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Página Negra Brigitte Bardot: A rienda suelta

Actualizado el 18 de octubre de 2014 a las 11:55 pm

Rostro felino, ojos chispeantes, melena desordenada y una belleza indomable fueron la materia primigenia que modeló un sueño erótico conocido en el mundo solo por dos letras: BB.

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LatinStock/Corbis para Teleguía

En un tiempo sin dioses, cautivó a los idólatras. Las mujeres la imitaban, los papararazis la perseguían; era guapa, libérrima, sexual y sensual. Fue el sueño imposible de todos los hombres y ella solo pensaba en uno: ¡el próximo!

Allá por los años 50 y 60, del siglo XX, las deidades bajaron a la tierra y pasearon su carne y sus huesos por los laberintos oscuros de las salas de cine. Elvis Presley movía sus caderas destempladas; James Dean era un rebelde sin causa; Marilyn Monroe, un súcubo insaciable.

Del otro lado del Atlántico, a los 18 años y en Saint Tropez, una chica en bikini encarnaba la lascivia, la perdición, al demonio de la carne y de la concupiscencia; esa rubia de boca en flor era la bestia del mal hecha hembra: Brigitte Bardot.

Sin más arma que sus curvas, con una sola película – Y Dios creó a la mujer – y pegada a Roger Vadim, periodista metido a cineasta, la Bardot desmoronó el edificio de la moral burguesa y develó sin pudicia hasta el último arcano de su cuerpo.

Ahora, por dicha, a sus 80 años está pipiriciega; así no llora al contemplar los lodos en que se convirtieron aquellos polvos. Sus acólitos le dan el mérito de nunca haberse realizado una cirugía estética, como las actuales estrelliticas con rostros de cemento a puro Botox y pellejos inflados con silicona.

Vive en su retiro dorado de La Madrague –en Saint Tropez– con sus gatos, caballos y zaguates, porque como dijo Diógenes: “entre más conozco a los hombres, más quiero a mi perro”.

A los 40 años hastiada de la vida, enferma de pesar y muerta de tedio, mandó al cuerno su carrera artística y se enclaustró en ese refugio de pescadores, guarnecida por sus muros blancos, rodeada de plantas aromáticas, en medio de la sencillez y de la pureza de la playa, el sol y el mar.

Vieja, deslenguada, renqueante, pasada de libras, despeinada como un gallo desplumado, Brigitte Bardot parece un cachivache y no es ni la sombra del mito erótico al que Bob Dylan le dedicó su primera canción, o que hizo que el pobre de John Lennon se aturugara de LSD, para controlar los nervios antes de conocerla.

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Aunque los años se le quedaron clavados Brigitte sigue siendo ella, la misma que en la adolescencia se enrolló con Vadim y este la comparó, en su autobiografía, con la Venus de Sandro Boticelli.

Con 48 películas en el saco –muchas inenarrables–, 80 canciones y miríadas de portadas en revistas la Bardot no se arrepiente de nada, según declaró al periodista Laurent Delahouse.

Ni siquiera de sus invectivas contra los maricones y los musulmanes; menos de su apoyo a la ultraderechista Marine Le Pen, ni de sus imprecaciones contra los políticos que lanzaron por el caño los valores franceses.

La que una vez derritió a los hombres con su melena rubia y su pecaminosa inocencia vive en un limbo: “No se si soy feliz. No soy infeliz. Estoy serena y me gusta estar sola”.

En esta foto de 1950, Brigitte Bardot se luce en todo su esplendor. Décadas después, aprovecharía su fama para dedicarse a la defensa de los animales.  | AFP
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En esta foto de 1950, Brigitte Bardot se luce en todo su esplendor. Décadas después, aprovecharía su fama para dedicarse a la defensa de los animales. | AFP

Pícara colegiala

Brigitte Bardot nunca fue una gran actriz, pero sí una “record-woman” del amor. Los insidiosos periodistas le calcularon 42 amantes, excluyendo los cuatro maridos oficiales y uno que otro “rapidín”; por supuesto, muy lejos de Mesalina –esposa del emperador romano Claudio– quien en una noche de farra se acostó con 200 hombres. Esa tenía entrañas de hierro.

