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Un luchador incansable del teatro habla de su huella

Función especial con el director y teatrero Lucho Barahona

Actualizado el 08 de junio de 2013 a las 12:00 am

El director y actor se despedirá pronto del Teatro El Ángel y piensa en las nuevas aventuras por las que le llevará su pasión por las artes escénicas

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Función especial con el director y teatrero Lucho Barahona

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fernando.chaves@nacion.com

Para Lucho Barahona llegó el momento de una suerte de retiro; no total, porque el teatro no se deja. Si acaso podrá alejarse de los escenarios, ya que la fascinación por los altibajos del drama y la comedia jamás se abandonan.

Barahona, chileno arraigado en Costa Rica desde hace 40 años, se retirará pronto del Teatro El Ángel . En su espaciosa casa de barrio Dent, rodeado de una inusitada colección de caballitos y solazado en uno de sus luminosos rincones, lee a los grandes del teatro, sueña con nuevos proyectos y recuerda.

“Mi carrera, para mí, fue un éxito. Disfruté mucho. El otro día estaba recordando todo lo que he hecho y... ¡siempre he disfrutado! Siempre lo he pasado bien, haciendo teatro o no; con los actores la pasaba muy bien; fue un disfrute constante”, celebra el director y actor.

Todo viaje tiene su inicio, y el de Lucho fue en una pequeña sala en Chile. “Fui a ver una obra de Alejandro Casona en un teatro independiente, como el que tengo yo aquí. Se llamaba La casa está vacía . Esa fue la primera vez que vi teatro”, cuenta.

Misión. La suerte estaba echada cuando vio La carta perdida , de Luca Caragiale, en un montaje del Instituto de Teatro de la Universidad de Chile. “Como un sueño era. Nunca había visto teatro de esa manera. La iluminación, el decorado, los vestuarios... de todo. Era increíble... ¡me sentía como en un sueño! El teatro independiente me entretuvo; este otro me fascinó”.

Ingresó al teatro para perseguir la fascinación del primer encuentro. En la Universidad de Chile, encontró no solo amistades y mentores, sino una forma de vivir. “Me encontraba como en un sueño que me duró todo el tiempo que estuve ahí”, confiesa.

Tras graduarse y viajar, en Chile, halló a Dionisio Echeverría, Bélgica Castro y Alejandro Sieveking y fundaron el Teatro El Ángel. Sieveking, dramaturgo y actor, coleccionaba antiguedades, y un ángel de madera bautizó a su grupo y le daba la bienvenida al público. Con el golpe militar, en 1973, el teatro comenzó un peregrinaje por varios países que acabó en el local de cuesta de Moras donde ha reinado desde 1975.

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“El teatro funcionaba todos los días excepto los lunes. Pusimos mesas afuera, en el foyer , y se llenaban las mesas con actores e intelectuales. Venían poetas, directores, pintores, y todos se reunían ahí en la mañana”, recuerda sonriente.

El primer encuentro de Costa Rica con El Ángel fue en los intermedios del Teatro Nacional. En el café, montaban un espectáculo con canciones, baile, música y actuaciones, un “café-teatro” inédito en el país. “Muy variado, pero muy livianito”, dice. El público se desternillaba de risa y pronto buscaba sus obras en cuesta de Moras.

Sin embargo, al principio, el Teatro El Ángel no presentaba comedias, sino hitos de la dramaturgia universal y piezas de Sieveking. “En ese tiempo, la gente no estaba tan acostumbrada a asistir al teatro. La Nación nos ayudaba mucho, nos hacía muchas entrevistas, pero para mí no era suficiente. Decidí hacer televisión”, cuenta.

En televisión. Así llegó a Canal 2 y a Ramón Moncho Coll. Con El Ángel, produjo la telenovela cómica Hay que casar a Marcela , con Eugenia Fuscaldo. “Después de unos años, Sieveking y Castro se fueron a Chile, y me quedé con el Teatro El Ángel”, cuenta.

Por su cuenta, La lucha de Lucho se convirtió en un favorito del público costarricense, y en un escaparate para los actores del país. Allí se mostraron Gustavo Rojas, Alejandro Rueda, María Torres, Ana María Barrionuevo, Ana Poltronieri, Marcia Saborío... Lucho dirigía cámaras y actores, y escribía el libreto; justo como en el teatro, donde hasta ilustraba los afiches.

Durante el show , Lucho le decía al público que fuera al teatro y le mostraba escenas de lo que estaba representando, pero luego lo llamaban por teléfono y le preguntaban: “¿Es vacilona o no?”. “Entonces tenían que ser comedias para subsistir, si no hubiera cerrado el teatro”, afirma.

La comedia se afinó en El Ángel y se quedó hasta ahora. “Yo siempre traté de hacer la obra lo mejor posible: bien hecha, bien actuada, con la mejor escenografía, con buena música”, explica.

¿Qué mueve a Lucho? “Hacer buen teatro. Aunque sean comedias o comedietas, siempre bien hechas, con buenas actuaciones y buena dirección”.

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Magia en las tablas. ¿Qué hace que una obra sea mágica? “La técnica y la iluminación. Gente que sepa iluminar teatro, buen escenario. Sale como un sueño”, dice. Pero los actores siguen siendo la clave, y Lucho lo sabe.

Se convirtió en mentor de cuantos pasaron por sus obras, por su método paciente y su insistencia en la expresividad. “Cuando dirijo, es como dar clases, especialmente a la gente nueva”, dice, y reafirma: “Quiero que cuando lleguen al teatro mío, se sientan muy bien y les guste trabajar aquí conmigo”.

Para Barahona, las obras deben ser abordadas con fogosidad y empeño; si no, no valen la pena. “Puede ser dirigida frívolamente, así, sin más, que los actores salgan al escenario, digan los parlamentos y no piensen nada. Es un gran pecado ese, pero hay gente que lo hace: o no les gusta la obra o se aburren de exigir”, considera Lucho.

Tras tantos años de teatro, el público sabe discernir entre la buena y la mala comedia. “Cuando no les llena una comedia, o la encuentran demasiado frívola o malsonante, no les gusta”.

La magia de la escena no ha abandonado a Lucho, pero los años pasan. “Ya tengo muchos años y estoy un poco cansado. Además, el Teatro El Ángel me lo quitaron ya: lo expropiaron (está en el terreno de la próxima Asamblea Legislativa). El otro teatro que tengo, el Lucho Barahona, está alquilado a una iglesia”, señala.

El teatro en cuesta de Moras continuará funcionado hasta recibir la orden definitiva de cierre; de momento, las comedias aún tienen un hogar para un rato.

“Ahora, me gustaría dirigir; proponerle a alguna compañía, proponer cosas que me gustaría dirigir. Tratar de no hacer comedia. Ya hice comedia durante muchos años”. ¿Cuáles quiere dirigir? “Buenas obras... Tengo pensada una obra de Sieveking, un drama lindísimo de amor que se llama Parecido a la felicidad . Pero la llevo suavemente...”.

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Fernando Chaves Espinach

fernando.chaves@nacion.com

Periodista de Entretenimiento y cultura

Coeditor del suplemento Viva de La Nación. Productor audiovisual y periodista graduado por la Universidad de Costa Rica. Escribe sobre literatura, artes visuales, cine y música.

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