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Página Negra: Bill Clinton, la sombra en el retrato

Actualizado el 05 de noviembre de 2016 a las 11:55 pm

Carismático presidente estadounidense; varios amoríos empañaron sus dos gobiernos pero se mantuvo a flote por su poder de convicción y empatía con un pueblo que le perdonó todo

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En la política solo hay algo peor que un crimen: el error. Y ni se diga reconocerlo, cuando se ha construido una vida basada en apariencias; que tras mucho repetirse se convierten en verdad.

Asumir, en 1993, la presidencia del país más poderoso del planeta, tras el fin de la Guerra Fría y enfrentarse a retos domésticos como reformar el sistema educativo y el de salud, pasando por el déficit y el paro; además de heredar tres guerras internacionales y lidiar con una Rusia impredecible, podrían suavizar el tono con que se juzgan los yerros personales de William Jefferson Clinton, el Mandatario número 42 en pisar el Salón Oval de la Casa Blanca.

Pero… “el mal que hacen los hombres perdura sobre su memoria y el bien queda sepultado con sus huesos”, al decir de Marco Antonio sobre la tumba de Julio César, con la pluma de William Shakespeare.

El todopoderoso Bill Clinton gobernó Estados Unidos –de 1993 al 2001– con su ojo puesto en la historia, o tal vez con la historia puesta en su ojo; aún así, tuvo tiempo suficiente –antes y durante– para alentar con su fogoso libido la imaginación de sus enemigos.

Vistos los hechos en perspectiva el timón del mundo estuvo en manos de una persona dividida: Bill el bueno y Willy el vivazo.

El bueno fue educado por sus abuelos, Eldridge y Edith Cassidy, en la fe bautista: cordial, compasivo y leal. El otro es un camaleón político, mitómano, sin prejuicios ni remordimientos.

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La infancia de Bill estuvo llena de recovecos. Su madre –Virginia Blythe-– se fue a estudiar enfermería en Nueva Orleans y lo dejó cuatro años con sus padres, quienes lo criaron en Hope, una comunidad rural de Arkansas donde nació el 19 de agosto de 1946.

El viejo Eldridge era alcohólico; vigilaba un aserradero y vendía helados; después instaló una tienda y expendió licor de contrabando a los negros. Le inculcó a su nieto una intensa religiosidad, le enseñó a leer y a valorar la educación.

Del padre biológico, William Jefferson Blythe III, solo se sabe que era un labioso, bebedor, agente de ventas y polígamo. El adoptivo, Roger Clinton, vendió autos y en las noches laboraba en un casino como sacaborrachos; celoso y posesivo, daba sus buenas tundas a Virginia; murió en un accidente automovilístico.

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Hay quien dice que uno está tan enfermo como sus secretos.

Las mujeres de Bill

El maratón político de Bill Clinton comenzó la mañana del 24 de julio de 1963, cuando conoció al Presidente John F. Kennedy. Tenía 17 años, era regordete con la cara rojiza, pero astuto como una mamba; convenció a un fotógrafo para que le tomara una foto apretando la mano del Mandatario.

Si bien escuchó el discurso, “Yo tengo un sueño”, de Martin Luther King; el suyo no pasaba por dejarse matar en Vietnam y se fue a Inglaterra a estudiar, así evitó el servicio militar y lo tacharon de cobarde.

Los hombres no influyeron en su formación, más bien fueron las mujeres: abuela, madre, directora de colegio, niñera y el serrallo que formó cuando gobernó Arkansas y rigió la Casa Blanca.

Cosmopolita, coqueta y autoritaria, la abuela Edith se enfrentó a Virginia por la custodia del niño, debido a la conducta poco edificante de su hija. Vicky fumaba dos cajetillas diarias de cigarrillos, tomaba como un marinero, le gustaban las carreras de caballos y era “habitué” de los centros nocturnos.

El modelo opuesto fue Johnnie Mae Mackey, la directora colegial de Hot Springs, donde estudió el joven Bill. Mae creía en Dios y en la Patria; impulsó a Clinton a expresar sus ideas políticas y lo adiestró en la práctica del gobierno.

La niñera, Mrs. Walters, estaba convencida de que Bill sería predicador como Billy Graham, por el carisma, fácil palabra y el encanto que destilaba el muchacho.

Estas mujeres ejercieron una notable influencia en Clinton, porque los hombres que lo rodearon eran unos perdedores que no merecían su respeto ni su admiración.

Después vinieron las de sus aventuras extramaritales, profusamente documentadas en incontables libros; algunas más sonadas que otras: Gennifer Flowers, Paula Jones o Mónica Lewinsky, para citar las más impactantes en los medios.

La Flowers escrib ió Pasión y traición , con su respectivo link para ampliar detalles a los voyeuristas digitales; Paula acusó a Clinton y describió en 700 folios sus amoríos en Arkansas. Eso fue como tomarse un vaso de agua, a la par de las 32 cajas de documentos con el “affaire Lewinsky”, que plantó frente al Congreso el fiscal general Kenneth Starr, obsesionado con derribar al Presidente.

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Todo ello sin contar asistentes electorales, cantantes de rock , prostitutas y simples desconocidas, que hicieron de la vida de Bill Clinton un show mundial de pornografía política.

De ser ciertas esas canas al aire del Mandatario, ¿a qué hora logró lo que ningún presidente estadounidense ha podido desde de la Segunda Guerra Mundial?: dejar un país con $559 mil millones de superávit y un 76 por ciento de aprobación pública a su gestión.

En la National Portrait Gallery está colgada una pintura de Clinton, de pie junto a la chimenea del Salón Oval; con esa mirada azul electrizante y una sonrisa contenida; no luce su anillo de casado y hay una sombra extraña a su lado. Parece a Dorian Gray.

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