Era imposible resistir su leonina cabellera dorada –si bien era castaña natural– los ojos de gata en celo, aquellos labios carnosos y turgentes, sus piernas largas y torneadas por años de ballet y…¡mmmmuuuffff! su espigada, juvenil y perfecta figura.

Brigitte compite, taco a taco, con las tres divas eternas del cine francés: Juliette Binoche, Catherine Denueve o Isabelle Ruppert, cada una con una constelación de premios y capaces de interpretar el papel que se les antojara.

Pero ninguna de ellas, ni otras, ni ahora ni nunca, ni aquí en la tierra ni en el cielo, poseen los arrestos para interpretarla en el cine. ¿Porque les falta?, como bien dijo la estrella: “Mi personalidad”.

El poeta Jean Cocteau la consideró “el alma de nuestra época” y la filósofa, novelista y feminista Simone de Beauvoir advirtió: “Bardot no se preocupa en absoluto de la opinión que alguien tenga sobre ella, come cuando tiene hambre. El deseo y el placer le resultan más convincentes que los preceptos y las convenciones. Hace lo que le viene en gana...”

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Magnética, salvajemente natural, adorable y provocativa pulverizó con sus películas el estilo hollywoodiano de mujer fatal; impuso uno nuevo de vivir, de vestir, de ser libre y que dejaba la virtud guardada en el armario.

A los 18 años –en 1952– debutó en la pantalla con Manina, la chica del bikini y demostró, bajo el escueto atuendo, la materia prima de la que están hechos los sueños masculinos.

Brigitte reconoció que “de pequeña yo no era guapa. Usaba anteojos y tenía estos dientes grandes”. Hay una foto donde luce toda coqueta, con una muñequita de trapo entre sus brazos.

Sus padres, Louis Pilou Bardot –fabricante de tanques de oxígeno– y Anne Marie Mucel –empresaria de la moda– la trajeron al mundo el 28 de setiembre de 1934 en París.

La bautizaron como Camile Javal y de niña llevó una vida cómoda; estudió a empujones y practicó el ballet, el solfeo y el dibujo. Ya a los 14 años torcía las miradas en la calle e ilustró la portada de Jardín de Modas , una revista ñoña.

Estudió en el Conservatorio Nacional de Danza y quería ser bailarina clásica, pero Dios propone y el diablo dispone. Con 16 años apareció despampanante en la revista Elle : mitad niña, mitad mujer.

El cineasta Marc Allegret la vió y enloqueció; su asistente Roger Vadim boqueó y el dúo de pervertidos no paró hasta que la conocieron y ella se enamoró del ayudante.

Ambos vivieron una relación volcánica y Brigitte quiso casarse pero su padre solo lo consintió hasta que cumplió 18 años. Roger fue antes a pedirle la mano y Pilou sacó un revólver y lo echó a patadas de la casa. La niña intentó y sin éxito, ¡por dicha!, suicidarse. Parece que le gustó porque trató dos veces más, por naderías.

Antes de ser quien fue actuó con Kirk Douglas en Acto de Amor , que la posicionó en Estados Unidos como un animal sexual. Entre 1953 y 1956 filmó cuatro cintas, entre ellas Los fines de semana de Nerón , donde interpretó a Popea y exigió una bañera llena de auténtica leche de burra.

La actriz escogió una discoteca de la ciudad de Nueva York para celebrar sus 50 años. | LATINSTOCK/CORBIS
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La actriz escogió una discoteca de la ciudad de Nueva York para celebrar sus 50 años. | LATINSTOCK/CORBIS

Llegaría 1956 y el papel que la divinizó. Dio vida a Juliette Hardy, en Y Dios creó a la mujer , un filme provocador, con escenas eróticas de alto voltaje –para la época claro– y que movilizó en su contra a todas las organizaciones religiosas que la anatemizaron.

Por los siguientes 17 años no se bajaría del carruaje de la fama, hasta que empachada de gloria renunció a su carrera y se retiró, para dedicarse a su fundación a favor de los animalitos heridos o abandonados.

