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Página Negra John Gilberth: El demonio y la carne

Actualizado el 13 de julio de 2014 a las 12:00 am

Vivió la fama del cine silente, pero nunca pudo adaptarse a las nuevas películas sonoras y naufragó en la melancolía, el abandono y el alcoholismo.

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LatinStock/Corbis para Teleguía

El mal de uno es el bien de otro. La inesperada muerte del “latin lover”, Rodolfo Valentino, abrió la puerta al amante perfecto del cine mudo. Nada le faltó para triunfar, pero su encanto fue su perdición.

Recontraguapo, cara angelical, cabello azabache, bigote poblado, dientes nacarados, nariz afilada y unos ojos fulgentes para otear su presa y caer sobre ella como un halcón.

Si los hombres en uniforme enloquecen a las mujeres, este las fulminaba al ritmo de una marcha triunfal. En el plató atraía como un magneto a sus coestrellas femeninas; las envolvía con sus brazos para triturarlas a besos y estrujarlas con sus arrumacos.

Pero los dioses son despiadados con sus elegidos; los elevan al Olimpo y después los despeñan al Tártaro.

Cuando el cine apenas despuntaba y sus dorados rayos bañaban a unos cuantos semidioses, John Gilbert alumbró la penumbra y cruzó la pantalla de plata en su ígneo carruaje.

Las ratas periodísticas lo consideraban un niño mimado, vanidoso, contumaz, irritante y molesto como una espinilla en la rabadilla.

Como todo divo John era un veleidoso, un pagado de sí, una pega de lombrices que tenía la facilidad de rodearse de un séquito de aduladores que alababan sus aventuras amorosas dentro y fuera del set, pero también de una parvada de envenenados enemigos que le tenían ojeriza.

Apearse una estrella nunca es fácil; se necesitaron cuatro pedradas bien pegadas para hacer añicos la de Gilberth: una boda que no fue, la ruina financiera, el cine sonoro y su adicción a la botella.

En la flor de su carrera John llegó a ser el astro mejor pagado del firmamento de celuloide; con El Gran Desfile –de 1925– sacó a puntapiés a sus rivales y la Metro Goldwyn Mayer (MGM) tasó su trasero en $10 mil semanales, apuntó Kenneth Anger, en Hollywood Babylonia .

Esta película, dirigida por King Vidor, es una pieza artística ambientada en la Primera Guerra Mundial. Como piedra angular del melodrama moderno relata la aventura guerrera de Jim, un ricachón que se alista en el ejército para ir a pelear a Francia, pero en el fragor de la batalla se da cuenta que la guerra no es un desfile y los muertos son de verdad.

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El actor protagonizó otras cintas; entre ellas Ana Karenina , 1927, La mujer ligera , 1928, y en 1932 Downstairs . Dos filmes marcarían el derrumbe: Desert Nights , su última película muda, y Su noche gloriosa , la primera con sonido.

Para terminar de hacer leña del árbol caído Fredric March y Janet Gaynor protagonizaron en 1937 Ha nacido una estrella , inspirada en la vida y desgracias de John; en Cantando bajo la lluvia (1952) hicieron una parodia de las risas que ocasionó entre el público la voz del actor.

Las pirañas de la prensa se lanzaron sobre Gilberth y compararon su voz con un quejido metálico; el Apocalipsis cayó sobre él y la guillotina de la nueva tecnología sonora aplicada al cine, hizo rodar su primera gloriosa cabeza.

La película El gran desfile   se convirtió en una gran éxito cinematográfico. |  ARCHIVO
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La película El gran desfile se convirtió en una gran éxito cinematográfico. | ARCHIVO

Caballero del amor

Con su mirada profunda derretía a las mujeres. Desde que vino al mundo, el 10 de julio de 1897 en Logan, Utah, John Cecil Pringle estaba predestinado al mundillo farandulero.

Sus padres, John e Ida Adair, eran artistas ambulantes y educaron al niño al calor de las tablas y las carpas. Bamboleó de un colegio a otro; a los 10 años desertó del Hitchcock Military Academy para buscar su destino.

Repartió periódicos y reparó llantas; mientras, probaba suerte como figurante en la Thomas Harper Ince’s Triangle Films, donde un amigo paterno le consiguió trabajo.

Con un risible salario mensual Gilbert obtuvo papeles menores de vaquero, junto al archifamoso William S. Hart. Este fue un gran intérprete teatral de William Shakespeare pero estaba chiflado por los westerns. Presumía de tener el revólver del bandolero Billy The Kid y fue amigo de Wyatt Earp y Bat Masterson.

Las luciérnagas del cine revolotearon sobre John y a los 18 años protagonizó algunos filmes, fue ayudante de dirección y guionista. Era un notable escritor y en 1928 publicó sus memorias: Jack Gilbert Writes His Own Story .

A los 21 años saltó a la Fox y de ahí a la Metro para convertirse en la panacea de esos estudios, adonde llegó catapultado por dos sucesos sensacionales: la muerte inesperada de su principal rival, Rodolfo Valentino y su amorío con Greta Garbo, amiga fiel y amante que lo protegió dentro y fuera del escenario.

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Desde la adolescencia Gilberth se labró fama de faldero, hasta que encontró la horma del zapato y se enamoró de Greta Garbo, la sueca de oro. Con ella filmó cuatro películas y se convirtió en su amante, mentora y protectora.

Los mercachifles de Hollywood atizaron el romance y los juntaron en varias películas, entre ellas el lacrimógeno drama El carnaval de la vida .

