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Crítica de televisión: House of Cards : Tercera temporada

Actualizado el 10 de marzo de 2015 a las 12:00 am

Cuando la vorágine se vuelve global y la moral se contrapone al poder

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Crítica de televisión: House of Cards : Tercera temporada

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Dramático. En la tercera temporada de House of Cards , la relación entre Frank Underwood (Kevin Spacey) y Claire Underwood (Robin Wright) se ve puesta a prueba en la Casa Blanca. Netflix para LN

Hablar de Netflix como “fenómeno” hoy en día resulta ingenuo. Hay que aceptar que la tercera revolución de la televisión empezó, aunque usted no se haya dado cuenta. Es curioso como algunos medios todavía anotan la “novedad” cuando realmente se ha cimentado una gran base que sostiene este canal de consumo para el audiovisual.

En este escenario, un producto como House of Cards no es un bastión de revolución sino norma. La nueva dinámica está aquí y no va a desaparecer.

Hace pocos días se estrenó la tercera temporada de esta serie; posiblemente la más popular en la televisión por Internet que hayamos visto. Las razones son claras: una gran historia y personajes que no se quiebran ante lo torcido de su motivación.

La gran pregunta sobre cuál iba a ser el argumento de esta tercera temporada quedó claro; no se trata ya de una lucha por lograr el poder, sino por conservarlo.

¿Qué podría haber más allá para Francis Underwood (Kevin Spacey) luego del final de la segunda temporada?

No habiendo un título mayor, la principal basa dramática versa sobre las oscuras maniobras para amarrar el poder. Una batalla a dos frentes: los lobos caseros y los foráneos. En la práctica, la serie renueva escenarios y líneas argumentativas que podrían rendir mucho más.

Más novedades. Además del panorama dramático, la serie se compromete con un diseño de producción más ambicioso en cuanto a recreación de espacios y protocolos.

Constantemente, se muestran espacios como el Air Force One, el salón oval y otros que requieren más dedicación e inversión que las oficinas parlamentarias de los demócratas que predominaban en temporadas pasadas.

Así la serie muestra sentido en el costo de cada capítulo (las dos primeras temporadas tenían un costo aproximado de $3,8 millones por capítulo), que, sin duda, se nota en la reconstrucción de espacios y el apoderamiento de otros reales, como el Memorial a Franklin D. Roosevelt y el Salón de las Hijas de la Revolución Estadounidense.

De igual modo la producción de campo y en la posproducción denotan gasto, con un acabado impecable en cada plano o movimiento de cámara. En House of Cards no existe un solo dedazo; la narrativa es tan bella que un solo plano remite a un flashback de medio capítulo y no se reciente.

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Corrupción del ser. Francis mató. Eso se sabe. Sin embargo, esta temporada trae consigo algo que puede ser más grave: la corrupción completa de muchos personajes en escalas emocionales y no instintivas.

Ver la baraja de personajes y decidir cuál es más cabrón es sumamente difícil, en una serie que trasmuta el compadecer por un cinismo que no deja lugar a dudas. El delirio de su personaje principal irrespeta incluso el sueño americano y lo alimenta con la retórica.

Dos preguntas quedan luego de esta temporada. Se hace interesante entender cómo sostener un coste por capítulo tan alto cuando la tarifa mensual de cada suscriptor es tan baja.

Netflix hace un valioso aporte al entretenimiento con su propuesta, sería ideal que fuese un proyecto sostenible en el tiempo.

Lo otro que resulta reflexivo, es si esta línea dramática de colocar en el poder al lobo más astuto podrá sostenerse en el gusto de la audiencia.

Frank Underwood luce detrás del cuadro manejando los hilos, por más que intente consolidar su supremacía es complejo apoyar al antihéroe en un estado en que, aparentemente, cuajó su poder y tiene recursos “ilimitados”.

Si ya viola temporada tercera, ojalá tenga oportunidad de comparar su opinión con lo expresado y si no ha visto aún la serie, ábrale campo que es un tiempo bien invertido.

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