Crítica de televisión: Miss Costa Rica
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Crítica de televisión: Miss Costa Rica

Actualizado el 14 de julio de 2013 a las 12:00 am

Otro año de oficio y yerros comunes en la transmisión: de cuando se avanza en la forma y no en el contenido

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Una transmisión del concurso Miss Costa Rica llega a ser, hasta cierto punto, como un partido de fútbol para la realización de cualquier canal: un evento de oficio. La única diferencia es que, su carácter más infrecuente, lo hace especial. El oficio de la profesión es relevante para entregar un producto que debería innovar cada año.

El evento existe al margen de la transmisión; es decir, aunque no haya transmisión el evento sucederá. De este modo se arrojan yerros a cualquier producción; usualmente, no hay un guion estructurado para televisión sino para los presentes. En Miss Costa Rica, esto no pasó pues fue un evento creado para ser televisado antes que visto in situ. La adición de cápsulas informativas del proceso de las muchachas es un índice de la concepción audiovisual del producto. Esto se mira bien, pero, lamentablemente, algunas de estas cápsulas fueron flojas y carentes de interés común, un soporte para un espacio publicitario antes que un servicio de información sobre las participantes.

Miss Costa Rica 2013, Fabiana Granados, sonríe al público después de su elección.
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Miss Costa Rica 2013, Fabiana Granados, sonríe al público después de su elección. (Mayela López.)

En la sucesión de concursos anuales, el apartado del set es algo a destacar. Mezquino sería no hacerlo. Se presentó una propuesta de escenario en 360°, totalmente innovador con respecto al usual teleteatro que se estila en este tipo de producto. Algunos movimientos de cámara en el set resaltaban este aspecto; se demuestra que el evento estaba pensado para ser transmitido antes que consumido en el sitio, eso habla bien de la realización. Es en otros puntos donde padeció el espacio.

Las dos horas de duración es un punto a considerar. Algunos de los momentos eran muy prolongados.

Por ejemplo, las pasarelas duraban más de lo esperado; la acción e imagen se consumían rápido y su renovación era lenta. Parece que se cumple antes con el compromiso del tiempo que con entregar un producto con el ritmo adecuado.

Lo mismo sucede con la iniciativa de Marilyn Gamboa y Manuel Granda. La búsqueda de emoción en la audiencia desde la zona de comentarios se sentía completamente falsa; no lograba mover. Esa narración tratando de evocar emociones súbitas –similares a las del fútbol– no funciona. Es más eficiente –y sincero– comentar los números sin imprimirle tonos de emoción a una tabla que presenta simples números. La audiencia sacará sus percepciones.

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Mientras las muchachas hacían pasarela el comentarista solo hablaba de positividad, energía y otros valores abstractos, que difícilmente aportan a la audiencia, más bien exponen el producto desde un vacío de congruencia informativa. El comentario de moda, sin embargo, parecía tener sustento; se genera una dicotomía en el contenido que definitivamente no nivela las dos partes. Mejor renunciar –desde la producción– al discurso forzado de comentaristas. Que hable el que tenga aporte y no porque el guion lo indique; menos es más.

Se mantuvieron espacios publicitarios dentro y fuera del concurso. Esto es común; no obstante, lo que se observa es una mezcla que no es discernible. Parece que se regresa de comerciales, pero estos se confunden con soportes para patrocinios.

Sin duda, la participación de los patrocinadores es importante, pero definitivamente es más relevante para la experiencia del televidente ordenar estos espacios y entregar un producto con márgenes, puntos y comas. Todo parecía parte del programa y no se reconocían las pausas.

Tal vez, esta fue la principal barrera de un programa que logró este año algunas innovaciones, pero que arrastra dificultades inherentes al formato manejado en el transcurso de los años; un programa debe dirigirse a la audiencia no solo en forma, sino en contenido.

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