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El planeta TICO

Actualizado el 14 de octubre de 2012 a las 12:00 am

“Somos tantos ahora que vivimos en estado de permanente ASFIXIA POR ABSORCIÓN, en la que vos me respirás a mí, ella al otro y nosotros a todos”.

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Mi mejor instrumento para medir cuánto ha crecido y se ha complicado el país es el bollo de pan. No será un método muy científico pero sí bastante preciso.

Me explico: mientras hace medio siglo yo caminaba 40 metros a la pulpería para comprar el pan del desayuno, hoy debo movilizarme tres kilómetros en carro al supermercado más cercano.

El asunto es que, al igual que yo, muchas otras personas van también en sus vehículos al mismo lugar y a la misma hora por el mismo bollo de pan. Es decir, un solo bollo de pan entraña hoy día toda una contrariedad logística que en lo personal implica arreglarse un poco para no llegar tan desaliñado al “súper”, manejar espabilado para no hacer los altos todavía dormido, usar gafas oscuras para tapar el sol, las lagañas y las costuras del colchón, y pelearse por un espacio en el parqueo.

Porque inevitablemente ahí uno se encontrará con todos los que van también por el “maduro”, el salchichón, el jugo, el queso, la mortadela, algún antiácido y el higiénico todoterreno que, sumados, crean los primeros síntomas multitudinarios del yo, vos, él, nosotros, ellos y todos.

Y por supuesto, cada uno en su carro, más el espacio que este necesita para desplazarse, echar marcha atrás, hacer alguna animalada vial, dar vuelta (no de campana), quedarse hablando en media pista y capearse el poste sin contar el eventual raspón al carro que llegaba en ese instante y que significará policía de tránsito, agentes del INS, fórmulas, firmas, tripas sonando, mirones y demás esperas, todo por el bollo de pan.

Los sábados, por ejemplo, me movilizo en carro a las 6:20 a. m. al “súper” cuando sale la primera tanda de pan baguet. ¡Es una temeridad! Un mar humano coincide y se agolpa conmigo en la diminuta urna donde la panadera intenta ponerlo, pero los bollos ni siquiera llegan a tocar superficie arrebatados en el aire por miles de garras. Debemos ser unas 20 personas en esas, pero a mí se me hacen trillones, ensardinadas todas en un metro cuadrado y matando por el tal bollo para el café.

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Para peores, como hay que autoservirse el pan bajo ciertos modales de cortesía e higiene, la entropía sobreviene de inmediato con las bolsas y las pinzas pues como uno anda recién levantado y a veces hasta sin despertarse, le tiembla el pulso para desprender una bolsa de las demás con el inconveniente de que mientras trata en vano de separarlas, los otros se están llevando el pan a lo bestia. Ante eso, uno acaba entonces como ellos, es decir, echándose el bollo pelado bajo la axila y llevándoselo así, con sabor a mí, a ti, a aquel...

Y es que no hay peor hambre que la humana a la hora del desayuno. Como nadie ha comido desde el día anterior y la digestión nocturna debe haber sido un pleito de gatos, todo el mundo anda alterado y adulterado, con las coordenadas descoordinadas y la chispa adelantada. En casa a eso le llamamos “chicha de desayuno” y es un momento peligroso para quienes vamos al “súper” a esa hora ante la inminencia de un disturbio a bollazo limpio sin motivo alguno.

Hace 60 años, en cambio, los apurados eran los pulperos de barrio cuando los “cuatro” vecinos de entonces les caíamos encima también por el pan del desayuno. En su apuro por servirnos, uno de ellos, don Emilio, nos atendía con la mitad de la cara impecablemente rasurada y la otra mitad convertida en un suflé blanco de jabón con pelos. El otro, don Jaime, como nunca encontraba el cuchillo cuando más lo necesitaba, cortaba el salchichón, el queso, el chorizo y lo que se le pusiera por delante –en cuenta a uno–, con la uña del pulgar, una letal navaja que lo hacía más pirata que pulpero.

En esos barrios residía la Costa Rica más sabrosa que se haya visto jamás. Todo se concentraba ahí al alcance de la mano: pulperías, verdulerías, carnicerías, panaderías y boticas, entre los principales negocios. Luego, la “carbonera” donde vendían el carbón para el anafre porque, si no, no había olla de carne; las tortilleras de verdad, el sastre, la enfermera y la costurera. Además, teníamos al “polaco” que era como nuestro mall ambulante o a domicilio, el carretón del hielo, el lechero, el vendedor de escobas y cepillos y el heladero.

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Por eso, la gente no tenía necesidad de desplazarse en carro a ninguna parte. Lo más alejado eran los bancos, los grandes almacenes, el lugar de trabajo, los ministerios y los hospitales, adonde se llegaba en bus o “cazadora”, eje supremo del transporte público de ese entonces, o en tranvía. Y que también se usaban para ir al parque, a la retreta, a visitar algún familiar, ir a ver ventanas a “la avenida” o de paseo al Bolívar, Ojo de Agua o Los Juncales.

Sin ser muy grande, mi barrio en particular albergaba incluso cinco cementerios donde miles de ánimas tenían también a su disposición funerarias, floristerías, iglesias, marmolerías, hornos de cremación e incluso bares exclusivos para las que estaban en pena. A pesar de que eran muchos, los muertos nunca nos estorbaban porque de día estos estaban en sus respectivas fosas, y de noche, cuando salían, no quedaba un solo vivo a la redonda, por lo que si algo sobraba era espacio.

