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Las secuelas de la explosión de gas en la soda de Alajuela

Actualizado el 19 de mayo de 2013 a las 12:00 am

La tragedia no terminó con la muerte de la cuarta víctima. Quienes sobrevivieron siguen batallando contra las SECUELAS DE UNA EXPLOSIÓN que marcó a toda una comunidad.

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Ya tenían programada una fiesta familiar: sería el domingo próximo en el rancho. “Por teléfono, me llamó una de las hermanas; estaba tan feliz porque íbamos a reunir a gente que hace décadas no veíamos. Tres días después de esa llamada, yo estaba cocinando; no para la fiesta, sino para su funeral”.

Y poco después, hubo otro sepelio. Fueron dos pésames seguidos en el mismo rancho, el rancho Los Hidalgo.

El relato sale de boca de Víctor Vargas casi cuatro meses después, bajo ese mismo techo, en La Guácima. Mientras él reconstruye lo vivido, su prima Ana Isabel Castillo sopla las velas del pastel de sus 50 años. Ella fue la única de tres hermanas que sobrevivió a la explosión de un cilindro de gas en la soda Don Luis, el pasado 21 de enero en El Carmen de Alajuela.

De esa soda con la que aún tiene pesadillas, guinda hoy el rótulo “Se alquila”, al lado de un pasaje bíblico. Da la impresión de que ahí nunca pasó nada. Aunque se cambiaron algunos marcos de las ventanas y hay unas cuantas grietas en la pintura verde que recubre las paredes, la fachada es la misma. El rótulo, eso sí, ya lleva ahí al menos dos meses.

“Y no lo descolgarán pronto, eso está claro”, asegura María Calderón Bonilla, quien culpa a los ticos aguizoteros por creer en “la sal” de esa esquina de mal augurio.

Eso sí, se apura a aclarar que no pertenece a ese grupo; hace dos semanas, alquiló el local que también voló en pedazos, el de al lado de la soda. Ahí vivían Deyanira Castillo y su hermana Marlene, a quienes conocía y quienes murieron. María hizo de ese local una repostería.

En la planta de arriba del negocio, los techos, puertas, celosías y pisos rotos de los dos apartamentos ya fueron reparados y ahí habitan, ilesas, las mismas tres personas que lo hacían en enero. Ninguna abandonó el sitio aunque quedara por varios días en tinieblas, sin luz ni agua.

La peluquería de nombre Unisex 2001, sigue donde estaba, a un costado de lo que fue la soda, al igual que el abastecedor El Carmen. Ahí están la plaza de futbol y la escuela Holanda. Algunos metros más lejos, en la soda El Carmen y la soda José Daniel siguen utilizando –como de costumbre y sin disimulo–, sus cilindros de gas.

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“Pero el pueblo ya no es el mismo, cambiaron los ánimos y creció el miedo”, coinciden clientes de la barbería Bernal, los que compran en el mercado y algunos de los que dejan pasar el tiempo en el parque Juan Santamaría.

El día 21

Ana no tenía por qué estar ahí ese día, ya el negocio no le pertenecía, lo había dejado en manos de sus dos hermanas para dedicarse al cuido de su sobrino. Pero ese 21 de mes, un lunes de olla de carne, las vio más atareadas que de costumbre y se quedó para ayudar a lavar platos.

“El cilindro estaba cerca del lavamanos y tenía una fisura. El gas se estaba saliendo, pero no nos dimos cuenta porque no traía el líquido, el que huele. Entonces, ‘agarró’ para el baño de mi hermana Marlene, donde estaba ella, y ahí explotó”, recuerda Ana. La explosión quemó el 95% del cuerpo de la cocinera de 51 años de edad, y aunque minutos después se le trasladó al Hospital San Juan de Dios, murió al día siguiente.

Dentro del local, el estallido disparó lenguas de fuego y nubes de humo, e hizo volar marcos y portones. En ese momento, a eso de la 1 de la tarde, las tres hermanas atendían a cuatro clientes: María Avellán Madrigal, de 39 años; Grettel Chacón Muñoz, de 33; Génesis Murillo Alfaro, de 20, y su pequeño hijo, de tres.

Génesis fue la segunda víctima fatal, f alleció dos días después, el miércoles 23. Al sábado siguiente murió Grettel Chacón y, casi un mes más tarde, el 17 de febrero , pereció Deyanira Castillo, de 47 años, la cuarta víctima y hermana menor de Ana.

Los otros tres clientes quedaron internados, gravemente heridos y quemados, mientras se iniciaba la investigación para definir qué fue eso que detonó la tragedia. Aunque los expedientes continúan abiertos, la teoría inicial fue que el cilindro no soportó la presión del envasado.

Barrer lo que ya fue

Ya pasó un mes desde que Carlos Daniel Luján, el hijo de Génesis, salió del Hospital Nacional de Niños, tras pasar ahí más de dos meses. El 17 de abril cumplió cuatro años y su madre habría cumplido 21 ese mismo mes.

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Ya se le ve pateando una bola, pese a que debe usar vendajes en todo su cuerpo, esconderse del sol y vivir “repleto” de cremas. Es María de Los Ángeles Alfaro Álvarez quien asegura que su nieto es un milagro con energía y ánimo sorprendentes, aún tras sufrir quemaduras en el 40% de su cuerpo.

El doctor Orlando Urroz, director interino del Hospital, resaltó esa misma fuerza.

“Las vendas le cubren todo: cara y brazos; en la espalda lleva un chaleco, usa licras y guantes. Él pasa como forrado 23 horas al día, se le quitan para bañarlo. Y claro que hace berrinches, pero uno le explica y él entiende. Así será su vida tal vez hasta que entre al colegio”, lamenta su abuela, de 43 años.

