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Un tico en el polo norte

Actualizado el 21 de abril de 2013 a las 12:00 am

¿Cómo vive un tico en el POLO NORTE? Esta es la historia de un hombre que dejó el verdor del trópico nacional para adentrarse en el blanco desierto del ÁRTICO.

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Un tico en el polo norte

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Amanecer es una palabra que no determina más que el comienzo de la jornada diaria cuando es invierno en Cambridge Bay, Canadá, en el polo norte del orbe. Son los primeros días de enero y el sol se ha escondido desde diciembre. Afuera de la casa, los –50 grados Celsius congelan las aguas y el blanco ya no es solamente un color, sino la vida misma.

Randall y Catherine despiertan. Ambos saltan de la cama quitándose un grueso edredón de encima. Junto con la calefacción, este los aísla del gélido clima exterior. Catherine se prepara para trabajar. Se calza unas abultadas medias térmicas y encima, unas botas cubren los pies que ahora son de una talla más grande. Pantalones rellenos con plumas de ganso van encima de otros pantalones, y camisetas especiales para el Ártico completan la indumentaria. Todo un ritual matutino en el que se tarda más de 20 minutos.

Con esas tres capas de prendas, se desplaza hasta donde Tetue, un coquetón perrito de raza shih tzu. Sus agudos ladridos parecen advertirle a Catherine que no lo saque a la intemperie, pues el frío es tan fuerte que llega a congelar el lacrimeo normal, provocando una goma entre los ojos. Pero Catherine no quiere que Tetue haga de las suyas dentro de la vivienda. Por eso lo lleva hasta el blanco espasmo de su realidad.

Sobre varias nuevas capas de nieve sobre la nieve ya caída, Tetue hace sus necesidades, al tiempo que Randall le cambia el pañal a su hijo Nicolás, de 2 años. Catherine se irá y los hombres –como esquimales modernos– verán fábulas en televisión satelital.

CAMBIOS

Hace cinco años que Randall dejó Moravia, en San José, para mudarse a la tundra ártica. Ahora va de la mano, guante sobre guante, junto a su esposa por la eterna nieve polar. Conoció a Catherine en Toronto, mientras trabajaba en una aerolínea canadiense. Vivieron en Calgary tres años, y tras una oferta especial de trabajo hecha a su esposa, en diciembre se fueron a vivir a Cambridge Bay, una región de Nunavut.

“Era una oportunidad que no se podía rechazar, tanto por lo económico como por lo profesional, así que empacamos y nos vinimos con nuestro hijo y hasta con el perro”, relata el costarricense Randall Rodríguez Martínez, a quien ahora sus amigos llaman Esquimal .

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Tomaron dos aviones para llegar. Los recibió un frío de –44 grados Celsius debido al cual se quebró la manigueta plástica de la jaula donde venía Tetue. Eran las 10 a. m. pero el cielo parecía indicar que apenas empezaba a amanecer. A su llegada, solo gozaron de un poco de luz y a las 2 de la tarde volvieron las penumbras.

A los días, Catherine comenzó a trabajar, mientras papá e hijo buscaban cómo divertirse sin salir al hielo. Fue una difícil rutina que duró hasta marzo, cuando a Nicolás le tocó su primer día en el jardín de niños.

“Es difícil por el clima y la falta de comodidades; no hay restaurantes, bares ni cines. Internet es bastante lento y la señal se pierde a menudo, pero al menos tenemos televisión por satélite”, dice Rodríguez, quien asegura que fue el primero en colocar la bandera tricolor en un iglú en las afueras del poblado. “Hasta dónde sé, creo que he sido el único tico acá. Ha habido otros hispanos, pero en este momento solo estoy yo”.

Lo inhóspito

Canadá tiene tres regiones polares de las cuales Nunavut es la de más área. De hecho, es muy grande: representa el 20% del territorio de ese país. Irónicamente, su población es de solo el 0,01% del total.

Cambridge Bay es uno de esos territorios poblados del Nunavut. Yace en la isla de Victoria, incomunicado de otras aldeas. Aunque posee caminos y luz eléctrica, carece de carreteras. La población más cercana está a 2.000 kilómetros o una hora en avión. Su puerto permanece congelado casi todo el año, y la comida solo puede ser enviada por avión, o en barco si es verano.

De Calgary, la pareja se trajo culantro en tubos y una botella de salsa inglesa. El arroz lo consiguen en los supermercados de la bahía, pero les faltan los frijoles, ausentes por completo de la dieta polar. Nada de gallo pinto en la mañana. Deben conformarse con un desayuno rápido al estilo norteamericano: cereal y panqueques.

“La mayoría viene por los salarios, pues generalmente son más altos aquí; también porque es experiencia laboral única”, expresa Randall quien, junto con su esposa, recibe mensualmente, aparte de su salario, un “estímulo” del gobierno de $3.500 (más de ¢1,7 millones). Él explica que ese dinero es indispensable porque el costo de la vida es muy elevado: una piña cuesta hasta $20 (unos ¢10.000) y se gastan hasta $1.000 al mes (¢505.000) en combustible diésel para la calefacción. {^SingleDocumentControl|(AliasPath)/2013-04-21/RevistaDominical/Articulos/RD2104-POLONORTE/RD2104-POLONORTE-quote|(ClassName)gsi.gn3quote|(Transformation)gsi.gn3quote.RevistaDominicalQuoteSinExpandir^} Marzo agoniza con el invierno y es tiempo de que el pequeño Nicolás salga a jugar. Hace poco, Randall se enteró de que su hijo recibiría clases de baile en el kínder y que el otro año, cuando cumpla tres años, aprenderá la lengua de los inuits (nativos del Nunavut).

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“Hacen viajes donde los ancianos, que tienen un gran conocimiento de la tierra, y el kínder los lleva a pescar y a ver las flores que nacen en verano”, cuenta el padre, quien se encarga de cuidarlo todo el día. Cuando crezca, Nicolás tendrá una experiencia privilegiada que contar.

A las 5:30 p. m. llega del trabajo Catherine, quien es profesional en estudios ambientales. Su misión es velar por siete proyectos de minas e investigación sobre fauna exclusiva de la zona. Es una amante de la naturaleza y de la exploración pues, aunque llega cansada, después de la cena y de bañar y dormir a Nicolás, sale de la casa con su esposo. Son las 11 de la noche, pero no pueden perderse una pintura de óleos imposibles en el cielo nocturno de los inuit : la aurora boreal.

“Es increíble ver estas luces. Lo que hago es salir de la bahía congelada, donde se pueden escuchar los lobos. Apreciar todo en conjunto es algo increíble”, relata él.

Randall extraña su Club Sport Herediano mientras observa a sus vecinos jugando hockey . Quizás si Costa Rica fuera el polo norte, habría tantas auroras boreales como arcoíris y, al desayuno, un gallo pinto bajo cero.

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