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Crítica de teatro: ‘El enano en la botella’

Actualizado el 26 de mayo de 2016 a las 12:00 am

Adentro de la caverna: vivir entre la angustia y la esperanza

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Crítica de teatro: ‘El enano en la botella’

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Roberto Bautista protagonizó el montaje de la obra original de Abilio Estévez. Diana Méndez

El enano en la botella es un monólogo de múltiples lecturas. En primera instancia, es imposible evitar la tentación de comentarlo a partir de la actual coyuntura sociopolítica de Cuba, país de origen del autor. Sin embargo, lo pertinente sería que dicha tarea la asuman los isleños. A este servidor – “peninsular” poco interesado en hacer dictámenes de politólogo– le corresponde aproximarse desde otros lugares de sentido.

Una escalera yace emplazada en un círculo. Un enano nos indica que estamos observando el interior de la botella habitada por él. Pero no es cierto que el personaje le hable a los espectadores. Se habla a sí mismo en un afán de verbalizar sus pensamientos, terrores y recuerdos. De esa manera, a fuerza de vomitar palabras, logra construirse algo parecido a la realidad.

Reducido a los límites de su discurso, el protagonista fluctúa entre la angustia y la esperanza. De pronto, un gesto dolido o un violento espasmo mutan en una sonrisa que augura mejores porvenires. La inestabilidad reina. Existir se vuelve un diálogo de ánimos antagónicos. En este territorio angosto, fragmentar al individuo es la principal estrategia para sentirse acompañado.

Roberto Bautista encarnó al enano. Con fluidez, pasó de un estado emocional a otro sin atropellar las transiciones. Además, le dio coherencia a un personaje complejo que no solo se representa a sí mismo, sino que también se desdobla en su amada imaginaria o en las divas de sus fantasías. Así emergieron Marlene Dietrich o María Callas como presencias vitales de un universo idealizado.

Por otra parte, fue meritorio el talento del intérprete para cargar de naturalidad una dramaturgia abundante en razonamientos filosóficos y referencias intertextuales ( Hamlet , Un tranvía llamado deseo y A puerta cerrada , por ejemplo). La consistencia en la enunciación del texto se vio respaldada por un riguroso trabajo gestual, corporal y de voz cantada.

Alrededor de Bautista, la directora Elvia Amador colocó un oportuno entramado de recursos expresivos. Proyecciones, voces en el fuera de campo, efectos sonoros y juegos de sombras ayudaron a edificar los variados mundos del protagonista. El dispositivo escénico le sumó verticalidad al pequeño espacio de la acción y se convirtió, de paso, en un velero que simbolizaba el deseo libertario del enano.

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A fin de cuentas, este espectáculo puede leerse como metáfora de la lucha contra la restricción de la libertad. Que haya sido escrito y actuado por artistas cubanos invita a vincular los signos escénicos analizados con las críticas recurrentes al sistema político de ese país. Esta noción se ve reforzada por el abordaje de temas como el hambre, la soledad, el hastío y la censura.

El montaje opera, también, a modo de invitación para trascender los límites de nuestra realidad. En esta línea de pensamiento, el enano sería el insatisfecho heredero de aquellos hombres de la alegoría platónica que –encerrados en una caverna– asumían las sombras proyectadas sobre una pared como única realidad. Entonces, se hace urgente preguntarnos si seguimos o no buscando sombras adentro de la caverna.

FICHA ARTÍSTICA

Dirección: Elvia Amador

Asistencia: Arturo Campos

Libreto: Abilio Estévez

Actuación: Roberto Bautista

Vestuario: Rolando Trejos

Iluminación: Leonardo Torres

Escenografía: Gabrio Zappelli, Sonia Suárez

Música: Fabián Arroyo

Espacio: Teatro de Bellas Artes (UCR)

Fecha: 15 de mayo de 2016

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