Desde que lo dieron de alta, el niño vive con su padre y una tía en Villa Bonita de Alajuela, a un kilómetro de la soda. Recibe tratamientos para proteger sus ligamentos y cicatrices, y terapia física hasta tres veces por semana en el Hospital de Niños.

Ahora va a un kínder privado en la misma comunidad donde creció. Antes de su ingreso, el Hospital de Niños capacitó a los maestros para que supieran abordar el caso y prepararan a sus alumnos.

María de los Ángeles, la abuela, lo ve muy a menudo; a fin de cuentas era ella quien lo cuidaba casi todo el tiempo. Pero aquel lunes 21 de enero, su hija Génesis le pidió que lo llevara a la soda Don Luis para almorzar con él y así lo hizo María, justo antes de desviarse al centro por unos mandados. Minutos después, contestó el teléfono.

“Me dijeron que mi hija se había quemado, pero jamás pensé esto. Creí que era sopa caliente que le había caído en el brazo. El niño perdió a su mamá y todos perdimos algo ese día”, declara María, quien trabaja como conserje en la escuela Holanda y está convencida de que, desde el día de la explosión, aquel es un pueblo más consciente del peligro, pero más intimidado y lleno de temor.

Sin duda, en esa escuela donde labora, aquel lunes pudo haber sido mucho más trágico.

Aulas vacías

No fueron pocos los vidrios rotos que alguien barrió dentro de las aulas de la escuela Holanda, a raíz del enorme impacto de la explosión. Muchos de los 630 alumnos y sus padres solían almorzar en la soda Don Luis, sobre todo los lunes en que estelarizaba la olla de carne. La 1 p. m. es hora de gran movimiento de gente en las afueras del centro educativo, pues a las 12:45 mediodía termina el primero de dos turnos. Dichosamente, el 21 de enero, faltaban unos cuantos días para que arrancara el curso lectivo y las aulas estaban vacías en la Holanda, la entrada principal frente a la soda, sellada.

“¡Imagínese lo que hubiera pasado si eso explota unos pocos días después; a esa hora, y con tanta gente...! Fue un milagro que no estuviéramos en lecciones, un verdadero milagro”, dice Elmer Villalta, director del centro, quien 20 años atrás trabajó repartiendo cilindros de gas y reclama el poco cuidado de quienes hoy los manipulan.

“Queda como un trauma alrededor”, describe Villalta, al tiempo que afirma que los recuerdos desgarradores, aún frescos, le impiden usar gas en su propia casa. Añade que algunas maestras siguen durmiendo mal porque les tocó presenciar la tragedia.

El que Génesis Murillo fuera egresada de la Holanda ennegreció aún más el sentir de esa casa de enseñanza, ya que muchos ahí la conocieron. Incluso, a la hora de su funeral, padres de familia, vecinos y floristerías cercanas se encargaron de proveer y cubrir gastos en muestra de solidaridad.

Llegó la fiesta

La fiesta en el rancho familiar para festejar los 50 de Ana Isabel Castillo fue sorpresa. Los cumplió el 30 de abril, pero fue hasta una semana después que sopló las velas de un queque rosado junto a más de 60 parientes, en La Guácima de Alajuela.

Mientras parte las tajadas, asegura estar bien, aunque cansada. Pocas horas antes salió de casa de sus padres en Limón, donde estuvo desde que dejó el San Juan de Dios, el 12 de marzo. De siete, hoy le quedan cuatro hermanos, y un hijo de 20 años que siempre ha residido en la provincia caribeña.

“Yo ya me siento bien; lo único es el brazo y que la piel de la espalda está muy débil' pica. Tengo que ponerme cremas y es incómodo estar todo el día bañada en crema. Ya desearía yo estar siempre metida en una piscina. Y los masajes, ¡viera cómo duelen! Siento que me quiebran el hueso, casi lloro. Pero estoy bien”, asegura Ana, quien sufrió quemaduras en más del 50% del cuerpo.

La suerte no ha sido la misma para María Avellán, la tercera víctima que sobrevivió a la explosión. Aunque no fue posible contactarla, algunos vecinos de El Carmen, así como Ana y su tía Lastenia Vargas, afirman que ella continúa internada en el San Juan de Dios y continúa en estado crítico.

Lastenia dice visitarla de vez en cuando en el centro médico. “Me deprime pensar en todo esto; pobre. Yo siempre estaba con las tres (hermanas), yo siempre fui su segunda madre. Esto es algo terriblemente doloroso”.

Ana Isabel baraja opciones. Planea quedarse un mes en La Guácima, en casa de su tía Laste , y desde ahí viajar por terapias y a masajes para que su piel recupere la flexibilidad y ella no “quede como El Chavo”; bromea. Dentro de seis meses, empezaría un procedimiento con rayos láser y en un año, estima, podrá volver a tomar el sol.

Mientras ella habla, su primo Víctor, de 48 años, la mira desde el comedor del rancho. “Hoy estoy cocinando, una vez más, pero ahora para una familia que está más unida que nunca, porque todos se llaman a cada rato y se visitan. Esta es la tercera vez que nos reunimos desde enero y muchos aquí no nos veíamos las caras desde hace 10 ó 15 años. Esto es lo rescatable”, dice el pariente, con una sonrisa.

Mientras tanto, en la soda Don Luis cuelga el rótulo de “Se alquila” con dos números de teléfono. Quien llame debe tener claro que el principal requisito del dueño para alquilar el local es jamás usar cilindros de gas.

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