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Página Negra Groucho Marx: La vida de un amante sarnoso

Actualizado el 25 de enero de 2014 a las 11:55 pm

El celebérrimo cómico norteamericano era un pan dulce en la pantalla, pero como esposo y padre fue un machista, áspero, majadero, grosero y solo había una cosa más falsa que su bigote: él.

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LatinStock/Corbis para Teleguía

Salió de la nada y llegó a la más absoluta de las miserias. Un bigote pintado con betún, un puro apagado y grandes zancadas fueron las descacharrantes marcas personales de un hombre que se ganó la vida como traidor: trae esto, trae aquello, trae lo otro.

Durante décadas fingió ser comediante, incluso escritor, y se hizo actor porque creyó que ser rico era tener un montón de dinero, como en efecto lo es.

Fue el marxista más auténtico; por encima de Lenin, Stalin, Mao Tse Tung y hasta Fidel Castro. Eso sí, se forró en billetes en el paraíso del capitalismo mundial y brilló en Hollywood, la casa matriz de las estupideces.

Con sus gracejadas Julius Henry Marx liberó de la opresión a los amargados, a los “agüevados”, a los resentidos, a los miserables, a los pesimistas y a los desdichados, cuyas vidas se iluminaron con el relámpago de la sonrisa.

Padecía de insomnio crónico; el médico le recetó unos supositorios tan fuertes, que majó uno y se le durmió el pie. En su madurez se enamoró de una “señorita” y todo iba de maravilla hasta que se dio cuenta que los dos tenían los mismos gustos: las mujeres.

Como con el nombre de Julius Henry Marx no llegaría ni a vendedor de empanadas, decidió buscar un apodo más apropiado y concibió “Groucho” que es una destilación del verbo inglés to grouch , algo así como cascarrabias, áspero y gruñón.

Desde niño encontró vida en los vodeviles al lado de sus hermanos, con quienes formó una troupé que desternilló a varias generaciones de cinéfilos con películas tan hilarantes como Sopa de ganso ; Un día en las carreras ; Una noche en la ópera , Los hermanos Marx en el oeste , y así por el estilo, cada una más irreverente que la anterior.

En los años 50 la pandilla tomó rumbos distintos pero Groucho alcanzó mayor éxito que ellos, sobre todo en la radio y en la televisión con el programa You Bet Your Life , que estuvo al aire de 1950 a 1961.

Escribió sus recuerdos en sendos libros: Memorias de un amante sarnoso y Groucho y yo ; redactó cuentos, cartas y guiones radiofónicos, pero nada como su vasta colección de frases ingeniosas, hirientes, punzantes, lapidarias y vitriólicas, como los dardos envenenados de un pigmeo caníbal.

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Basó su éxito en molestar a la mayor cantidad de personas que pudo, desde que tuvo uso de razón, si es que alguna vez la tuvo, hasta que murió a los 87 años aquejado por una neumonía, el 19 de agosto de 1977.

En una ocasión visitó The New York Times y le enseñaron la nota necrológica que publicarían cuando muriera, intentó mejorarla pero se lo impidieron.

Adorado por sus fanáticos y enaltecido por sus admiradores, siempre se quejó de que le atribuyeran frases que nunca dijo; entre ellas su presunto epitafio: “Perdonen que no me levante”.

Groucho Marx y Marilyn Monroe actuaron en la película   Love Happy . Desde entonces, pedía que al morir lo enterraran sobre ella, deseo que no se le cumplió.   | LATINSTOCK/CORBIS
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Groucho Marx y Marilyn Monroe actuaron en la película Love Happy . Desde entonces, pedía que al morir lo enterraran sobre ella, deseo que no se le cumplió. | LATINSTOCK/CORBIS

En ¡Hola y adiós! Groucho y sus amigos, su biógrafa Charlotte Chandler, aseguró que el comediante pensó escribir en su lápida: “Nunca besó a una mujer fea”. Nadie acató su postrer capricho y menos que lo enterraran encima de Marilyn Monroe. Cremaron el cuerpo y sobre su nicho colocaron una placa negra con su nombre, natalicio, defunción y una estrella de David.

El último marxista, Groucho Marx, aún está vivo y su fantasma recorre el mundo.

¡Sálvese quien pueda!

Groucho sabía que los tontos nunca se ríen de nada y los idiotas se ríen de todo. Por eso se tomó a guasa su peculiar existencia, teñida de carencias desde su nacimiento en Nueva York, allá por el 2 de abril de 1890.

El comediante fue el tercer hijo de una pareja de emigrantes judíos; Simón, el padre, de ascendencia francesa; Minnie, la matriarca, de raíces alemanes. Como ninguno entendía lo que decía el otro se pusieron a tener hijos: Leonard (Chico); Alfred (Harpo), Milton (Gummo) y Herbert (Zeppo), más el interfecto.

La familia Marx era mejor perderla que encontrarla, según la describió el actor en su biografía: Groucho y yo . En principio “mi abuela tocaba el arpa y cantaba a la manera tirolesa; mi abuelo era ventrílocuo y mago”.

Un tío paterno lejano, un tal Julius, los chuleó hasta el último de sus días, pues los convenció de que al morir les dejaría una pingüe herencia. Para amarrar el negocio los padres le calzaron el mismo nombre al futuro Groucho, mas todo era mentira y cuando aquel murió solo dejó una bola de boliche robada, una cajita de plata para píldoras y una lata vieja de celuloide.

