La última carta

Lo probaron todo, pero la obesidad les resultó un enemigo difícil de vencer. Finalmente, decidieron someterse a una cirugía extrema para controlar su sobrepeso. Ellos pueden hablar de lo bueno y lo malo del by-pass gástrico.

Sus dimensiones físicas le estaban generando ya problemas de salud, pero fue un golpe al orgullo el que lo hizo recapacitar y lo llevó a dar un giro radical a su existencia.

El neurólogo pediatra David Luna Baltodano abordó un avión pues iba de viaje fuera del país y, poco después de sentarse, se percató de que el cinturón de seguridad no le alcanzaba para cubrir su abdomen y cerrar en la respectiva hebilla. Le tocó entonces pasar la congoja de tener que pedirle al sobrecargo una extensión. A duras penas, lo logró.

“Eso fue un remezón. La vida me estaba tratando muy bien y no era justo enfrentarme a ese tipo de situaciones. Por eso, al regresar al país, opté por el by-pass gástrico”, afirmó el médico, quien se operó en el 2010 y, desde entonces ha logrado bajar 50 kilos (110 libras). Actualmente pesa 95 kilos (209 libras).

Hace dos años, de acuerdo con su relación estatura-peso, tenía un índice de masa corporal (IMC) de 42 (la Organización Mundial de la Salud establece que una persona con peso normal debe tener un IMC de entre 18,5 y 24,9).

Literalmente, era un paciente con obesidad mórbida (un IMC superior a 40) y, a la vez, lidiaba con otras enfermedades de fondo como diabetes mellitus tipo 2, hígado graso y dolores en las articulaciones.

“Siempre fui muy desordenado con las comidas y sigo siendo muy vago para hacer deportes. Las dietas me llevaban a sufrir el famoso efecto rebote (recuperaba lo perdido en cuestión de días). La cirugía era mi única oportunidad; por eso no le di más vueltas al asunto.

“Al principio fue difícil porque a las dos semanas de operado, tuve un sangrado digestivo. Sin embargo, me recuperé pronto. Como médico sabía a qué atenerme. En los primeros días, ya había bajado diez kilos, después otros diez, y más tarde, ocho más. Y así continué hasta que ya no me reconocía frente al espejo. Mis colegas me veían en actividades médicas y no sabían quién era yo”, relató el neurólogo, tras asegurar que su salud ha mejorado en todo sentido, y la diabetes pareciera que es historia.

Según el cirujano Mario Sáenz Ramírez, de la Clínica Bíblica, el by-pass gástrico es una de las cirugías bariátricas (de reducción de peso) que más se practican en el país . ( Ver recuadro: “Otras alternativas” ).

En palabras llanas, el by-pass gástrico (también llamado “derivación gástrica”) consiste en hacer una especie de puente entre una sección superior del estómago (que, quirúrgicamente, queda reducida al tamaño de un huevo) y una parte del intestino delgado, para con esto evitar el paso de los alimentos por los sitios de mayor absorción de nutrientes, como el duodeno. El resto del estómago (que equivale al 95%, aproximadamente) no se extrae, solamente se deja sin uso dentro del cuerpo. ( Ver infografía ).

Para realizar esta cirugía, la técnica más común hoy es la laparoscopía (ofrece la visión de la cavidad pélvica-abdominal con la ayuda de una lente óptica), lo que permite disminuir las complicaciones.

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“En los mejores centros del mundo, la mortalidad asociada con esta operación es de aproximadamente 1%. Las complicaciones más frecuentes son fuga de contenido intestinal, sangrado posoperatorio, infecciones, hernias internas y problemas pulmonares severos. Para prevenir todos estos riesgos, el paciente debe someterse a un estricto protocolo preoperatorio, que incluye consultas con varios especialistas (nutricionista, psiquiatra, cardiólogo, endocrinólogos, cirujanos) debidamente certificados y con experiencia en el campo”, agregó Sáenz Ramírez.

Pasada la intervención, el cuidado es igualmente riguroso, y el tiempo de convalecencia es de 15 a 22 días, aproximadamente.

¿Quién sí, quién no?