Gilberth utilizó toda su artillería amatoria para conquistar a la gélida actriz, hasta que la convenció de casarse en una boda compartida con el director King Vidor y Eleanor Boardman. A los pies del altar John esperó a la novia; esperó y esperó sentado en una piedra, pero la Garbo le dio calabazas y se marchó para su casa.

Afectado por el rechazo decidió casarse con Ina Claire y se fue de luna de miel a Europa; cuando regresó estalló la bomba financiera que colapsó a la bolsa de valores –en 1929– y el actor descubrió que estaba en la ruina.

Antes había estado casado con Olivia Burwell y Leatrice Joy. Tras su divorcio de Claire se casó con Virginia Bruce. Tuvo dos hijas: Leatrice y Susan Ann.

En una biografía escrita por su hija Leatrice, se explican los detalles que propiciaron el desbarranco del actor, su caída en la depresión, el alcoholismo y finalmente la muerte a los 38 años, el 9 de enero de 1936.

En 1925 se estrenó el filme original, y en el 2013 salió una versión remasterizada.  |  ARCHIVO
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En 1925 se estrenó el filme original, y en el 2013 salió una versión remasterizada. | ARCHIVO

Triste progreso

Todo iba de maravilla para Gilberth hasta que Al Jolson pronunció las primeras palabras en una pantalla: “Hey, Mum, listen to this”. Era 1927 y El cantante de jazz irrumpió con estruendo para abrirle la boca al cine.

Como ocurre con todo cambio, unos se adaptaron y otros se hundieron, entre ellos John, cuyo ego le impidió atender las sugerencias de sus amigos para modular la voz y evitar que sonara como un pato con sinusitis.

Según algunos cronistas de la época la Metro intentó darle lecciones para que se acomodara al sonido; pero el divo tenía un contrato de exclusividad al que se aferró para filmar algunas películas más, solo que una vez vencido lo pusieron con sus tiliches en la calle.

Para otros, el fiasco de Su noche gloriosa se debió a la inexperiencia de los técnicos con el reciente invento, ya que Gilberth tenía una hermosa voz de tenor.

Los bajapisos de la prensa –contó Anger– circularon el rumor de que el ultratodopoderoso dueño de la Metro, Louis B. Mayer, exigió a los técnicos multiplicar por tres el volumen del sonido y castrar la voz de Gilberth, que sonó como un yigüirro con flemas.

Un análisis realizado en los años 80, por los expertos en sonido de la cadena Thames, no encontró evidencia física de que la banda sonora del filme cuestionado hubiera sido alterada, tal como algunos insinuaron que ocurrió para destrozar la carrera del astro.

Leatrice, en la biografía de su padre, aseguró que si bien la cinta fue regular los críticos escribieron comentarios positivos y que fueron los ridículos diálogos amorosos los que soltaron las carcajadas en las butacas.

De todas las versiones sobrevivió la del pleito entre Mayer y Gilberth. Si el chisme es cierto resultó que la noche del fracasado matrimonio con la Garbo el desconcertado novio se fue al baño y ahí se encontró al patrón de la MGM.

Mayer, un bocazas con la lengua de un dragón, bramó: “¿Qué te pasa? ¿Para qué quieres casarte con ella? ¡Tíratela y ya…!” Herido en su orgullo John restregó a Mayer contra las paredes del baño y lo cerró a patadas y puñetazos. Acudieron los lacayos a separar a su amo y este, rojo como un camarón, lanzó un dicterio: “¡Estás acabado, Gilberth! Te destruiré así me cueste un millón de dólares.”

Para terminar de embarrarla, Greta comenzó una carrera ascendente y la de John entró en picada. Mayer cumplió su promesa: le dejaba los peores guiones, destrozaba las películas en la sala de montaje y manipulaba el sonido para que Gilberth se oyera como un pito.

La Garbo le echó una mano al amigo en desgracia y pidió que lo incluyeran en el reparto de La reina Cristina de Suecia , en lugar de Lawrence Olivier. Fue el último pataleo del moribundo; derrapó el resto de sus días entre mujeres y alcohol.

Finalmente, Ina Claire lo dejó botado; se casó con Virginia Bruce, que lo usó como peldaño para apuntalar sus ambiciones y vivió un fugaz romance con Marlene Dietrich.

Solo fue un relámpago de felicidad, una mueca del destino, antes de precipitarlo en el abismo y rajarle el corazón.

El ego le impidió a John atender las sugerencias de sus amigos para modular la voz y evitar sonar como un pato con sinusitis

El gran desfile

Una historia de amor y amistad, ambientada en una guerra cruel fue el tema de El gran desfile, un batazo cinematográfico que recaudó $6.4 millones cuando se estrenó, en 1925. Este filme solo ha sido superado en la taquilla por El nacimiento de una nación, de D.W. Griffith, con $10 millones.

Además, elevó a categoría de mito a su protagonista John Gilberth, quien interpretó el papel de Jim, un joven de buena familia que marchó a la Primera Guerra Mundial pensando que sería un día de campo y se encontró rodeado de trincheras, ametralladoras, mutilados y el horror de uno de los conflictos más inútiles y absurdos de la historia moderna.

Jim hace amistad con dos soldados y los tres pasan intensos momentos de camaradería; mientras esperan entrar en la pelea, el joven rico se enamora de una campesina francesa.

La historia de amor se convierte en un drama cuando los tres jóvenes parten al frente y Jim no puede despedirse de su amada, confundida entre el gentío que despide en un gran desfile a quienes van hacia la muerte.

Con esta cinta el director King Vidor innovó la narrativa cinematográfica, le dio vigor, sentimiento y humanismo, para establecer un modelo que sería copiado durante décadas.

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