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Crítica de teatro de ‘A ciegas’: El infierno son los otros

Actualizado el 18 de octubre de 2015 a las 12:00 am

En A ciegas , regresa un clásico de la literatura existencialista

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Crítica de teatro de ‘A ciegas’: El infierno son los otros

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A puerta cerrada (1944) es uno de los dramas más conocidos del filósofo y escritor francés Jean- Paul Sartre (1905-1980). En nuestro país, me vienen a la memoria las versiones de Teatro Alquimistas (2002) y de Terruño Espressivo (2005). Recientemente, pudimos apreciar A ciegas –adaptación libre del texto sartriano– bajo la dirección de Maud Le Chartier y Mitto Gutiérrez .

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La obra original recrea la estancia de tres personas en una recámara del infierno. Lejos de la imágenes medievales de calderos, demonios y fuegos perpetuos, ese averno parece más un cuarto de hotel. Allí, cada uno de los condenados deduce que su verdadero castigo radica en la presencia escrutadora y amenazante de los otros.

La propuesta de los noveles directores comenzó por el recorte del libreto de Sartre. Los diálogos suprimidos del mayordomo y la edición del conflicto medular nos dejaron una versión en donde el texto original es reconocible en sus líneas más gruesas, pero no en sus matices.

Como espectador, supuse que esta licencia se vería compensada por una puesta en escena proclive a discutir, afirmar o actualizar las tesis filosóficas de la obra. No fue así. Los directores le apostaron a la seguridad de un diseño conservador de movimientos e interacciones.

Esta situación se agravó por la notoria irregularidad en el desempeño del elenco. La mezcla de intérpretes experimentados con actores de corta trayectoria puso en evidencia los límites de los segundos. La rigidez, el nerviosismo y las emociones forzadas de Estela y García chocaron con la contenida precisión de Inés y el mayordomo.

El diseño de este último fue un hallazgo relevante que se diluyó en el devenir de la obra. El destacable trabajo gestual y corporal del actor se volvió intermitente en la segunda mitad. El personaje se estancó y perdió su fuerza evocadora porque la dirección no supo qué más hacer con él.

El mayor acierto del equipo creativo de A ciegas fue la escogencia y acomodo de su espacio de representación. Un recinto de Casa Museo –en la periferia de barrio Amón– nos instaló en un lugar atemporal y misterioso. La disposición de los asientos en dos frentes logró que el escenario se transformara en una angosta pasarela que acentuó la obligatoria proximidad de los personajes.

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Los espejos en las paredes y el techo remitieron a la noción sartriana de la mirada como mecanismo valorativo de la existencia propia y ajena. Fue pertinente si tomamos en cuenta que los personajes reclamaban –cada tanto– por la falta de espejos. Esta carencia los obligó a verse y a juzgarse entre sí. Al mismo tiempo, el público tuvo que enfrentarse al incómodo escrutinio de su reflejo.

Cerca del desenlace, los presentes esperábamos que García sentenciara el drama con su famosa frase: el infierno son los otros. Al escucharlo, me pregunté por el alcance de tal aseveración en estas épocas y por las posibles identidades de esos Otros. Tengo mis hipótesis al respecto, pero también habría sido valioso que el espectáculo ensayara una respuesta.

FICHA ARTÍSTICA

Dirección: Maud Le Chartier, Mitto Gutiérrez

Dramaturgia: Adaptación de Sergio Barboza y Maud Le Chartier

Elenco: Antonio Rojas (Mayordomo), César Maurel (García), Nerina Carmona (Inés), Jennifer Sánchez (Estela)

Vestuario: Rebecca Woodbridge

Música y banda sonora: Charly Fariseo

Iluminación: Ronal Villar

Espacio: Casa Museo

Función: 11 de octubre de 2015

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