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Nos matamos a pellizcos

Actualizado el 19 de octubre de 2014 a las 12:00 am

Aquel día llovió comida; pero, sobre todo, se empapó mi conciencia

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Imagen sin titulo - GN

Conocí a Alejandro Cerdas Mena, un hombre de 45 años que lleva 33 en la calle por elección propia. Según comenta, nadie lo indujo. El tomó esa decisión de vida que se llevó a sus hermanos, a su mamá y a todos sus familiares en la tira.

Nunca ha tenido hijos. Solo los idea para manipular a las personas para que le den plata y seguir consumiendo. Las historias varían, prefiere la que tiene siete hijos que alimentar y una esposa que lo ha abandonado Se las agencia con su enorme capacidad para hablar y una inteligencia evidentemente privilegiada.

¿Qué consume? “Cartón lleno”, me dice. “Coca, crack , marihuana, alcohol. La droga es el ladrón de la paz, de la confianza. Cualquier cosa es buena para consumir: es sábado; vámonos, ganó Saprissa; se fue la doña, vámonos”, cuenta Alejandro con una capacidad especial para dialogar, describir, relatar. “Uno vive la vida al revés, pasamos siete días sin pegar los ojos con tal de consumir. Acá no hay amigos, hay amigos de robos, de bolsas de ‘perico’, de tubos, de guaro, pero amigos no existen. Nos matamos a pellizcos, y cambiamos la cama por un cartón”.

Lo llevo del brazo a que escoja su ropa. Prefirió los jeans de mezclilla pequeños, una camiseta roja de algodón y unas tenis verdes Puma que le quedaron a la medida.

Desde el primer instante quiso escupir su vida. Empezó contándome: “¿Sabe qué? Yo nunca me había visto en un espejo”. Lleva 22 días sin consumir. Vive en un albergue en San José donde recibe cama, alimento y cobija por las noches por ¢4.000 colones. Para pagarlo, en el día, va al “barrio chino” a comprar rompecabezas de ¢200 colones para venderlos a ¢1.000.

“Si es gente humilde, y le veo la carita a la chiquita que lo quiere, se lo dejo a voluntad” , sonríe, esperanzado de que esta vez, sí va a poder salir del vicio, aunque confiesa haber estado internado más de 35 veces.

Estuvo en la cárcel por robar, más de siete años, donde vio morir reos a machetazos. “Usted no se va a dormir, usted está muerto en vida”.

Me muestra su brazo derecho, cosido en zig zag . En un pleito lo cortaron con una botella, lo que le causó una infección que le provocó una gangrena que casi lo deja manco.

“En el hospital querían que firmara para que me cortaran el brazo. Yo no quise. Amanecí al día siguiente con un injerto de piel, y vea como me quedó”. Me muestra orgulloso sus heridas perfectamente zurcidas.

Llegó la hora del baño, donde entró con gran ilusión. Salió vestido con su ropa nueva. Sus arrugas y piel quemada del sol eran más visibles. Su olor a calle se había sustituido por el de jabón. Nos servimos un café. Lo prefirió con seis bolsitas de azúcar… “Esto es una cajeta, pero así me gusta, no se ría”. Nos sentamos a seguir la charla.

“Dios le habla a uno todos los días, lo que pasa es que uno lo usa de manguera”, me comenta mientras abre su Biblia para leerme 2 Corintios: 13:4: “(...) y lo mismo nosotros, somos débiles como él, pero Dios que manifiesta su poder entre ustedes, harán que nos encuentren con vida junto a Cristo.

Me mira fijamente a los ojos sin parpadear, con una claridad mental envidiable: “Vea, pensar, meditar es de Dios… Maquinar es del diablo. Usted sabe que sí se puede volver a nacer, a nacer espiritualmente”.

Nos fuimos a comer. Los dos nos consumimos en un silencio que no estorbaba. Se lavó los dientes intensamente durante cuatro minutos. Pasamos a la revisión médica: la presión 80/120. Luego tocaba el dentista donde le calzaron dos muelas. Lo esperé 45 minutos. Salió con la boca dormida pero su sonrisa reflejaba alivio, frescura, y ganas de vivir; al menos, eso quise creer. Listo para montarse en la buseta que lo llevaba a San José de vuelta se encontró con dos conocidos.

Se saludaron como grandes amigos, aunque mostraban un poco de timidez al verse en otro escenario.

Lo último que me dijo fue: “Usted sabe, todos nosotros somos diferentes artistas de la misma película”. Me quedé con un nudo en la garganta que no pude disimular mientras la buseta se desaparecía de la cuadra.

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