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La vida con un bisoñé

Actualizado el 03 de noviembre de 2013 a las 12:00 am

Un hombre acepta su calvicie con dignidad... ¿no es cierto? La respuesta no es tan sencilla. La valentía también vive en la cabeza de quien decide a usar una prótesis de cabello.

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La casa número 1215 pasa inadvertida pero, al igual que sus parroquianos, esconde un secreto. Aquí no hay un rótulo porque, como otros negocios dedicados a complacer las fantasías masculinas, requiere de estricta confidencialidad. Tiene una fachada común de puerta y ventana, a unas cuadras de las piscinas de plaza Víquez. A esta casa entran decenas de hombres maduros que salen sintiéndose 20 años más jóvenes. Las esposas de algunos viejos clientes ni siquiera los han visto desnudos de la forma en que aquí se destapan.

Pablo es un señor que desde hace mucho tiempo visita la casa. Él conoce las artes de Marielos Mora, la artesana que convierte una calva desértica en una fronda de cabello. Para él fue una bendición encontrar esta casa-taller-salón en donde ella fabricó y le da mantenimiento a su bisoñé.

La cabeza de Pablo le mostró su futuro desde sus 22 años: viviría el resto de su vida como un calvo. Dice que recobró la seguridad cuando empezó a usar su “pieza de cabello” a los 31. Le costó acostumbrarse, pero ahora que tiene 49, la costumbre invita a la contradicción de palabras: “En cierta forma, se torna muy natural”.

La casa 1215 es un refugio contra la calvicie. Césares, generales, actores de Hollywood y políticos costarricenses han querido ocultar una cabeza pelada. Quienes la esconden con una pieza de cabello ajeno tienen el alivio de sentirse más guapos, pero deben cargar con el temor de que se descubra su doble identidad secreta: como calvos y como pecadores de vanidad.

La pieza de cabello más habitual en varones es la que cubre la coronilla y la parte central de la cabeza.

La inmensa mayoría rehuye de los periodistas y de las fotos. Los valientes que aceptan contar su historia no quieren publicar sus nombres. Por eso, Enrique no es Enrique, y Pablo tampoco es Pablo.

Mecánica capilar

Cuando uno habla de prótesis capilares en Costa Rica, no hay que obviar el nombre del catalán Juan Bordallo, quien por decenios atendió en un salón de belleza en barrio Aranjuez. Él fue peluquero antes de que pulularan los estilistas.

El polifacético artista del vestido y el maquillaje, Milo Junco –quien fue vecino de don Juan–, asegura que el catalán es la referencia histórica para la fabricación de tupées.

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Un señor de 66 años de edad llamado Enrique –llamémosle Enrique– dice que los bisoñés de Bordallo eran como una gorra que se ajustaba a la cabeza, que apretaban mucho y que provocaban mucho calor.

Él usa actualmente una pieza hecha por Marielos: una prótesis que cubre la coronilla y la parte delantera de la cabeza. Su bisoñé es de cabello natural, y está adherido a una malla muy fina.

Este tipo de piezas son las más comunes y suelen usar simultáneamente dos sistemas para su fijación. Las partes del peluquín vecinas al cabello lateral y posterior de la cabeza se cosen con el pelo del cliente; y la parte que llega a la frente se pega con una cinta superadhesiva con pegamento por ambos lados.

La pieza queda fijada permanentemente, y cada dos meses, el cliente debe ir con Marielos. Ella desprenderá el peluquín, lo lavará y lo volverá a colocar.

Marielos Mora  aprendió a hacer  pelucas en Estados Unidos, donde trabajó por más de tres décadas.  | FOTO: MAYELA LÓPEZ
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Marielos Mora aprendió a hacer pelucas en Estados Unidos, donde trabajó por más de tres décadas. | FOTO: MAYELA LÓPEZ

La fijación es tan firme que la persona puede lavarse diariamente la cabeza con champú, o zambullirse en una piscina o en el mar sin que se le desprenda.

Enrique es una excepción. A él le gusta quitarse su prótesis cada noche, y por ello solo usa adhesivos. También detesta que su bisoñé se llene de arena cuando va a la playa, razón por la cual suele lucir su cabeza al sol en la costa. La razón de por qué está dispuesto a “desnudarse” en la playa pero no en su vida cotidiana, la explica así: “Yo siento que es como andar con una camisa, y por el centro de San José yo no voy a andar sin camisa”.

El tabú

Enrique prefiere no publicar su identidad para un periódico de domingo, pero afirma que a él no le preocupa contar que usa peluquín si se lo preguntan.

En una ocasión, lo reconoció frente a un grupo de colegio donde daba clases. Entonces, un estudiante le pidió que se lo quitara frente a todos, y Enrique, nunca mejor dicho, no perdió el tupé.

“Yo le dije tranquilamente: ‘¿Cómo se le ocurre? Ni yo lo conozco, ni usted me conoce, y es como si me pidiera quitarme la ropa interior”.

