Cero poses: Mauricio, el grande

El muy querido 'Chunche' Montero ya es una leyenda con estatus de "patrimonio nacional". Si verlo jugar era un deleite, oírlo "desparramar" su anecdotario, lleno de risas, lágrimas y luchas, es una "cofaleada" para el alma.

Mauricio Montero
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Cuando el pasado 14 de febrero se supo la mala noticia de que el exfutbolista Mauricio "El Chunche" Montero había sufrido un accidente de tránsito, miles en todos el país permanecieron en vilo. Pasado el susto, aquella experiencia, con todo y lo desagradable que pudo resultar, tuvo también su lado positivo. Mauricio reafirmó el enorme aprecio y admiración que le profesan sus compatriotas; desde el más encopetado, hasta el labriego más sencillo.

Él mismo relata cómo durante 4 o 5 días el teléfono no paró de sonar. Fueron muchísimas las personas quienes, en un gesto de sincera preocupación, llamaban para preguntar por la evolución de su estado de salud.

No hay discusión. Mauricio Montero Chinchilla es un caso excepcional. Su historia de vida lo ha erigido como uno de los personajes más queridos del país; una leyenda con estatus de "patrimonio" nacional.

Como futbolista transcendió, con virtudes y defectos, por su pundonor, carácter y gran espíritu deportivo. Fuera de ella, por esa sencillez propia de la gente campechana, combinada con la "malicia indígena" de nuestros abuelos.

A sus 47 años, El Chunche, como le apodara hace años el narrador deportivo Manuel Antonio "Pilo" Obando, es un hombre con la piel curtida por aquellas largas y extenuantes jornadas de trabajo que comenzaron a muy temprana edad allá en el Alto de Peralta, en Grecia, de donde es oriundo.

Ya fuera como mandadero de la casa desde la tierna edad de cinco años, cuando su principal encomienda era ir a dejarle el almuerzo a su tata, don Rafael Montero (circunstancia que él aprovechaba para escaparse a mejenguear a pesar de las chililladas que solían acompañar aquellos retrasos). O bien, en la preadolescencia ganándose sus primeros chuminos en labores agrícolas en las que hacía gala de su gran fortaleza física, dejando con la boca abierta hasta el más pintado de los capataces.

Y así fue hasta que un buen día, una bola de futbol le cambió la vida. Primero con su querido San Ramón, luego con la Liga Deportiva Alajuelense –el equipo de sus amores– y finalmente con la mítica Selección Nacional de Italia 90.

Fue la suma de batallas, de triunfos y derrotas, de aciertos y desaciertos la que al final lo llevó a lo más alto del podio, allí donde levantan los brazos los triunfadores.

El Chunche, es el Chunche. Por eso, donde vaya siempre está rodeado de gente deseosa de extenderle la mano, de palmearle la espalda, de entregarle una frase de admiración y de aliento y –claro está– de robarle un autógrafo y tomarse una foto para subirla al Facebook.

Con Mauricio conversamos una tarde de sábado en su segundo hogar: el estadio Alejandro Morera Soto. Recién regresaba de una práctica con sus pupilos del alto rendimiento. Nos acomodamos en una banca con vista a aquella misma cancha en donde Mauricio derramó sudor, lágrimas' y labró sus glorias.

--Mauricio, ¿Por qué usted cree que la gente lo aprecia tanto?

--"Yo creo que una buena parte es la manera de comportarme yo, en todo sentido. Nunca he cambiado mi manera de ser. Hay gente que me imita y yo nunca me enojado o he salido a criticar. Otra cosa es el respeto que les tengo a todos. Soy tachado de liguista de corazón, pero no ando camisetas de la Liga, ni signos externos en el carro ni en la casa. Respeto a todas las aficiones. Yo le doy la mano igual al Presidente de la República como al que barre. Uno aprende de todas las personas, grandes o pequeñas, humildes, o muy inteligentes. Siento que la gente reconoce eso".

Recio en su físico y suave y directo a la hora de expresar lo que piensa, El Chunche no se anda por las ramas. El llama al pan, pan, y al vino, vino; eso sí, arrastrando la zeta: una marca personal registrada desde su nacimiento. Si decía su mamá, doña Rosa Chinchilla, (ya fallecida) que Mauricio comenzó a jugar antes de hablar, y una de sus primeras frases, y a la postre su favorita, fue: "Pod aquí no pazza nadie."

En eso poco o nada ha cambiado. Cuando le preguntamos si el origen de un raspón en la pierna izquierda se debía a su reciente encontronazo con la parte trasera de un vehículo, él se apura a aclarar el asunto. "No, ¡qué va! Eso fue en una "barrida" en un partido. Es que no soporto que me hagan un gol."

