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Debate interminable

Revendedores de entradas: ‘En Costa Rica todo se revende’

Actualizado el 14 de julio de 2013 a las 12:00 am

Tres revendedores de entradas nos relatan los pormenores de un negocio que en los últimos días ha generado roncha en la calle. Sus logros y desazones demuestran que –al igual que en el fútbol– en la reventa se empata, se gana y se pierde.

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Entre los revendedores costarricenses hay quienes han salido del país a especular en actividades deportivas y de espectáculos. Foto: Luis Navarro. (Luis Navarro)

En menos de cuatro horas, los 35.000 boletos estaban vendidos. El partido de vuelta entre Costa Rica y Estados Unidos tenía demasiado olor a revancha. Miles se quedaron sin butaca ante una frenética compra el lunes 1.° de julio.

No existen datos –ni aproximaciones– sobre cuántos boletos quedaron en manos de la reventa; pero para el comprador frustrado, su desgracia ya tenía cara de revendedor y los especuladores se convirtieron en los villanos de la película.

“En Costa Rica se revende hasta un tomate, que viene del agricultor, para pasar por cuatro o seis manos hasta llegar al supermercado; por cada mano que pasa, su precio es mayor”, dice Marco Vinicio Paniagua, un desamparadeño de 50 años de edad, quien es uno de los revendedores más reconocidos en el país. “Nadie llora cuando le suben el precio al pescado en Semana Santa, o las hojas de plátano en diciembre. La reventa siempre va a depender de la oferta y la demanda en esta vida, no importa cómo se llame el producto”.

Los especuladores salen al paso y se defienden ante la polémica actual. Muchos no quisieron hablarnos, pues perciben que tienen al país en contra, en cuenta a la prensa. No obstante, otros aceptaron revelarnos los detalles de un negocio de alto riesgo, con un gremio que es inesperadamente solidario. Al revendedor se le va la vida con cada entrada que se le quema en las manos y, sin embargo, agradece la adrenalina que se vive en los momentos previos frente a un estadio. Además, no cambian por nada los recuerdos dorados de cuando han ido a trabajar al extranjero.

Otros tiempos

La reventa no es nada nuevo en el país y así lo demuestra Luis Ángel Mena, un veterano de la reventa que se retiró del oficio hace ocho años. Tiene 72 de edad, y dice que empezó a trabajar en la especulación de entradas a los 17, en los años 50.

“En mis días, el negocio era ofrecer: ‘Una peseta más y no hace cola’. Comprábamos solo una parte de la taquilla para que se hiciera fila y la gente estuviera dispuesta a pagar por no hacerla”, cuenta el veterano.

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Él se dedicó a este tipo de comercio cuando la reventa no estaba restringida. Eran tiempos en los que un revendedor podía comprar en la taquilla hasta tres talonarios de una sola vez.

“El vendedor en ventanilla le pasaba a uno el santo, le decía que no se embarcara; o, más bien, que se apurara para comprar muchas”, refiere.

Luis Ángel Mena se retiró de la reventa hace ocho años, convencido de que el negocio se estaba poniendo cada vez más difícil. Foto: Jorge Navarro
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Luis Ángel Mena se retiró de la reventa hace ocho años, convencido de que el negocio se estaba poniendo cada vez más difícil. Foto: Jorge Navarro (Jorge Navarro)

Kleibyn Viera es más joven en el medio, aunque, a sus 36 años de edad, ya tiene dos décadas de practicar la reventa. Él revela que el negocio ha cambiado mucho desde los tiempos del veterano. Un evento deportivo o artístico es objeto de un intenso proceso de monitoreo por parte de los revendedores. El especulador se mantiene atento a lo que se habla previamente en la radio, en la televisión y en los periódicos, y sigue de cerca cuántas entradas se van vendiendo en los sitios de expendio electrónico. También debe afinar el oído para ver cuál es el interés que se despierta en la calle. “Si tu vecino te llama para ver si tenés entradas, te empieza a sonar la campana; si no se ve nada, es porque el partido no está levantando expectativa”, dice.