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La vergüenza por la calvicie es muy antigua, pero el tabú por el ocultamiento y el autocuidado de la imagen en los varones no es tan viejo. En los siglos XVII y XVIII, por ejemplo, la corte francesa progagó la moda de las pelucas en hombres y mujeres. Así lo explica Ángela Hurtado, profesora de Historia de la Moda, en la Universidad de Costa Rica.

Luis XIV pondría de moda unas pelucas frondosas con cascadas de rizos. Se podían conseguir piezas cuyo precio aumentaba dependiendo del material con el que fueran fabricadas: fibras vegetales, pelo de animal o cabello humano.

El siglo de las pelucas llegaría a su fin, y con él vino una moda posterior a la Revolución Francesa que impuso un quiebre con los estilos monárquicos.

“Se promovió un ciudadano sensato, austero, sobrio y que esencialmente no tiene tiempo para la frivolidad”, agrega Hurtado.

Esta percepción acompañó a los hombres durante buena parte del siglo XX, expone la autora Lynne Luciano en el libro Looking Good: Male Body Image in Modern America : “El hombre promedio, con miedo de ser considerado vanidoso y afeminado, se sintió tan cómodo visitando al fabricante de peluquines como yendo a una casa de ‘mala reputación’”.

Milo Junco, quien además es estudioso del clero católico, refiere que entre finales del siglo XIX y principios del XX, se emitió una cláusula eclesiástica que prohibía el uso de artificios en los sacerdotes. A propósito de ello, Junco, quien fue amigo de monseñor Román Arrieta, recuerda que el clérigo solía guardar una colección de peluquines en su casa, cuyo uso, según reconoció públicamente , había sido recomendado por el médico para evitar las quemaduras de sol.

Junco recuerda que, durante alguna misa solemne, un sacristán le iba a retirar la mitra (sombrero alto) y el obispo se alarmó muchísimo.

“El muchacho se quedó horrorizado porque pensó que le había hecho daño a Monseñor, y entonces yo lo tranquilicé: ‘¡No me jodás, se asustó porque pensó que se le salía la peluca!’”

La artesanía

En su casa 1215, Marielos Mora confiesa que ella trabajó para Monseñor solo sabiendo que el clérigo reconoció públicamente el uso de bisoñé. Para con sus otros clientes, mantiene una discreción de espía.

Los peluquines más dificultosos de fabricar son los de personas afrodescendientes, pues su cabello natural no se consigue con facilidad.

En su taller, está rodeada de cajas repletas de cabello. Entre sus clientes anónimos, cuenta a aquel cuyos hijos ni siquiera saben que el pelo de papá no es su pelo. También relata el raro caso del hombre que tenía una larga cicatriz por una operación a corazón abierto, quien le pidió una prótesis de vellos de pecho para cubrir el corte.

¿Y cuáles son los bisoñés más trabajosos? Marielos dice que son los de calvos afrodescendientes, pues es muy difícil adquirir este tipo de cabello natural. Por ello, debe prepararlo ella misma a partir de cabellos lacios que cocina y hornea para darles el aspecto de rulos diminutos.

Los clientes de Marielos anticipan con pesar el día en que ella se retire. Entre ellos, está Ramón Marín, su cliente desde hace 13 años, y el único que aceptó que su nombre apareciera en este artículo.

Un sentido de orgullo de machos nos dice que hay coraje en lucir una cabeza despejada. Sin embargo, las personas consultadas para este trabajo confirman que hay un tipo especial de audacia en usar peluquín: el calvo que aparece de repente ante sus amigos con una melena encima es un valiente. Pablo nos dice que él siente que a veces la gente nota su prótesis, pero que en general casi no ha sufrido burlas. Enrique responde sinceramente ante quien pregunta por la suya.

Ramón Marín va un paso más allá: revela su secreto antes de que le pregunten. Él trabaja en agricultura en Birrisito de Paraíso, en Cartago. Dice que usa el bisoñé para protegerse del sol, pero no oculta que también notó una gran mejoría en su imagen.

“Claro que el cambio es exagerado, uno se quita un montón de años; pero para mí no ha sido problema aceptar ante todos que yo soy pelón. Como dice la canción: ‘Yo soy un pelao tranquilo’”.

Él da charlas ante muchachos en recuperación por drogas, y siempre usa la misma frase para romper el hielo: “Yo soy pelón, pero me acepto como soy”.

Ramón tiene alopecia desde los 22 años (hoy tiene 44). Imagina que solo abandonaría el bisoñé si ya no pudiera costear su mantenimiento.

“No es que sea caro; yo calculo que gasto más teniendo celular que tapándome la cabeza”, calcula.

Marielos dice que un toupée cuesta unos $350, y cada pieza dura unos dos años.

–Doña Marielos, ¿y cómo se deteriora?

–Se empieza a caer el pelo.

–¿Otra vez?

–Sí, la peluca se contagia de lo que tenía el dueño.

Aclaración: Una versión anterior de esta nota consignaba erróneamente el nombre de Juan Bordallo como "Luis Bordallio". Además se eliminó una referencia que sugería que el fabricante de pelucas no las elaboraba, sino que solo las importaba.

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