Con esa vehemencia es que Mauricio vive un deporte que para él, más que una pasión, es su vida entera.

--¿Qué hace para compensar a su familia por el tiempo que les roba?

--"Creo que dándoles buen ejemplo. Talvez se lo deba preguntar a ellos, pero creo que se sienten orgullosos, no por lo que he logrado futbolísticamente, sino por como soy como persona y como papá. Si tengo que dejar de comprarme cosas yo para dárselas a ellos, lo he hecho. Además del buen ejemplo, les he dado una buena formación' que sean personas honestas, honradas'".

Como sucedería en varias ocasiones durante la entrevista, la plática es interrumpida por aficionados que desean hablar con Mauricio. Esta vez es un joven que sin miramientos le dice: "Soy saprissista pero soy un gran admirador suyo por el gran defensa que fue". Casi de inmediato, detrás de él, se forma una pequeña clientela de hombres, mujeres y niños. Él accede gustoso a todas las peticiones de autógrafos y fotos.

--¿Ser una persona tan admirada significa un peso para usted?

--"Sí, lo siento como un peso porque no tengo una vida privada".

Mauricio cuenta cómo hasta en los paseos familiares a veces termina desatendiendo a su propia gente para complacer las solicitudes que le hacen extraños. Sin embargo, no siempre fue así. Él trae a la memoria algunos pasajes de malos tratos recibidos, principalmente por parte de aficionados saprissistas, al comienzo de su carrera con la Liga.

--¿Alguna vez lo han insultado?

--"Sí, claro, vea, es que en Grecia del 100 por ciento un 85 es saprissista, entonces al principio me crearon muchos problemas. Me insultaban y también a mi mamá. Hasta me tiraron una bomba de turno en el corredor y tuvimos que dormir todos juntos esa noche del susto que teníamos.

"Ya después los busqué y les dije que en el estadio me podían gritar lo que quisieran, pero en mi casa me tenían que respetar. Gracias a Dios nunca llegué a los golpes ni a insultar gravemente a una persona. Luego, cuando dejé de ser jugador, las cosas cambiaron".

--¿Cuál fue el peor momento de su carrera como futbolista?

--"El momento más difícil fue el retiro (en el 98) porque no tenía estudios que me respaldaran (Mauricio curso hasta sexto año de escuela). Jugué 18 años y dejar el futbol, dejar lo que sabía hacer y el cariño que tenía por el futbol y tirarse a la vida normal sin tener armas, una carrera profesional, esos fueron los momentos muy difíciles. Dichosamente gracias al mismo futbol hubo gente que me dio la mano. Fue el caso de Pipasa y don Calixto Cháves".

Mauricio laboró en un proyecto deportivo de ligas menores dirigido a los hijos de los empleados de la empresa, junto al timonel Gustavo de Simone.

Aunque le daba cosilla trabajar con niños, más miedo le daba tener que volver a volar machete, algo que en el pasado ya había tenido que hacer. Fue en el período 86-87 cuando se dio el traspaso de San Ramón a la Liga.

"La Liga no me compraba y San Ramón no me vendía, entonces pasaron dos meses sin salario y me tuve que ir a cortar caña", rememora.

Cuando finalmente se dio el traspaso a la liga, y habituado a que en San Ramón era común recibir el pago de forma irregular, no cobró los tres primeros tres meses de salario en la Liga. Y hubieran sido más a o no ser porque el encargado de los pagos un día le cuestionó: "Diay Mauricio, usted debe tener mucha plata." Él, sorprendido le preguntó que a qué venía el cuento, y cuando el hombre le explicó que ahí pagaban puntualmente cada mes, ni lerdo ni perezoso se fue a recoger los pagos acumulados.

Mauricio, el vendedor

El fin del proyecto de ligas menores de Pipasa puso a Mauricio, una vez más, contra las cuerdas. Sin embargo, Calixto Chávez no quiso que se fuera de la compañía y allí encontró un puesto hasta entonces inimaginable para El Chunche.

Como en la empresa no sabían adonde colocarlo al final lo mandaron a trabajar en el departamento de mercadeo. Aprovechando la buena imagen y popularidad del jugador, lo enviaban a los supermercados y a toda clase de eventos y aquello fue todo un suceso.

--¿Cómo fue para usted cambiar tan dramáticamente de quehacer?

