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Página Negra: Carmen Miranda, el bombazo brasileño

Actualizado el 20 de mayo de 2017 a las 11:55 pm

Con sus exóticos trajes, bailes y canciones despertó a los gringos de su mojigatería, pero colapsó por el frenético tren de vida y murió por el abuso de somníferos y el licor.

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Alegría, sensualidad y muchísima fantasía. Nació con la samba y vivió en el sereno; disfrutando toda la noche con la vieja batucada.

La “Pequeña Notable” era extraordinaria cantante, gran bailarina y bella sin ser divina; pero –como Charles Chaplin– fue un mito que nadie olvidará.

Cuando recaló en Nueva York –en 1939– nadie la conocía, ni siquiera hablaba inglés, solo machaba el portugués con su acento de “tupiniquim”, amarrado con dichos y modos que aprendió en la calle de Lapa, el barrio brasileño donde creció allá por 1910.

Pero en cuestión de días las vitrinas de Saks –la tienda más chic de la Quinta Avenida– se llenaron con turbantes, collares multicolores y sandalias con plataformas imposibles, por no hablar de las faldas arremolinadas y aquellos “bodegones” que ella balanceaba en la cabeza.

Explotó las boleterías con el musical Calles de París , donde cantó –bajo enormes cañonazos de aplausos– South American Way .

Solo Carmen Miranda pudo reunir –en un teatro de la calle 44– a Tyrone Power, Paulette Goddard, Judy Garland, Robert Taylor, Lana Turner o a la escurrridiza Greta Garbo; ni el más rico productor de Hollywood tenía tanto presupuesto para juntar a todas esas estrellas.

De pronto, Life , Vogue o Esquire rivalizaban por sus fotos; la radio y el cine la reclamaban y –hasta el día de hoy– es una de las mujeres más imitadas por las drag queens o los travestis del Carnaval de Río, que la evocan con sus disfraces tropicalísimos.

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Todos la copiaron. Desde Mickey Rooney, pasando por Jerry Lewis, Ted Danson y el infaltable Bugs Bunny. Madonna la interpretó en I’m Going Bananas y Woody Allen le dedicó unos minutos en Días de radio .

¿Por qué esta mujer, que llegó a ser la mejor pagada en Estados Unidos, fue despreciada en Brasil? donde le decían “la bahiana”; la flagelaron por desvirtuar la samba y ser una argamasa de estereotipos latinos exóticos, todo por satisfacer el mal gusto de los gringos. ¿Por qué echarle tanto veneno? ¿Por americanizarse?

Los críticos, esos aficionados fracasados como decía Goethe, se sostenían la quijada al contemplar aquella mirrusca curvilínea, con unas canastas –a manera de sombrero– repletas de frutas tropicales y marcando el paso a ritmo de tutti frutti .

La Miranda representó la alegría de vivir, la simplicidad del buen salvaje y el paraíso perdido que vendían la industria cinematográfica de la postguerra, la propaganda norteamericana del Presidente Franklin D. Roosevelt y las políticas nacionalistas del cuatro veces gobernante de Brasil, Gétulio Vargas.

A duras penas se puede servir a un amo, menos a tres.

Chica banano

La madre de Carmen, María Emilia Miranda, la llamó así por la ópera de Bizet; alborotó a la niña con el canto y el baile. Desde sus días de escolar, en el Convento de Santa Teresa de Lisieux, mostró su precoz talento. El padre, José Pinto da Cunha, se opuso a las locuras de su mujer.

María do Carmo Miranda da Cunha, como le endosaron en la pila bautismal, era portuguesa; nació el 9 de febrero de 1909 en la melancólica Marco de Canavezes, un distrito de Oporto. De ahí emigraron a Río de Janeiro, donde creció en el bohemio barrio de Lapa.

Comenzó a trabajar, a los 14 años, en una tienda de corbatas para pagar los gastos médicos de Olinda, su hermana mayor, que padecía tuberculosis. Más tarde pasó a una tienda de sombreros y –según sus biógrafos– la despidieron porque pasaba cantando todo el día.

Y como Dios protege al inocente resultó que conoció al compositor Josué de Barros; este la promocionó y grabó sus primeras piezas: No se va ahora ; Si la samba es moda y la marchinha carnavalesca Para você gostar de mim que le abrió las puertas de la radio. En 1930 vendió 35 mil discos de la marcha Tai, una cantidad jamás vista esos días.

Le llovieron los contratos; viajó a Buenos Aires y ahí –dicen los chupatintas– que cada noche acudía a su camerino una aspirante a actriz que la colmaba de elogios: Eva Duarte.

Pasó los años 40 y 50 del siglo XX entre Brasil y Estados Unidos. En 1939 actuó en el musical Banana de Terra , donde lució por primera vez el extravagante traje de bahiana, con el cual se inmortalizó.

Viajó con su banda a Nueva York y arrasó. Su primera película fue Serenata Argentina . Rompió todos los moldes de las leyendas y, a 62 años de su muerte, le sobrevive su legado: 260 canciones, 160 discos, 24 filmes, 12 programas de televisión, libros, estudios eruditos, documentales y –lo que nunca falta– una serie de dibujos animados de Disney y una muñeca.

Pero Carmen le vendió el alma al diablo: Hollywood. Acabó siendo un guiñapo, una parodia de sí misma. La “bomba brasileña”, tal era su mote, estaba obligada a fingir un acento latino caricaturesco, hablar inglés como una ignorante, vestir trajes ridículos y cantar piezas descacharrantes como Bananas is my Business.

Al fin, en 1946, compró su libertad y su dignidad a los estudios Fox. Pagó $75 mil por su contrato e intentó cambiar su imagen de latina risueña y tonta.

Era poco lo que podía hacer. En 1947 se casó con David Sebastián, a quien conoció en el set de Copacabana ; quedó embarazada y abortó.

Las tensiones de la farándula afectaron su salud; se aferró al alcohol y los barbitúricos y, el 5 de agosto de 1955, con 46 años le estalló el corazón; pero no de locura, fuego y frenesí.

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