De modo que, bajo el aura apacible de montañas frescas y cielos níveos, el contacto humano tendía a ser siempre amigable y solidario a través del saludo, la tertulia, la buena compañía, la unión familiar, la ayuda al prójimo y la gente risueña y en paz con su entorno social y natural.

Hasta que un día esa Costa Rica explotó como un big bang y, de repente, urbanizaciones, comercio, oficinas, colegios, empresas, edificios, iglesias y gente se desperdigaron como un universo en expansión dejando todo a expensas de la distancia. De la distancia geográfica, y de la distancia humana, afectiva y cálida porque ya nunca más fuimos los mismos.

De 850.000 almas que éramos a principios de los años 50, pasamos a casi cinco millones dentro de los mismos 51.000 kilómetros cuadrados y sin la más remota esperanza de que la mancha amorfa, gris y contaminante de la civilización se vaya a detener.

Así las cosas, hemos perdido espacio vital para movernos a nuestras anchas, tomando en cuenta que uno es su cuerpo más un margen o área soberana para, al menos, estornudar, y cuyo alcance es de al menos seis metros libres en línea recta. Ahora, sin embargo, tenemos que estornudar hacia adentro y luego averiguar adónde fueron a dar nuestros riñones tras el resoplido en reversa.

La separación entre persona y persona debe andar hoy en un milímetro de distancia, insuficiente para estirarse, sonarse la nariz o rascarse un tobillo porque si se agacha, pierde el campo arriba y ya después no hay forma posible de recuperarlo. Por eso vemos hoy a tanta gente caminando entre jorobada y agachada. Somos tantos que vivimos en estado permanente de asfixia por absorción. O sea, vos me respirás a mí, ella al otro y nosotros a todos, de ahí ese humus avinagrado, invasivo y penetrante que como pueblo hemos adquirido. Lo que pasa es que no nos olemos entre nosotros mismos, pero salga usted del país un mes, regrese y verá.

Eso explica el estado permanente de roce y fricción actual entre nosotros, agravado por tanto carro cuando el mundo sería diferente en trenes, buses, metros y tranvías. Un buen transporte público es el mayor lujo que se pueda dar un país. Por eso, aquella armonía ciudadana del mano a mano en la acera se transformó en la brutalidad del carro a carro en la calle, con nosotros atrincherados entre sus latas hasta para ir por el bollo de pan.

Vivimos de presas en las calles y tratamos de resolverlas con más carros. Vivimos de presas en los supremos poderes y tratamos de resolverlos con más privilegios y alcahuetería. Vivimos de presas en los centros de estudio, en los hospitales, en los bancos y en las instituciones, y tratamos de resolverlos con más burocracia e indiferencia. Y vivimos de presas en la mente queriendo hacerlo todo a la vez pero sin llegar jamás a ninguna parte. Vivimos, pues, una violencia de encierro, la peor, pues de haber nacido en libertad y al aire libre, el crecimiento atolondrado y sin control nos está confinando a un reducto de miedos, estrés y sobrecalentamiento emocional.

Somos otra Costa Rica: donde hubo la “carbonera”, ahora hay un café-Internet; donde hacían tortillas, venden calzones de fibra óptica, y donde hubo una casa centenaria, hay una torre satelital. Bajo la actual dinastía del wifi, la olla de frijoles de la casa fue destronada por la hamburguesa electrónica de la calle, el mondongo sintético y los sándwiches high tech . Y así todo, hasta el lenguaje, pues a diario hoy solo hablamos en “ayayay”, o sea, “aypad”, “ayphone”, “aypod”...” y, a fin de mes, “¡ay Dios!”, con el cuentón de VISA y Credomatic.

Nos hemos dejado seducir y avasallar por la presión de una sociedad con estrafalarios estándares de consumo, como si con un poco de mesura no se pudiera vivir dignamente. Ah, pero no podemos soportar que alguien lo tenga todo y uno no. La tecnología, que sin duda nos trae maravillas, nos agarró asando elotes. No la supimos asimilar. Deslumbrados por sus espejismos, hiperventilamos de la excitación ante el nuevo celular, la última tableta electrónica, el playstation o el auto así o asá.

El poder del mercado, con sus fantasías diamantinas, hizo añicos nuestra flema de labriegos sencillos y dio pie a nuevos egos para el cuerpo, la banalidad y el lujo. De sobrios y moderados saltamos a irredimibles depredadores de tiendas. La fuerza de gravedad del dinero despertó en nosotros codicias que no conocíamos y nos sacó de balance. De ahí el bochorno actual de esta apretada burbuja nacional aderezada de mafias criollas e importadas, crimen organizado, delincuencia común, gobiernos y políticos corruptos y un pueblo que también ha perdido su brújula.

Pero no perdamos, además, la esperanza. Para el 2050, la tipología del ser humano podría haber evolucionado, según los científicos, a algunas de las siguientes tres opciones: 1) Fundar, dentro del respectivo país, “ciudades-isla” exclusivas para quienes deseen vivir bajo la estricta tutela de la ética y la moral. 2) Antes de morirse uno, transplantar el cerebro a un robot (sin genitales) para que la mente, ya sin los prejuicios de la carne, trascienda al nirvana perpetuo, y 3) Transmigrar a otro planeta y empezar de menos cero.

¡Queridos conciudadanos: tienen la palabra! Es su gran oportunidad de cambiar el biotipo, o biotico, a ver si acaso. Yo me apunto a cualquiera mientras no desaparezca el bollo de pan.

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