Para el día de un partido, por ejemplo, el revendedor cuenta con una red de información que le indica si se ve mucho movimiento de aficionados en las paradas de buses de las cabeceras de provincia. Esta es una forma para decidir cuántas entradas se compran en la taquilla. Si el partido es a las 4 p. m., compran para la gradería de sombra porque la gente ya empieza a medir la lluvia; si el juego es en la mañana, se compran “soles”, porque la gente evita pagar más.

Por ejemplo, Kleibyn explica que si una entrada vale ¢5.000, se vende en ¢6.000; pero si empieza a amontonarse la gente alrededor del revendedor suben a ¢7.000; y si la demanda sigue, el precio brinca a ¢10.000. Cuando la gente va mermando, se vuelve a reducir el precio.

“Es un negocio muy parecido al de la bolsa de Nueva York: uno tiene que conocer cuándo invertir, a qué hora hacerlo, a qué hora no. A veces las entradas se vienen al suelo, pero de pronto suben...”, revela Kleibyn.

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Esta volatilidad del mercado de la reventa es bien conocida por los veteranos. Por ejemplo, Luis Ángel Mena no olvida una ocasión en la que debió devolverse a su casa con dos talonarios sin vender que había comprado para un encuentro entre Cartago y Saprissa.

Por su parte, Marco Vinicio Paniagua recuerda la experiencia amarga de un colega suyo cuando compró casi toda la taquilla para un show de Elvis Crespo para el que no asistieron ni 100 personas.

“La reventa es como comprar lotería. De un momento a otro puede no valer nada algo que pocos días antes estuvo muy bien”, comenta el revendedor, quien refiere que ha visto entradas de ¢2.500 venderse en ¢50.000; así como ha visto boletos muy caros bajar hasta los ¢1.000.

Kleibyn también ha tenido que bajarse muy malos tragos, por ejemplo cuando Adal Ramones visitó el país por primera vez. Las entradas se vendían a través de un supermercado, y él pidió prestado para comprar muchos boletos, que se vendían más baratos si se adquirían junto a un producto. La casa de Kleibyn se llenó de pasta, toallas sanitarias, y cuantos productos patrocinadores había. Era su primera gran apuesta y las entradas se agotaron, lo que presagiaba que esa vez ganaría “una plata grande”.

Ahora no sabe precisar qué fue lo que pasó, pero la reventa resultó ser un fracaso. “Eran entradas que valían ¢3.000 y ¢5.000; y uno las vendía a ¢8.000 y ¢10.000; pero llegaron a valer nada. Entonces, yo mandé a llamar a toda mi familia, y todos nos metimos a ver el espectáculo. Yo ni disfruté; en cada chiste de Adal, yo sentía como que se estaba mofando de mí”, recuerda.

Kleybin Viera asegura que el gremio de los revendedores es muy unido. Foto Jorge Navarro.
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Kleybin Viera asegura que el gremio de los revendedores es muy unido. Foto Jorge Navarro. (Jorge Navarro)

“Entre compañeros, como todo gremio, pasan cosas feas. Nosotros vacilamos porque decimos que parecemos a los jugadores de los equipos, que se pelean en la cancha pero que después terminamos amigos” Kleybin Viera

¿Ser revendedor da para vivir aún teniendo en cuenta estos reveses? Kleibyn afirma que el negocio antes “daba más”, pero que nunca ha dado tanto como para hacer una fortuna. Según él, la reventa es como cualquier otro negocio, y lo que se debe tener es educación financiera. Asimismo, dice que se debe tener otro oficio, pues nadie sostiene una familia solo con el dinero de la reventa.

Ante las críticas renovadas contra los revendedores, Marco Vinicio hace una diferencia entre los especuladores “de carrera” y quienes han visto una oportunidad de hacer dinero fácil.

“Quienes venden en Facebook no son revendedores, son oportunistas que han ensuciado la reventa”, dice.

Marco Vinicio llama la atención sobre un tema extraordinario: los revendedores se perciben como un gremio, informal, eso sí.

