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Crítica de teatro de ‘El salto’: La recíproca generosidad teatral

Actualizado el 02 de agosto de 2016 a las 12:00 am

Montaje con oportunidades de mejora

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Crítica de teatro de ‘El salto’: La recíproca generosidad teatral

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Luego de recibir el aplauso de los presentes, Leynar Gómez y su equipo de trabajo permanecieron en el escenario para dialogar sobre El salto . Celebraron la concreción del proyecto, pero de igual forma hicieron énfasis en el poco tiempo que tuvieron para sacar la faena. Este comentario reveló, sin quererlo, el problema de fondo de la obra: a pesar de sus buenos propósitos artísticos, la premura dejó huella.

El monólogo presenta a un joven enfrentado al rechazo, a causa de sus preferencias sexuales. Sus conflictos lo empujan a tomar una decisión radical. Con extremo perjuicio para sí mismo, el protagonista llevará su existencia a otro lugar. Desde allí, nos narra, en retrospectiva, los antecedentes de la nueva vida que ha elegido.

Gómez también encarna a los miembros del entorno familiar y vecinal del protagonista: el padre homofóbico, la madre frágil y las vecinas cotilleras constituyen un coro de voces intolerantes que van cercando al joven. Los personajes secundarios aparecen como máscaras, antifaces o títeres. Su condición de objetos es una clara estrategia del director para relativizar sus odiosos discursos.

Sobre el desempeño interpretativo de Gómez, percibí al actor luchando contra el texto. Los olvidos, además de las pausas desprovistas de un objetivo dramático, evidenciaron un libreto no del todo asimilado. Y es que no es lo mismo decir un texto que encarnarlo (hacerlo pasar por el cuerpo). El compromiso físico y psicológico es muy distinto. Los resultados, también.

En este caso, los parlamentos emergían vacíos de emoción. Las palabras se iban amontonando, una detrás de la otra, en una fila gris y monótona. Se me hacía difícil seguir el hilo argumental o entender el retrato del mundo interno del personaje. Por ese motivo, no pude construir la empatía necesaria para identificarme plenamente con las vivencias y temores del joven.

Como si esto no fuera suficiente, algunas decisiones de puesta dejaron dudas. Los principales segmentos audiovisuales ( Con onor muore, de la ópera Madama Butterfly , de Giacomo Puccini, y una escena del largometraje estadounidense Steel Magnolias ) abarcaron unos quince minutos.

En ese lapso, el protagonista los observaba de espaldas al público, casi sin moverse. Debido a la ausencia de acciones, estos pasajes se sintieron como baches dramáticos.

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Por otra parte, la banda sonora fue un instrumento de tortura. El alto volumen de las canciones y efectos lastimaba la audición. ¡Por favor! El público no es una entidad pasiva que tolera y consume agradecida lo que le pongan al frente. Ser espectador supone riesgos y puede implicar, en ciertos casos, un esforzado ejercicio de supervivencia estética, ideológica e, incluso, auditiva.

Leynar Gómez es el actor de mayor proyección internacional que tiene Costa Rica. Su trabajo en la obra Pájaros tristes (2013) y en la película Presos ( 2015) lo ubican como un intérprete capaz. Sin embargo, El salto , lejos de potenciar sus cualidades histriónicas, lo puso de cara –junto a sus colaboradores– a un axioma escénico: el Teatro, en su dimensión artística, solo es generoso con quienes son generosos con él.

Ficha artística

Dirección y dramaturgia: Jorge Alberto G. Fernández (Cuba)

Actuación: Leynar Gómez

Producción: Álvaro Marenco

Coreografía: Danny Marenko

Video: Darío Castellón

Asistencia de dirección: Andrea Somogyi

Jefe de escena: Jeffry Gómez

Espacio: Teatro 1887 - CENAC

Fecha: 21 de julio de 2016

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