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Página Negra: Ingmar Bergman, el buscador de perlas

Actualizado el 27 de agosto de 2016 a las 11:55 pm

Cineasta consumado; vivió una infancia tempestuosa y la reflejó en todas sus películas, en las que diseccionó las pasiones del alma humana.

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Cuando el cordero rompió el séptimo sello del rollo, el cine enmudeció. Elevó a categoría de arte lo que ahora solo es entretenimiento y mientras vivió, lanzó fuego, truenos, voces y relámpagos sobre los espectadores.

Evitaba ver sus películas porque se alteraba, lloraba y sentía algo horrible; pueda que de ahí se derivara el tono serio y profundo de las 62 cintas que llegó a filmar.

Solo se sentía seguro en la gélida isla de Farö –en el Mar Báltico– donde los vientos fríos agitaban los enebros como ropa tendida. Esquivo y huraño, ahí –a los 89 años– lo sorprendió la muerte mientras dormía, el 30 de julio del 2007.

Genio solitario y atormentado, encontró ese refugio cuando buscaba locaciones para su película A través de un cristal oscuro ; en ese lugar, entre playas de arena caliza, su imaginación creció en armonía con la naturaleza.

A Ingmar Bergman, el cineasta sueco, le gustaba oficiar como patriarca de un clan conformado por su mujer, varias exesposas, hijos, nueras, yernos, nietos, amigos, conocidos y pasantes, en una mezcla de edades y procedencias que compartían – en un extraño equilibrio– las festividades familiares.

En un terreno de 34 hectáreas, llamado Villa Bergman, el director construyó su hogar alrededor de una chimenea, que él mismo diseñó. Disponía de una biblioteca con 6.000 volúmenes, sala de proyecciones, cuarto de meditación y las comodidades necesarias que jamás tuvo en su niñez.

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“Creo que todo lo que he hecho, cualquier cosa de valor, tiene sus raíces en mi infancia. Yo puedo, en menos de un segundo, volver directamente a ella”.

Esas inquietudes las plasmó en todas sus obras de teatro y cine; la mayoría son clásicos y los expertos –que sobran– lo consideran el más grande artista desde que inventaron la cámara cinematográfica.

Los cinéfilos rinden culto a piezas como: Persona , Gritos y Susurros , La fuente de la doncella , Fanny y Alexander , El séptimo sello , o Escenas de la vida conyugal .

En ellas, con un tono profundamente serio, desguaza el lado más oscuro de la naturaleza humana; con finos destellos de humor inesperado e imágenes impactantes.

Otros aseguran que Bergman mostraba en sus filmes la depresión claustrofóbica que lo carcomía y el profundo y cerval miedo a la muerte.

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Lo cierto es que fue un cineasta de rompe y rasga, que colocó de cabeza los valores morales vigentes en sus días. El Silencio , un batacazo de taquilla, fue prohibida en muchos países, lo amenazaron de muerte y la tildaron de pornográfica.

Gritos y susurros

El pecado, la confesión, el castigo, el perdón y la misericordia guiaron la niñez y la adolescencia de Ingmar, criado bajo la férula de su padre el severo pastor luterano Erik Bergman y su mujer, Karin Akerblom; que lo trajeron al mundo el 14 de julio de 1918 en Upsala, Suecia.

Ante la menor falta caía sobre él la pesada mano paterna. Los castigos podían ser rápidos, a veces leves como manotazos y azotes en el trasero; pero con el tiempo adoptaron “formas muy sofisticadas y perfeccionadas”, apuntó en sus memorias, La linterna mágica .

“Por la noche, cuando estoy en el límite entre el sueño y la vigilia, puedo entrar por una puerta a mi niñez y todo está como estaba entonces, con las luces, los olores, los sonidos, y la gente... Recuerdo la calle silenciosa donde vivía mi abuela, la agresividad del mundo de los mayores, el terror por lo desconocido y el miedo a las tensiones entre mi padre y mi madre”, confesó en una entrevista para The New York Times .

Gran parte de su filmografía es autobiográfica, en tanto sirve de catarsis para sus represiones, como en Fanny y Alexander , pero en especial en Las buenas intenciones , que es la adaptación de su novela homónima.

De su padre heredó el carácter rudo y violento y llegó a estar internado en un hospital psiquiátrico, el mismo año –1976– en que dirigió la exitosa Cara a cara ; una película cruda y brutal que disecciona la mente de un perturbado.

Bergman manipuló a todos los que lo rodeaban, aseguran sus detractores, para mostrar en la pantalla los abismos del alma humana. Eso le granjeó numerosas enemistades y muchos de los intérpretes que contrató nunca volvieron a dirigirle la palabra, aunque le debieran la fama.

Su amante y musa, la actriz y directora noruega Liv Ullman, aseguró que “acabó harta de sus películas y de las aventuras sexuales con Ingmar”.

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Sostuvo romances volcánicos con sus actrices predilectas; las quería solo para él y como ellas nunca dejaron dominarse las relaciones terminaban en batallas emocionales, que servían de argumento para sus filmes.

Sus mujeres fueron –en orden de aparición–: Else Fisher; Ellen Bergman; Gun Grut; Käbi Laretel e Ingrid von Rosen. Con ellas tuvo nueve hijos, sin contar lo que no reconoció.

Fiel a su estilo, a los 77 años redactó un testamento y decidió que todas sus propiedades, muebles, objetos privados, archivos y libros fueran subastados al mejor postor.

El dinero recaudado fue repartido entre sus hijos, “sin peleas, discusiones o sentimentalismos”. No legó nada a sus exesposas, ni a sus mujeres, ni a familiares, ni amigos, ni al estado.

Libre de todos los lastres materiales esperó a su gran enemiga la muerte –como el caballero medieval del Séptimo Sello – para jugar con ella una partida de ajedrez.

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