El paciente ideal para recibir este tipo de solución quirúrgica es aquel que tenga un IMC superior a 40. Incluso, se podría aconsejar a personas con un IMC de 35 en adelante y que presenten enfermedades asociadas a la obesidad como presión arterial elevada, apnea del sueño, reflujo gastro-esofágico, lesiones en las articulaciones, síndrome metabólico y, muy especialmente, diabetes tipo 2.

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Existen evidencias científicas de que, en más del 84 por ciento de los casos, la diabetes entra en remisión después de la cirugía. Así lo corroboraron investigadores de la Universidad de Utah, en Estados Unidos, cuyos hallazgos se publicaron en la revista Journal of the American Medical Association (JAMA), en su edición del 19 de setiembre del 2012.

También se ha visto que la hipertensión puede reducirse en hasta ocho de cada diez personas operadas.

Otros requisitos indispensables para someterse a un by-pass gástrico son haber recurrido sin éxito a otros métodos para el control del peso y mostrar un compromiso real de modificar el estilo de vida.

En adolescentes y niños, este tipo de intervención está desaconsejada (a ellos se les practican otros procedimientos), aclaró la cirujana Graciela Cortés Ramos, del Hospital Cima-San José.

Desde su punto de vista, el by-pass gástrico y demás procedimientos bariátricos no deben considerarse cirugías estéticas, aunque los resultados produzcan un cambio dramático. Las estadísticas generales indican que durante el primer año después de la operación, se pierde entre el 50 y el 75% del peso excesivo inicial. Después, el cuerpo busca cómo estabilizarse.

“El objetivo primordial de estas intervenciones es luchar contra la obesidad, considerada por la OMS como una enfermedad desde 1999, debido a sus implicaciones para la salud pública”, aclaró Cortés Ramos.

En Costa Rica, la mayoría de intervenciones de este tipo se practican a nivel privado (no hay una cifra oficial), con precios que superan los ¢5 millones.

Sin embargo, la Caja Costarricense de Seguro Social (CCSS), también tiene un programa para los asegurados. Por ejemplo, en el Hospital México –que comenzó a realizar cirugías bariátricas en el 2003– se opera a unas 100 personas al año y la lista de espera crece todos los meses, informó el cirujano Gustavo Jiménez.

En el Hospital San Juan de Dios, estas operaciones se encuentran paralizadas desde hace dos años, pero son muchos los pacientes que están haciendo fila, comentó Patricia Espinoza Quesada, miembro de la Fundación de Pacientes Bariátricos de ese centro médico. Todas las semanas, este grupo se reúne para compartir experiencias, apoyarse unos a otros y hacer ejercicios.

El compromiso, vital

Patricia Espinoza y Wendy Arce León no se conocen, pero tienen una historia en común. Ambas se sometieron al by-pass gástrico (la primera, hace seis años, y la segunda, en el 2010) porque ya habían agotado las alternativas existentes para bajar de peso: pasaron por dietas de todo tipo, acupuntura, vendas frías, pastillas, caminatas, gimnasios y un largo etcétera. Una preocupación adicional de ambas es que sufrían de diabetes mellitus tipo 2 y de presión alta. Por eso, al ver los resultados de la cirugía, hoy no se cambian por nadie y están cien por ciento comprometidas con el ejercicio y la buena nutrición (modificaron por completo su régi- men alimentario).

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Wendy, una maestra de 32 años, relató que ella fue gordita desde edad preescolar y, durante la adolescencia, sufrió en silencio su adicción hacia la comida, especialmente las frituras.

Antes del by-pass gástrico pesaba 103 kilos (227 libras), pese a que su estatura es de 1,57 metros. Su mejor amigo fue quien le recomendó practicarse esta operación porque había leído bastante al respecto. Así fue como Wendy comenzó un proceso de preparación en el Hospital Cima-San José, pidió vacaciones en el centro educativo donde labora y se preparó mentalmente para convertirse en otra persona.

