayne Mansfield y la desbordante Jane Russell, con la que compartió un misérrimo papel en The french line , en 1954.

El productor Howard Hughes ocupaba 15 modelos para arropar a la Russell y así debutó en la pantalla como figurante, sin aparecer en los créditos y en un filme que la Liga de la Decencia prohibió por procaz.

En el 2014, Kim Novak presemtó junto a Matthew McConaughey una categoría en los Premios Óscar. Su asistencia a la gala generó todo tipo de críticas sobre su aspecto, pues estaba irreconocible debido al abuso del botox y la cirugía plástica. | ARCHIVO
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En el 2014, Kim Novak presemtó junto a Matthew McConaughey una categoría en los Premios Óscar. Su asistencia a la gala generó todo tipo de críticas sobre su aspecto, pues estaba irreconocible debido al abuso del botox y la cirugía plástica. | ARCHIVO

Chiquita pero enjundiosa, pronto atrajo la atención de los depredadores del celuloide; el cazatalentos Wilt Melnick la encontró “muy atractiva” pero pasadita de libras. La contrató, la sometió a dieta y en una semana quedó lista para que Maxwell Arnow le hiciera una prueba en los estudios de Columbia Pictures.

Su belleza hipnótica lo convenció, pese a la inexperiencia artística. El mandamás de la empresa, Harry Cohn, la detestaba y la tildó de obesa; la fichó por seis meses y los magos del mercadeo le fabricaron una imagen.

Primero le cambiaron el nombre. Pasó de Marilyn Pauline Novak , bautizada así cuando nació el 13 de febrero de 1933 en Chicago, a Kit Marlowe pero no le gustó y al final se quedó como Kim Novak.

Tiñeron de plateado su pelo rubio ceniciento; Jean Louis la mudó; Benno Schneider le enseñó dicción; le tomaron fotos en todas las poses posibles. Regaron el rumor de que Arnow la descubrió cuando pedaleaba, toda inocente, en una bici morada.

Kim hizo el resto. Protagonizó dos películas con Frank Sinatra: El hombre del brazo de oro y Pal Joey . Su filme más recordado es Vértigo , bajo el látigo de Alfred Hitchcock.

Los aires de mujer fría, el carácter independiente e inconformista la alejaron de las luces de Hollywood. Hoy, con 82 años, vive un retiro dorado en su rancho de Oregón, con su segundo marido Robert Malloy, un veterinario con quien se casó hace 40 años. Su primer matrimonio con Richard Johnson duró solo un año.

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El espejo roto

A Kim la conocían como “la hermana de Arlene”, pues creció bajo el zapato de esta, quien era la preferida de sus padres Joseph Novak, un profesor de historia metido a oficial de tránsito, y Blanche Kral, una maestra.

La aplastante personalidad de Arlene tornó a Kim tímida, introvertida, insegura y berrinchosa.

En la escuela resultó una estudiante mediocre e indisciplinada; por su mal nivel académico no pudo estudiar veterinaria y decayó su autoestima, tanto que engordó.

Para subirle el ánimo Blanche la inscribió en el Fair Teens Club de Chicago, una agencia de modelos adolescentes. Ahí, la directora notó que tenía un cuerpo muy prometedor.

Muchos acusaron a Kim Novak de poses de diva, berrinches de vieja necia y depresiones, pero eran los síntomas de lo que hoy se conoce como trastorno bipolar.

La apuntó en el certamen “Miss Rhapsody in Blue” y ganó una beca en la prestigiosa escuela de Patricia Stevens, donde logró vencer su falta de confianza y descolló como maniquí.

Insatisfecha con su trabajo probó como ascensorista, dependiente de tienda y asistente dental. Le fue de perros y mejor volvió al modelaje con la célebre agencia de Caroline Leonetti, que abrió los ojos como icosaedros al comprobar sus medidas: 94-59-94, de pecho, cintura y caderas.

Con 19 años estudió teatro en el Wright Junior College; un año después se fue con su mamá a Los Ángeles, a probar fortuna en la californiana tierra de la fantasía.

Le fue mejor que a muchas jóvenes, porque no terminó de meretriz en las calles ni de amante de un cineasta gordinflón. Subió la escalera desde abajo y debutó en La casa No. 322 , en el papel de una seductora vampiresa.

Los críticos alabaron su interpretación y Hollywood Reporter la llamó “Ava Gardner rubia”: Variety vio una rival de Marilyn Monroe; Columbia Pictures se frotó las manos al encontrar a la sucesora de la Hayworth y The New York Journal America la eligió como el mejor descubrimiento de 1954.

Su primer salario, en 1955, fue de $100 semanales; siete años más tarde cobró $500 mil más el 20 por ciento de los ingresos brutos, por su actuación en Boy`s night out.

Cohn, el bocazas de Columbia, le dijo que ella era solo un “pedazo de carne” y que el público apenas necesitaba “verla”. Aún así la sometió a un severo marcaje para cuidar su inversión.

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La obligó a vivir en una pensión vigilada por un agente de prensa, que lo tenía informado de todo lo que ella hacía. También obstaculizó su romance con Mac Krim y para nada le gustó que sostuviera amistad con Sammy Davis Jr., un actor negro.

Los años 50 marcaron su esplendor. Pasó por encima de Doris Day, hizo pareja con fulgurantes figuras como Marlon Brando, James Stewart y Frank Sinatra y la dirigieron los mejores cineastas del momento.

Si bien actuó en 19 episodios de la serie Falcon Crest , como Kit Marlowe, fue este medio el que detonó su carrera. También contribuyó al desplome la demanda de caras frescas, juveniles y dispuestas a lo que fuera, con tal de salir en una pantalla.

Incapaz de manejar las exigencias del estrellato, temerosa de la soledad, peleada con la industria y acogotada por un mal desconocido que la hacía cambiar de humor en instantes, mejor se retiró a cuidar a sus caballos, a sus llamas, a sus perros, a pintar y al marido. En ese estricto orden.

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