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Alejandra Araya: “Mi milagro tiene nombre”

Actualizado el 20 de octubre de 2013 a las 12:00 am

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Madre e hija, vecinas de Paraíso de Cartago, en una fotografía tomada este 15 de octubre. | FOTO: EYLEEN VARGAS

Hace seis años, recibí una maravillosa noticia: estaba esperando a mi segundo hijo. ¡Mil emociones vinieron a mí! Poco después, mientras me bañaba, sentí un fuerte dolor en la zona axilar. Al examinarme, noté una pelotita en mi seno derecho.

Ya en el Ebais, luego de una mamografía, me hicieron una referencia para un ultrasonido. Tenía 35 años, y luego de presentar la referencia en el hospital, quedé en lista de espera por un año. Intranquila, y gracias a mi hermano, me hice el examen por lo privado.

Lo primero que le dije al radiólogo fue: “Estoy embarazada de mi segundo hijo”. Él, luego de examinarme, se dirigió a mi madre y le dijo: “Esto no me gusta, vayan al hospital y exijan que le realicen todos los exámenes necesarios”. Yo entré al baño y rompí a llorar.

Del día en que me la realizaron la biopsia, solo recuerdo ver a muchos doctores alrededor mío. Mes y medio después, y ya con tres meses de embarazo, acudí por los resultados. Uno de los doctores me dijo: “Señora, es positivo. Tiene cáncer”… Sobrevino una sensación de terror, y la pregunta que, creo, nos hacemos todas las que hemos recibido esa noticia: ‘¿Por qué a mí?’. Pero yo a eso le sumaba otra pregunta que me aterraba más: ¿Qué va a pasar con mi bebé?

Perdí un seno en esa cirugía y, con seis meses de embarazo, debía iniciar la quimioterapia. Me atormentaban los efectos secundarios que eso tendría sobre mi bebé. El día de la primera sesión, sentí que mis fuerzas se acababan; pero no me lo podía permitir, porque yo luchaba por dos.

Desde ese momento, empecé a hablarle más que nunca a mi bebé y a enseñarle a luchar por su vida… por nuestra vida. Empecé a cantarle más y, aunque sentía mucho miedo, traté de no transmitírselo.

En el quinto mes de gestación, los médicos decidieron operar mi tumor y, entre todos los exámenes de preparación, me dieron la noticia de que esperaba una niña. “Todo está bien con ella”, me dijeron. Lloré más y, en medio de mi dolor, le agradecí a Dios por la vida.

Al momento de la operación y antes de la anestesia, le dije a mi niña: “Agárrate fuerte, yo no te soltaré…”

Perdí un seno en esa cirugía y poco después, con seis meses de embarazo, debía iniciar el tratamiento con quimioterapia. Nuevamente, la angustia se apoderó de mí. Me atormentaban los efectos secundarios que eso tendría sobre mi bebé. El día de la primera sesión, sentí que mis fuerzas se acababan; pero no me lo podía permitir, porque yo luchaba por dos.

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Un día, mi hijo de 8 años me comentó: “Mami, qué raro, se te está cayendo el pelo”. Otra noche de llanto.

Terminando mi segundo ciclo de quimio , llegó el momento: mi fuente se reventó. “Señor, estamos en tus manos”, fue lo último que dije al entrar a sala. Contra todo pronóstico médico, mi hija vino al mundo el 14 de mayo del 2007... bella, sana.

Hoy, cuando termino de escribir este relato, me internan para reconstruir mi segundo seno. No me importa mucho, pues yo reconstruí mi vida hace mucho tiempo.

Compartir estas líneas fue revivir los momentos más difíciles de mi historia. Pero en estos procesos, uno encuentra gente maravillosa. Conocí a una estupenda mujer con un hermoso hijo de nueve años. Estuvimos internadas juntas y compartimos la esperanza de salir adelante, de ganar esta batalla. Ella la perdió. Hoy dedico estas líneas de esperanza a todas esas valientes mujeres.

Sé que los milagros existen. El mío se llama María del Milagro y acaba de cumplir seis años.

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