“Desde que salí del quirófano, me he portado muy bien. La primera semana tenía que ingerir cada 15 minutos pequeñas cantidades de líquidos como té, agua y suplementos de proteína. También cumplir con los medicamentos contra el dolor, los anticoagulantes y los antibióticos. Más adelante, como un bebé, fui introduciendo otras comidas, hasta normalizar la dieta. Cuando regresé al trabajo, dos meses después, ¡había perdido 44 libras!”, rememoró Wendy, quien en la actualidad pesa 68 kilos.

A Patricia le sucedió parecido. Con casi 50 años de edad, aparenta 40 y dice sentirse “como de 15”. Siempre había sido una joven delgada, pero, cuando se casó, a la edad de 19 años, su esposo comenzó a chinearla con “comiditas” que ella, por sus limitaciones económicas, no estaba acostumbrada a consumir. Después, quedó embarazada y le dio rienda suelta a su apetito. En meses, llegó a pesar 120 kilos (264 libras).

“De pronto comencé a presentar un montón de problemas. Tenía que tomar 15 pastillas al día y mi hígado no daba más. Por eso, decidí operarme y no me arrepiento. En estos seis años, he perdido 50 kilos. Ahora hasta me pongo bikini en la playa”, afirmó Patricia, quien aisiste regularmente al gimnasio y hace clases de baile los sábados.

¿Y si se descuidan?

El reto de conservar el peso y de mejorar la salud le ha exigido a esta mujer altas dosis de compromiso, porque los médicos del Hospital San Juan de Dios –donde fue intervenida– se lo advirtieron: además de cambiar de hábitos, por nada del mundo puede abandonar el tratamiento que se aconseja luego del by-pass gástrico.

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El cirujano y especialista en cirugía bariátrica del hospital Cima, Ariel Rivera-Aguerri, explicó que, por tratarse de un procedimiento de “mala absorción” (se restringe la absorción de nutrientes), las personas deben consumir de por vida ciertos minerales, vitaminas y elementos como hierro, calcio, zinc, selenio y vitamina B12 (por lo general, una inyección al mes).

Desobedecer esta recomendación puede acarrear consecuencias de mediano y largo plazo, como descalcificaciones en los huesos (e incluso osteoporosis a edad temprana), anemia y problemas nutricionales graves.

Seguir haciendo desórdenes en la dieta también puede ser muy perjudicial. Por ejemplo, quienes no ingieren las cantidades adecuadas de alimentos o siguen comiendo a toda prisa, sin masticar bien, podrían desarrollar un cuadro llamado síndrome de Dumping (especialmente durante los primeros meses después de la cirugía). Este incluye síntomas como mareos, cólicos, elevación del ritmo cardíaco, náuseas, diarrea y sudoración, entre otros, advirtió Cortés Ramos, especialista en cirugía laparoscópica gástrica y colorrectal.

Otra secuela, si el paciente no recibe un acompañamiento profesional apropiado, con nutricionistas, psicólogos y médicos, son ciertos trastornos emocionales, como la depresión. Ocurre, sobre todo, cuando la persona no logra acostumbrarse a su nuevo régimen alimentario o tiene complicaciones posoperatorias.

Mas el irrespeto de las reglas no termina aquí. Está comprobado que quienes no se alinean y se empeñan en continuar con sus desórdenes de dieta (por ejemplo, si siguen ingiriendo alimentos líquidos con alto contenido calórico, como los licores), o no salen de su sedentarismo, pueden empezar a recuperar kilos.

Según Rivera-Aguerri, esto le sucede hasta a un 15 por ciento de los pacientes; un 2% de estos regresa incluso a su sobrepeso original.

Wendy Arce, vecina de Santa Bárbara de Heredia, dice con firmeza que ella no engrosará esa estadística.

A pesar de que en los últimos meses ha experimentado un leve incremento en sus medidas (debido a una lesión pélvica no ha podido hacer suficiente ejercicio), ella se mantiene en pie de lucha.

Tan satisfecha se siente con lo obtenido, que se atrevió a revelar su próximo sueño: “En enero me voy a someter a otra cirugía. Esta vez, estética, para que me quiten la piel sobrante del abdomen y la entrepierna. Seis meses después, haré lo mismo con los brazos. ¡Quiero ser una mujer renovada!”.

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