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A un año de Brasil 2014: Vaciar la billetera por amor a la patria

Actualizado el 14 de junio de 2015 a las 12:00 am

“... ¡vivan siempre la Sele y la paz!” fue el canto que validó la aventura de perder para ganar.

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A Raquel y Sebastián les tomará tiempo en terminar de pagar el precio del Mundial. Para ellos, valió cada centavo. | FOTO RAQUEL GAMBOA

Todos debemos algo: un favor, un perdón o una “platilla”. Así que antes de levantar la ceja —que todo lo juzga—, piense en estas cifras: según un estudio de Visa, solo con tarjetas de esta marca, los costarricenses gastaron del 12 al 24 de junio durante el Mundial en Brasil, 1.4 millones de dolares, es decir, 785 millones de colones.

El 10 de setiembre del 2013, Honduras empató contra Panamá; Costa Rica iba para el Mundial. Esa tarde, Raquel Gamboa y Sebastián Acuña bromeaban con que debían de ir; después de todo, era el escenario ideal para matar dos pájaros de un tiro. Se conocieron en el Banco de Costa Rica, donde actualmente trabajan. Poco a poco nació una amistad y después de cruzar miradas pícaras en los pasillos, la relación evolucionó. En un suelo más firme, confesaron sus sueños: él siempre había querido ir a un Mundial y ella quería conocer Brasil.

No hubo mucho tiempo para ahorrar y el “tiro” era costoso. Todo lo necesario para sobrevivir tenía un precio. Hospedaje, buses, taxis, agua, comida. Los paquetes que anunciaban por la televisión no estaban en el presupuesto de la pareja, así que recurrieron al plan B: sacar un préstamo y planificar todo a su modo. Son jóvenes, sin hijos y con un salario estable. ¿Por qué no? El 7 de junio tomaron un avión con rumbo a Paraguay; de ahí el viaje por tierra a las cataras del Iguazú tomó cinco horas. El ambiente no era eufórico y las calles no estaban alfombradas por confeti pero todo cambió cuando llegaron a Fortaleza. El primer partido contra Uruguay les aseguró que tomaron la decisión correcta al oír por primera vez el Himno Nacional en una tierra ajena. El pecho se les infló de orgullo y después del primer gol, reiteraron que estar ahí, presentes, sudados, y con una deuda en su conciencia no era un error. Para poder vivir sin arrepentimientos y ahorrarse constantes llamadas del banco, hicieron un plan y se organizaron de manera que hasta el día de hoy no han tenido que modificar su estilo de vida drásticamente.

Su vida en pareja en ese aspecto está intacta pero en otros no. Haber caminado con la bandera de Costa Rica en la espalda, la misma que recogió el sudor que produjo recorrer distancias kilométricas para llegar a los estadios; o presenciar cómo de repente Costa Rica ya no era Puerto Rico, los cambió para bien. Con cada gane, como en los orígenes, con el choque de las placas tectónicas, ellos nos vieron resurgir. El 2 de julio tomaron el vuelo de regreso porque así lo exigía el tiquete. En algún punto del viaje por encima del Océano Atlántico, coincidieron que tenían que ir al próximo Mundial. Salieron del aeropuerto sin arrepentimientos, con las maletas cargadas de souvenirs para la familia y con recuerdos. “La Sele hizo que valiera la pena todo; vea, todavía se nos ponen los pelos de punta”.

Dicen que la piel de gallina se produce por un estímulo de una emoción extrema... algo así como un gol de Campbell. Para ellos, poder evocar el haber estado ahí, de vez en cuando para volver a sentir, no tiene precio.

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