Su decisión la justificó así: “Di mi belleza y mi juventud a los hombres. Ahora daré mi sabiduría y experiencia a los animales”. ¡Quuuée perra suerte!

Oficio: el amor

Además del reguero de amantes, más allá de su prolífica carrera artística y dejando de lado que aportó más divisas a Francia que la Renault –según Charles de Gaulle– Brigitte cambió a la sociedad de su tiempo e influyó en la actual.

Sin ella no existirían Claudia Schiffer, Kate Moss, Kylie Minogue y Madonna, por citar las cuatro imitadoras más conocidas, aunque ninguna le llega ni a su augusta pantorrilla.

Entre las mortales impuso el cuello a la Bardot, abierto y con los hombros desnudos; popularizó las suetas de punto y los jerseys , igual con los tops , los pantalones y aquellas enaguas vaporosas. Todas querían verse como ella con bikinis de dos piezas –¡pobrecitas!–. La ropa interior no tanto porque apenas la usaba.

Tanta fama y adulación la desquició. Jeffrey Robinson, uno de sus biógrafos, afirmó al Daily Mail que la actriz era depresiva, y vivía torturada por el acoso de sus admiradores.

Su tercer marido, Günther Sachs, contó sus peripecias matrimoniales. “El problema es su cambio brusco de humor. Era difícil vivir con ella. Se dormía feliz y se levantaba furiosa y enfadada conmigo”. Igual explicó su descubridor y primer esposo, Roger Vadim: “Es una mujer que no podía ser feliz. Devoraba a quien amaba”.

A este lo cambió, en el propio set de Y Dios creó a la mujer , por su coestrella Jean-Louis Trintignant, un actor bajito, delgaducho, bien feo y casado con Stéphane Audran.

El romance solo duró dos años porque Jean-Louis –¡qué bruto!– apenas tenía tiempo para Brigitte. Buscó consuelo en el músico Gilbert Becaud, que la dejó unos meses después para volver al regazo de su mujer. La Bardot intentó suicidarse con una sobredosis de somníferos.

De los brazos de Becaud recaló en los del cantante Sacha Distel, quien la utilizó para apalancar su incipiente carrera.

La tempestuosa rubia creyó que Jacques Carrier sería el definitivo amor; ella tenía 24 años, estaba embarazada y sentía horror a la maternidad, por lo que discutían con frecuencia y terminaban a las trompadas. Cuando nació Nicolás, Carrier combatía en Argelia y la Bardot cedió la custodia del niño al padre.

Mientras obtenía el divorcio sostuvo un tórrido lance con el actor Sami Frey, su compañero en La Verdad . Esa relación fue explosiva. Sami quiso pegarse un tiro y ella buscó amparo en la casa de su amigo George Clouzot, pero Vera –la esposa– se suicidó porque creyó que los dos tenían una aventura.

Quienes la amaban enloquecían. Sachs contrató un helicóptero para lanzar sobre su casa toneladas de pétalos de rosa y le compró un anillo valorado en casi $2 millones. Para él “un año con Bardot equivale a diez con cualquier otra mujer”. Se voló la tapa de los sesos a los 78 años porque no pudo soportar el Alzheimer.

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Rodeada de pretendientes, pero dedicada a sus animales, la Bardot hizo el último intento y a los 58 años se casó con Bernard d’Ormele. Fiel a su estilo, posó sobre una foca blanca en el Ártico. Solo Bardot, la leyenda –como tituló a su biografía– podía permitirse tanto desparpajo.

Previo a su retiro dejó un último taco de ojo. Con 40 años posó para Playboy . Después, incursionó con gran suceso en la música; su versión de Je t’aime moi non plus , de su amante Serge Gainsbourg, fue un suceso sin precedentes –aún más que el de Jane Birkin– y en el 2002 fue el tercer tema más bajado de Internet.

Rodeada de los seres que más ama –sus animales– espera, como reza su canción La madrague : el tren que la llevará hacia el otoño, a reencontrarse con la ciudad bajo la lluvia.

Brigitte Bardot, como una gata cruzada, a veces maulló, en otras arañó y cuando pudo, mordió.

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