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El padre fue otro bueno para nada. Simon era sastre, pero el peor de Nueva York porque todos los pantalones los dejaba con una pierna más corta que otra. Sus ideas descabelladas solo eran compensadas por su talento como cocinero.

Tras el fiasco del finado enfilaron esperanzas en Al Shean, un tío materno cuentachistes que solía llegar a visitarlos y lanzaba al aire monedas para que la chiquillada neoyorquina se lanzara sobre ellas, como una parvada de gaviotas sobre la pitanza. Groucho aspiraba a ser como Al y este lo impulsó en su carrera, le escribió algunos “gags” y guiones para el arranque artístico.

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La única cuerda era Minnie que fue la creadora de los Hermanos Marx. “Ella nos buscaba trabajo. Se ponía un corsé y una peluca rubia para visitar a los agentes”.

A los 12 años Groucho abandonó el infierno escolar, donde solo tenía compañeros abusadores y maestros ignorantes; continuó sus lecturas y deseaba ser médico.

Los Marx eran una tribu paupérrima, tanto que cuando pasaba la basura gritaban: “¡hoy no queremos!”. “Pagábamos un alquiler de 27 dólares al mes y éramos diez. Los cinco hermanos, mi padre, mi madre, mi abuelo y mi abuela y una hermana adoptada. Solo teníamos un cuarto de baño”, narró Groucho.

Vestidos con unos “chuicas” y capeándose las palizas los Marx organizaron giras por los tugurios neoyoquinos más sórdidos; debutaron como Los Cuatro Ruiseñores demostrando un talento innato para contar imbecilidades sin tomar aire, improvisar, tocar instrumentos y cortejar putas, ya que las meretrices los atendían gratis a cambio de sus chistes. En una casa de citas conocieron a un desconocido Charles Chaplin, gran aficionado a las niñitas.

Marx perfiló con los años su personaje hasta convertirlo en un viejo psicalíptico vestido de esmoquin, que caminaba agachado y con la mano en la espalda, lucía un mostacho como un cepillo de alambre, una cejas montañosas y la lengua de una cascabel en ayunas.

Candil de la calle

La gracia y disparate eran el disfraz de un hombre intimidante, controlador, machista, tacaño, hipocondríaco e hiriente con su familia. Conforme Groucho envejecía solo le interesaba el sexo y el dinero.

En El mundo según Groucho Marx el escritor David Brown retrató el trato difícil, la violencia, las frases punzantes y el desprecio con que el comediante trató a sus tres esposas: Ruth Johnson, Kay Gorcey y Eden Hartford, así como sus últimos años al lado de Erin Fleming, la secretaria que le hizo pagar todas las “facturas” juntas.

Con Ruth se portó como un palurdo. Ella era una joven bailarina rubia, escandinava, de estupenda figura y suave trato. Se casaron en 1920 y la llevó a vivir a un departamento barato, ahorraba en las comidas y cuando nació Arthur, su primogénito, lo dormía en una caja de cartón. Con tal de no pagar una niñera encargaba el bebé al resto de acróbatas, de la compañía teatral en que laboraba.

Tras el divorcio, en 1942, Ruth recibió la mitad de los bienes de Marx pero dilapidó el dinero en licor y lujos.

Con Kay tampoco le fue bien; terminaron tirándose la vajilla apenas se veían y Groucho la engañaba con las coristas. Siguió con Eden a quien le llevaba 40 años; esta era moza y despilfarradora, pero ya el viejo tigre no tenía dientes y ni sabía para qué perseguía a las jovencitas.

La horma de su zapato fue Erin Fleming, una ambiciosa actriz canadiense que engatusó a Marx y se convirtió en su secretaria, amiga, manager y niñera en sus últimos años.

Erin ejerció un control absoluto sobre la estrella, reflotó su carrera, le devolvió la confianza en sí mismo, lo sacó de la depresión y fue la única que lo trató como se merecía: “imbécil, estúpido, viejo idiota” le espetó en una cena, relató Brown. Después de la muerte de Marx terminó vagando por las calles de Los Ángeles, loca, drogadicta y al final se suicidó en el 2003.

Con sus hijos se llevó peor. Estuvo peleado con Miriam y Arthur, nacidos del primer matrimonio. Arthur fue un extraordinario tenista y heredó la veta literaria del padre, solo que dirigió su talento contra él en varias reseñas biográficas donde lo describía como un mezquino sentimental, agrio y violento.

Basó su éxito en molestar a la mayor cantidad de personas que pudo desde que tuvo uso de razón, si es que alguna vez la tuvo, hasta su muerte

Groucho no le iba en zaga. Demandó varias veces a su hijo para impedir las publicaciones y le dijo, sobre su primera novela, que “lo mejor era romperla”.

Los últimos metrajes de su vida fueron una tragicomedia; por un lado Erin lo exhibía como una momia parlante, por otro sus hijos reclamaban la fortuna paterna.

En medio yacía un hombre que solo quería dormir en paz, presentar su renuncia a un mundo que fue capaz de aceptarlo, y seguir su errática carrera detrás de sus hermanos; como aquellos felices días infantiles en que todos subían a la parte trasera del camión del hielo para robar los pedacitos de escarcha y comérselos.

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