--"Ellos vieron el potencial que tenía con la gente y entonces me mandaron a ventas. Pa' mí fue un "shock" porque no sabía nada de eso. Me enseñaron a negociar con clientes, me corregían y al mes apareció una plaza de supervisor y me dijeron "¡dele sin miedo!".

"Yo no sabía hacer un informe, pero me enseñaron. Anduve todo el país en los camiones de Pipasa y ahí me fui empapando y me di cuenta que la universidad más grande es la calle. Llegué a tener 18 rutas con personal a mi cargo. Al principio, cuando me dejaban en San José me perdía. Tuve que aprender a conocer las rutas y en eso estuve 7 años.

--¿Cómo reaccionaban sus clientes?

--"En ventas entraba a la 1 de la mañana y salía a las 5. Otros días a las 6 y me iba a las 6 o 7 de la noche. Onde iba duraba más rato con los clientes porque me metía primero por el lado del futbol. Hasta apostaba con algunos que eran saprissistas. Todavía, cuando puedo los visito", recuerda con una risilla de complacencia.

Por supuesto, Mauricio llevaba por dentro una enorme sequía. La falta de futbol le quemaba las piernas y el alma.

Primero fue Javier Delgado quien lo pidió de asistente cuando fue nombrado entrenador de la Liga (2004-2006). Al final del ciclo de Javier en la Liga, Mauricio regresó a Pipasa año y medio hasta que el Carmen de Alajuela lo nombró como entrenador. Ahí estuvo una temporada y aprovechó para sacar la licencia A de entrenador en la Universidad de San José. Después del Carmen se quedó otra vez sin empleo, pero esta vez la circunstancia no lo tomó desprevenido: había comprado dos chunchones de carga que desde entonces tiene alquilados para asegurarse una extrita.

Luego se fue a San Ramón a dirigir las ligas menores. Fueron solo dos meses porque, según cuenta , la propia presión de la afición manuda marcó su regreso a la institución rojinegra, en donde hoy desempeña dos cargos, uno con Alto Rendimiento y el otro con la Primera División.

--Ya hablamos del peor momento de su carrera, ¿cuál fue el mejor?

-- (Sonríe) "Fue el Mundial (Italia 90), logramos lo que logramos y después de eso terminaba mi contrato con la Liga y estaba libre para negociar.

Quizá muchos no lo sepan, pero cuando él empezó su carrera con Alajuelense, en 1987, su sueldo era de ¢46 mil y se veía a palitos para mantener a su familia.

Por eso, tuvo que alternar entrenamiento y partidos con su labor de pistero en la bomba Quesada y Maroto de Tacares de Grecia. Ahí arreglaba llantas y cambiaba aceite a los carros. Cuando Odir Jacques fue técnico(89-90) llegó a la gasolinera y le pidió que dejara ese trabajo porque le afectaba el ren dimiento.

Mauricio, respetuoso pero firme, le respondió: "si yo no rindo usted tiene derecho a pedirme eso, pero yo no voy a dejar de llevarle el bocado a mi familia."

Todavía para el Mundial, la Federación Costarricense de Futbol tuvo que pagarle a Mauricio los salarios caídos de su trabajo en la bomba para que pudiera cumplir con la Tricolor.

Ya después, cuando Mauricio pudo hacer su primer contrato, la parte económica comenzó a mejorar.

--¿Algún error del que se arrepienta?

-"-Siento que un error fue haberle quitado tanto tiempo a la familia. (se refiere a su esposa Luxinia, sus hijas Silvia y Maureen, su hijo Joserth y sus tres nietos). "Ahora al ver a la familia grande, me doy cuenta que no jugué con ellos. Al más pequeño (Joserth) lo he disfrutado un poco más, pero no los vi crecer.

"Y otro, que después tuve la oportunidad de estudiar y tuve miedo. Tres o cuatro veces dejé botado el bachillerato por madurez. Me faltó constancia. En Estudios Sociales y Español los profesores iban muy rápido y me daba verguenza que todos iban escribiendo muy rápido y yo no podía entonces, lo dejaba botado.

"Tal vez (con estudios) la vida hubiera sido más fácil. Incluso ahora viejo que me puse a hacer los cursos de entrenador yo temblaba, pero le puse empeño y lo logré. El Día del Padre del año pasado me fui a almorzar con mi familia y después les dije: bueno, hasta aquí. Luego me metí debajo de un palo y me puse a estudiar.

"También me pagué un curso de inglés para dar un paso y a la computación le tengo miedo, pero igual me voy a meter a un curso. Mi meta es poder sacar el bachillerato y perderle el miedo a la computación. Yo creo que es como el celular que al principio uno se traba todo. Es como buscar un curso en donde encuentre esa paciencia que necesito.

