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Página Negra James Stewart: Un caballero sin espada

Actualizado el 12 de diciembre de 2015 a las 11:55 pm

Cualquiera de sus películas lo habría inmortalizado, pero fue ¡Qué bello es vivir! la que marcó el resto de sus filmes, donde se interpretaba a sí mismo

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El que no vive para servir, no sirve para vivir. Lo atenazaba el frío y la desesperación le infundía valor para acabar con esa vida de batallas inútiles.

Era la noche de Navidad y valía más muerto que vivo. Perdió los $8.000 que ocupaba para salvar a su empresa de la quiebra; si se mataba, la póliza cubriría el faltante y muerto el perro… se acabó la rabia.

Sobre la barandilla del puente vio pasar la noche de sus días. A los cinco años salvó a su hermano de morir ahogado; por eso, quedó sordo del oído izquierdo. Tiempo después evitó que un amigo muriera envenenado por una falsa receta; por entrometido, el boticario lo molió a golpes.

Comenzó a trabajar en una compañía de préstamos fundada por su padre, pero debió enfrentar al inescrupuloso Harry F. Potter, dueño de todo Bedford Falls, pueblito donde nació y del cual solo deseaba salir y nunca más volver.

Ahorró para un viaje alrededor del mundo y cuando estaba a punto de subir al avión, su papá murió y decidió cancelar la gira para asumir el control de la compañía.

Trabajó y reunió un capital para estudiar en la universidad, pero decidió matricular a su hermano Harry, con la promesa de que él al graduarse le devolvería el dinero. Harry regresó casado y aceptó un puesto en la compañía del suegro, además de no pagarle ni un cinco de la deuda.

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Su único consuelo fue casarse con Mary Hatch, su novia de la niñez. El día de la boda la firma crediticia entró en crisis; la plata destinada para la luna de miel tuvo que dársela a los inversionistas; solo le quedaron dos dólares en la bolsa.

A troche y moche sacó adelante a la empresa, pese a los intentos del Sr. Potter por arruinarlo. ¿Para qué tanto esfuerzo si nadie le agradeció nada? Debía $8.000 y si no los depositaba esa Nochebuena iría a prisión.

En esas cavilaciones estaba cuando escuchó los gritos de un anciano en medio del río, se lanzó al agua y lo rescató. Una vez a salvo, el viejo le contó que era Clarence, su ángel de la guarda. La criatura celestial daba lástima: añoso, alas rotas, ropajes hechos jirones, sin arpa ni trompeta, cojo, sin refulgir y medio baboso.

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Para disuadirlo del suicidio, Clarence le mostró a su protegido qué habría pasado de no haber nacido: Bedford Falls era Potterville; Harry murió ahogado; su madre, viuda y sin hijos, administraba una pensión; los vecinos vivían en la pobreza ya que nadie les prestó dinero y Mary era una solterona amargada.

Tantas peripecias le ocurrieron a George Bailey en la película ¡Qué bello es vivir! , de 1946, protagonizada por James Stewart.

Ese fue su filme preferido y siempre se opuso a que fuera coloreado; con los años, se convirtió en un clásico navideño sobre la bondad y la generosidad.

Niño bueno

James Stewart grabó casi un centenar de películas, ganó todos los premios posibles y pudo haber triunfado en lo que se le hubiera antojado, ya fuera por su talento para la arquitectura o por su valor como soldado. En la Segunda Guerra Mundial obtuvo 12 condecoraciones y ascendió de raso a General de Brigada.

Para llegar a ser quien fue, tuvo que picar mucha piedra. James era tímido hasta la pared de enfrente y más bueno que un avemaría. Sus raíces familiares se hundían en la historia americana; los ancestros de su madre, Elizabeth Ruth Jackson, pelearon en la Guerra de Secesión.

La mamá era una excelente pianista y él heredó el talento, pero su padre, Alexander Maitland Stewart, lo desalentó porque deseaba que se dedicara a la ferretería familiar, negocio que tenían desde tres generaciones atrás. Un amigo le regaló un acordeón y a escondidas aprendió a tocarlo.

Vio la luz en Indiana, el 20 de mayo de 1908, y pasó una niñez sin contratiempos, con sus dos hermanas Virginia y Mary. La juventud lo pescó metido en un sótano, absorto en armar modelos de aviones, dibujos mecánicos e instrumentos de química.

Deseaba ser piloto, pero su padre lo convenció de matricularse en la Academia Naval; después, estudió en Princeton. Destacó en fútbol americano, atletismo, en el coro y en pequeñas obras teatrales.

Con tal de ganarse unos dólares jaló ladrillos en una compañía de construcción; pintó carreteras en una empresa de señalización vial y fue ayudante de un mago.

Pese a la oposición paterna, ingresó al mundo teatral de Broadway, donde trabó amistad con Henry Fonda y Margaret Sullivan. Con esa pareja se marchó a Hollywood donde debutó, en 1935, en una película con Spencer Tracy. Interpretaba el papel de un periodista y la crítica alabó su carisma, pero denostó sus cualidades escénicas.

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Con la ayuda de Bill Grady, un cazatalentos, logró un contrato de cuatro años con MGM por $350 semanales. Su primer éxito llegó en 1936 con After the Thin Man .

Lo demás vino solo. Filmó casi 100 películas, fue nominado cinco veces al Óscar y ganó en dos ocasiones, una por Historia de Filadelfia en el papel de un reportero. De su filmografía destaca Vértigo , Harvey y Anatomía de un asesinato , y abarcó todos los géneros cinematográficos.

Cada uno de sus filmes renovó los ideales de vitalidad y optimismo de una sociedad abatida por la guerra de Vietnam, el asesinato de sus líderes, los disturbios raciales y las revueltas juveniles de los años 60

Solo el tiempo pudo derrotar a James Stewart. Murió a los 89 años, el 2 de julio de 1997. Como George Bailey, ¡soñó… y se quedó corto!

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