Kleibyn dice que, entre ellos, hay grupos muy unidos, ya sea para ayudar económicamente a un compañero que está pasando por un mal momento, como para defenderse mutuamente cuando, en otros tiempos, las barras trataban de robarle las entradas a algún compañero.

“Entre compañeros, como todo gremio, pasan cosas feas. En eso hay personas que se pelean por una entrada; es el calor del momento, todo el mundo anda con la adrenalina al tope. Nosotros vacilamos porque decimos que parecemos los jugadores de los equipos, que se pelean en la cancha pero que después terminamos amigos”.

Negocio universal

La colaboración entre los revendedores es tal que, saliendo del país, son recibidos por sus homólogos con los brazos abiertos. Entre ellos existe una especie de cooperación internacional, si es que se puede llamar así: los ticos le abren las puertas de sus casas a sus colegas de otros países y sucede lo mismo a la inversa.

En un mundial de fútbol, por ejemplo, afuera de los estadios hay especulaciones en todos los idiomas: chino, español, italiano y hasta “tico”; uno le vende entradas al otro y el costo va cambiando de monto y de moneda.

El primer revendedor nacional en atravesar fronteras con este negocio fue “el Gordo Paniagua”. Entre sus primeros recuerdos, está un viaje a Argentina, en 1987, para un partido de la Liga Deportiva Alajuelense contra el River Plate. En 1994 viajó al Mundial de Estados Unidos; en 1997 revendió en el Sub 20 de Malasia, y en 1999, en el de Nigeria. También viajó a la Copa América de Perú, en el mismo año que lo hizo al Mundial mayor de Alemania, mientras que en el 2006, negoció en la cita mundialista de Corea y Japón.

“Yo me voy a los mundiales solo con el tiquete de avión y con un montón de camisas compradas en San José. Cuando estoy allá, todos quieren comprar cosas de equipos como Brasil, Argentina y otros atractivos”, comenta el negociante innato.

Marco Vinicio Paniagua es revendedor de entradas desde hace más de 25 años.
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Marco Vinicio Paniagua es revendedor de entradas desde hace más de 25 años. (Luis Navarro)

"Quienes venden en Facebook no son revendedores, son oportunistas que han ensuciado la reventa", opina Marco Vinicio Paniagua, quien lleva más de 25 años en este negocio.

Paniagua recuerda cómo un israelí le compró entradas de $200 a $3.000 en el Mundial de Alemania. También revendió tiquetes en una final de la NBA en 1994, cuando las entradas estaban agotadas y mucha gente fuera del recinto deportivo rogaba por un boleto: “Yo agarré mi entrada y las de mi familia y las vendí todas. Terminamos viendo el partido por tele, pero todos con platica”.

La fama internacional de Paniagua lo ha convertido en una figura modelo para otros coterráneos. “La historia de la reventa fuera del país es como la de Cristóbal Colón, porque (Marco) Vinicio era el único que había salido a revender afuera. Yo lo admiraba por eso”, dice Kleibyn, cuya experiencia en el extranjero empezó con una pésima experiencia.

Su estreno en otras tierras fue en la Eurocopa del 2008 en Suiza y Austria. “La desaceleración de la economía ya se veía en Europa y por eso me fue muy mal”, dice. La reventa nunca se movió y el viaje tan ansiado no fue la mina de oro esperada. Sin embargo no se amilanó. Cinco años después de su primera salida, suma viajes a Nicaragua, Honduras y El Salvador. Esta misma semana estuvo en Panamá, donde revendió entradas en un concierto de Jesús Adrián Romero. Además, en setiembre pasado viajó al estadio azteca para cumplir su sueño de ver a la Sele jugar en el extranjero.

En el 2014, Paniagua planea llegar a Brasil un mes antes de que comience el Mundial. Ya tiene asegurado el hospedaje y una buena buchaca de entradas que lo esperarán a un precio justo, para ser el segundo intermediario desde que salgan a la venta.

Kleybin está estudiando portugués desde ahora y se prepara para una cita de ensueño, ya que, según él, un Mundial es la graduación de un revendedor, pero ahí no se queda su anhelo: “Europa me debe una, y algún día iré por la revancha”.

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