--¿Qué piensa del futbol de antaño?

--"Siento que son épocas distintas. Ahora hay más condiciones para todo. Yo no concibo que un entrenador venga a entrenar y no traiga nada. Les dan paño, champú, chancletas' El jugador viene y todo lo tiene aquí. La preparación física es mucho más diferente. Antes era mucho más volumen de trabajo y menos calidad. La medicina deportiva ha evolucionado. La nutrición se ha metido para bien. La psicología también. Son armas para que se rinda más. Los chinean más. Antes dábamos y después recibíamos. Ahora es cuánto me van a dar y después yo doy".

--¿Un ídolo?

--"No yo no soy de ídolos. Siento que hay que respetar y seguir a Dios y al Papa. Después de eso, los demás son personas normales iguales que uno".

--¿Alguna vez se sintió intimidado al enfrentar jugadores de clase mundial?

--"Yo siempre tuve una cosa. No menospreciaba, pero no me sentía menos que nadie. Recuerdo que cuando iba a jugar contra Brasil me preguntaron los periodistas: '¿cómo va a parar a Careca? Y yo les respondí? ':"Si me baila, me baila Careca y si lo paro, paro a Careca."

--¿Y lo bailó?
"--No, no me bailó"

--¿Qué significó en su vida la famosa jugada del "zoncho"? (Siendo jugador de San Ramón, Mauricio falló un gol ante los limonenses frente al marco y sin portero: lo envió fuertísimo por encima del marco).
--"Lo que pasa es que en aquel momento a los defensas no nos dejaban pasar de media cancha porque eso era visto como indisciplina táctica. Pero como yo en los entrenamientos había anotado goles me sentí animado a hacerlo.

"Papá no iba a verme jugar con San Ramón porque era liguista y esa semana yo le dije, "papá vaya el domingo porque le voy a dedicar un gol."

Ese domingo se celebraba el Día del Padre y ha de ser por eso que Mauricio le mandó tal zapatazo al balón que hizo lo imposible: botarla. Entre varios tuvieron que despegar a aquel hombrón de la malla porque allí se quedó pegado, hundido en el bochorno.

--"Eso me marcó como futbolista y como persona. Otro se hubiera retirado y se hubiera bajado. Yo más bien' me entró orgullo. Incluso en ese mismo campeonato le anoté mi primer gol en Primera División a Limón en el Juan Gobán.

--¿Y qué dijo su papá de eso?

--(Suelta la risa) "¡Yo no sé ni qué dijo porque no le pregunté!"

-- ¿Cómo es el Chunche cuando se arranca?

--"Cuesta mucho, pero sí exploto. Tengo un carácter fuerte, cuando jugaba era agresivo, sin mala intención, y por eso trato de no enojarme.

--¿Cómo ha logrado para que la sencillez suya la gente no la confunda con otra cosa?

--"Yo le digo a la gente cuando se quieren aprovechar de mí, yo tengo cara de tonto, pero no soy ningún tonto. Yo sé cuando la gente me trata con sinceridad. He viajado a tres continentes, y me he relacionado con diferentes personas y de haber rodado tanto uno ya sabe cuando se lo quieren bailar".

--¿Alguna "chunchada" (maicerada) que le haya pasado durante esos viajes?

--"La gente ha inventado muchos chistes míos, pero son mentira. Lo que sí es verdad es que al principio, cuando llegábamos a los aeropuertos me metía en la mitad de las filas para que no me pasara ningún 'chile' estando de primero, y para que no me dejaran botado si me quedaba de último".

--¿Se ve a usted mismo como una leyenda futbolística?

--"La gente más bien dice que yo no me aprovecho de lo que soy. Yo me gano las cosas yo. Empezando porque si voy a un banco o hospital nunca me brinco la fila. Yo respeto a la demás gente y así soy en un montón de cosas".

--Para terminar, ¿por qué se había engordado tanto?

--"Diay, porque dejé de hacer tanto ejercicio y seguí comiendo igual. Antes llegaba a las 11 de la noche a comer a la casa y si iba a una fiesta tirarme seis gallos de salchichón no era nada. Ahora con dos y uno de carne y pollo ya estoy lleno. Además le meto la ensalada".

Al terminar la entrevista, Mauricio se despide, no sin antes posar nuevamente para más fotos con aficionados. Al abordar su auto, un Mitsubishi Montero, le pregunto si escogió ese carro por aquello del Montero.

"Diay, no ve. Qué varas las de mi tata de andar regalando el apellido".

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