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Tinta fresca de Ana Istarú: Ser padres, ser hijos.

Actualizado el 06 de julio de 2014 a las 12:00 am

Un padre o una madre no deben tener hijos favoritos: deben tener uno o más hijos únicos. Deben ser exigentes, para que ellos sepan que existe la convicción de que son capaces. Deben enseñarles a competir, pero consigo mismo.

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Quien no pueda salvar el mundo puede al menos intentar ser un buen padre. No un padre perfecto, lo cual es imposible (e innecesario). Al ser buenos padres, en cambio, otorgamos a los hijos seguridad y fe en sí mismos y una lección de amor que repetirán con los demás: con los más pequeños, con los hermanos, con su pareja.

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Un hijo no es lo que otorga sentido a nuestra vida. Ser padre es una etapa, no es para siempre: el tiempo se encargará de convertirnos en amigos.

Nadie nos enseña, sin embargo, a ejercer correctamente la paternidad. Lo más cercano a un entrenamiento de tal jaez que recibiera fue el cursillo prenatal. En él caí en la cuenta de lo mal que comía y empecé a alimentarme como exigen la sensatez y la Santa Madre Naturaleza, porque por mi boca se nutría una criatura. Punto. El resto me lo enseñó la vida.

Esto es lo que llegué a saber: un hijo no es yo. Es él. Es otro. Un hijo no es una reproducción en miniatura de los padres, ni su versión mejorada. No va a aprovechar las oportunidades que perdimos, no va a corregir nuestros yerros, no va a ser quien hubiéramos deseado ser. No va a gatear ni caminar antes que los demás niños tan sólo para henchir de fanfarronería a nuestros genes.

Un hijo no es lo que otorga sentido a nuestra vida. Ser padre es una etapa, no es para siempre: el tiempo se encargará de convertirnos en amigos. Algún día quizás será él quien nos guíe. Debemos tener vida propia y aferrarnos a ella o le impediremos crecer y partir.

Un padre o una madre no deben tener hijos favoritos: deben tener uno o más hijos únicos. Deben ser exigentes, para que ellos sepan que existe la convicción de que son capaces. Deben enseñarles a competir, pero consigo mismo.

Un padre o una madre, para inculcar en sus hijos sus propios valores, deben mostrar que lo que de ellos se espera es posible y es deseable, refrendándolos con su ejemplo, trátese de salud, sexualidad o moral.

Un hijo no es una reproducción en miniatura de los padres, ni su versión mejorada

Un padre o una madre deben ofrecer un espacio de libertad, no disfrazar de libertad la indiferencia. Tuvimos hijos para criarlos, no para desembarazarnos de ellos. Brindarles atención y tiempo no es una renuncia, es una inversión.

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Y si llegamos a sentir que se alejan de lo que creemos debe ser una persona de bien, no abandonemos, persistamos, aferrémonos a nuestra congruencia. Encarnemos esa raya de luz obstinada en su horizonte que contradice el caos del mundo. Ser padre es ser faro.

Un hijo puede dudar de nuestras prédicas, de la pertinencia de nuestros actos, repudiar nuestros errores. Pero jamás y por ningún motivo debe dudar de la bondad de nuestras intenciones ni de nuestro amor.

Un hijo no es yo, es él, es otro. Ese es el milagro.

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