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La sangre jala

Actualizado el 29 de junio de 2014 a las 12:00 am

Un abuelo al que no le conocí las canas, ni una pipa o lo que sea que ustedes recuerdan del suyo.

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Yo no conocí a mi abuelo materno pero sé que fue un militar hondureño, miembro de la Legión Caribe y que murió en una de las cárceles de Somoza por ahí del 56 después de dos años de tortura.Él había conocido a mi abuela en el 48 cuando vino a luchar junto a don Pepe. De espalda ancha, barba y pelo negros azabache y ojos encantadores, según yo, podía haber protagonizado una de esas películas mexicanas con todo y uniforme.

Especialmente con el uniforme. Mi abuela era una chavala de sociedad guapísima, un cuarto alemana, un cuarto española y el resto tica. Ella nació cuando esas cosas se sabían y todavía importaban.

Ilustración: William Sánchez
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Ilustración: William Sánchez

Mis abuelos se casaron y entre revolución y revolución por Honduras, Costa Rica y Nicaragua, tuvieron dos hijos aunque mi abuelo no llegó a conocer al menor, apenas lo dejó encargado antes de irse de complot al norte y caer preso.

Fue compañero de celda de Chamorro y otras figuras, hay varios textos sobre sus aventuras por Centroamérica y Cuba, pero para mí, fue un abuelo al que no le conocí las canas, ni una pipa o lo que sea que ustedes recuerdan del suyo.

De chiquita lo extrañé y al mismo tiempo de alguna forma lo sentí presente.

Una vez le lloré después de un regaño de mi mamá. Cosa más rara eso de llamar a un muerto, seguro quería acusar a mi mamá con alguien y nadie mejor que su papá.

Creo que yo tenía cerca de siete años, pero quién sabe.

Lo llamé con propiedad de nieta, como si hubiera visto su cara, tocado su barba y tratado de arrancarle la nariz. Como si me hubiera atajado cuando aprendí a caminar o se hubiera reído con mis ocurrencias cuando a los cinco años me dio por repetir cuanto chile de Pepito me enseñaban. Y me los enseñaron todos.

Entre sollozos dije: ¡Abuelo Jooooorge! Y lo lloré. De haber estado ahí me habría hecho sana-sana en el fajazo. No sé, se me ocurre que eso hacen los abuelos.

Después de llamarlo, como si no hubiera muerto más de veinte años antes que yo naciera, me sentí ridícula y no lo volví a hacer más.

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Dicen que la sangre jala y que lo heredado no se roba. Habiendo crecido en una familia donde físicamente sólo me parezco a mi mamá y ella a él, siempre he sentido que esa era mi conexión más fuerte al pasado. Me habría gustado escuchar las historias con su propia voz y que de joven me dijera qué debía de hacer con aquel impulso por arreglar el mundo.

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