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Página Negra de Amelia Earhart: La hija del viento

Actualizado el 04 de marzo de 2017 a las 11:55 pm

Extraordinaria aviadora que rompió todas las marcas aeronáuticas gracias su valor y temeridad; desapareció en el mar en un vuelo alrededor del mundo.

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El granjero irlandés quedó con los ojos cuadrados, como si hubiera visto un extraterrestre. De aquella palangana con alas bajó una mujer; si eso era ya increíble, aún más de donde venía: del otro lado del Atlántico, de Estados Unidos.

Voló sola durante 13:56 horas, entre el 20 y el 21 de mayo de 1932. Estuvo despierta a punta de sales olorosas; apenas cargó un termo con sopa y una lata de jugo de tomate.

Así fue como Amelia Earhart puso una pica en Flandes y agregó a sus hazañas la de ser la primera mujer en cruzar íngrima el Atlántico. Ya antes lo había hecho, en 1928, pero como copiloto de Wilmer Stultz y Slim Gordon.

Mientras navegaba solitaria recordó el día en que sus padres la llevaron, con diez años, a la Feria Estatal de Iowa, y vio por primera vez un avión: “Era un montón de alambres oxidados y madera podrida que nada tenía de interesante.”, escribió en sus memorias 20 horas, 40 minutos. Le atrajo más un sombrero de papel.

El tiempo pasó. De casualidad, a los 21 años, asistió a una exhibición aérea en California. Voló 10 minutos y: “¡Tan pronto dejamos el suelo supe que tenía que aprender a volar”.

Amelia nunca le daba largas a ninguna idea; matriculó un curso de aviación con Anita “Neta” Snook y al cabo de seis meses –por un puñado de dólares– adquirió una carcacha con hélice.

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Tras superar varios accidentes y la nula credibilidad de su instructora –por no decir el horror– logró convencerla de sus habilidades y consiguió su primera marca: voló por encima de los 4,267 m. Un año después obtuvo la licencia de aviadora.

A causa del divorcio de sus padres, el abogado Edwin Earhart y Amy Otis, abandonó sus planes; compró un carro que apodó el “Peligro Amarillo” y cruzó el país con su madre, desde Iowa hasta Boston. Por esos años, 1924, los autos eran muy escasos en las zonas rurales y todavía más una conductora.

La crisis matrimonial de los Earhart ocurrió porque Edwin nunca estuvo a la altura de las expectativas de su suegro, Alfred Otis, un magnate de Kansas que lo consideraba un perfecto inútil.

El infeliz Edwin fracasó como leguleyo, encontró trabajo como ejecutivo de ventas en el Ferrocarril de Rock Island, en Iowa. Allá se marchó con su esposa y dejó a su hija con los abuelos.

Todo iba de mal en peor. Earhart quedó desempleado, comenzó a beber, la familia pasó penurias y fue la comidilla de parientes y vecinos, razón por la que Amy cortó por lo sano y lo soltó.

Amelia estaba metida en un zapato y su vida no iba para ningún lado, hasta que el 27 de abril de 1928 atendió la llamada telefónica de un tal H. H. Railey, quien le preguntó: “¿Qué te parecería ser la primera mujer en volar a través del Atlántico?”.

Sin límites

Solo alguien que desconociera cómo se crió Amelia, podía ignorar la respuesta. Los abuelos de la aviadora eran gente muy adinerada; ella recibió una educación de lujo y vivió con todas las comodidades.

En su natal Kansas, donde nació el 24 de julio de 1897, traía a sus padres de vuelta y media por insosegable. Escalaba árboles, se lanzaba en trineo, con un rifle disparaba a las ratas y mataba el tiempo leyendo historias periodísticas de mujeres famosas, que sobresalían en actividades propias de hombres, tal como se decía por aquellos rumbos.

Decidió enrolarse como enfermera voluntaria durante la Primera Guerra Mundial, atendió heridos y manejó ambulancias. Estudió medicina y la llamada de H.H. Railey la sorprendió como asistente social.

Este la contactó a cuenta de George Putnam, un publicista de Nueva York, empeñado en superar los logros de Charles Lindbergh. En 1928 Amelia, Stultz y Gordon cruzaron el Atlántico, a bordo del “Libertad”, un trimotor Fokker F7.

Al regreso la apodaron Lady Lindy; los neoyorquinos la recibieron con desfiles, premios, entrevistas y Putnam la convirtió en una celebridad. Los dos organizaron más vuelos para pulverizar todas las marcas. Solo faltaba una: ¡Circunnavegar el mundo!

Previo a ese reto resolvió un asunto operativo. De tanta viajadera Amelia y George terminaron más amigos de la cuenta; este era casado y comenzaron los chismes de alcoba. El 7 de febrero de 1931 se casaron y dos meses después –no quedó embarazada, por supuesto–: rompió el record de altitud. Se elevó a casi 6,000 metros, con un avión que le dio Putnam como regalo de bodas.

Para la vuelta al mundo decidió recorrer la línea del Ecuador, con un Lockhee Electra 10 E. Con Fred Noonam como navegante, partió de Los Ángeles a Florida, el 21 de mayo de 1937. Siguió hacia el este, bajó por América del Sur, pasó por África, subió al Mar Rojo, avanzó a Indonesia y paró en Australia. Ahí enfermó de disentería y dejó los paracaídas porque ya faltaba poco para llegar a la meta.

El desastre aconteció en mitad del Océano Pacífico. Después de partir de Nueva Guinea, un último mensaje radiofónico advirtió que tenían poco combustible y no divisaban adónde aterrizar.

Nadie volvió a saber nada de Amelia. El gobierno norteamericano destinó 66 buques para buscar los restos de la nave; gastaron $4 millones. Desapareció el 2 de julio de 1937. Fue declarada muerta en enero de 1939.

Una vez dijo: “Lo más difícil es la decisión de actuar, el resto no es más que tenacidad. Las mujeres podemos hacer cualquier cosa que decidamos hacer”.

Ave viajera…un día se durmió en el lecho de la mar.

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