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El llanto de una corta tregua coreana

Actualizado el 25 de octubre de 2015 a las 12:00 am

Luego de más de 60 años separados por la Guerra de Corea, las lágrimas corrieron por las arrugadas caras de quienes habían conservado la fe de algún día volver a reunirse con sus parientes al otro lado de la frontera

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El norcoreano Oh In-se extendió sus brazos para abrazar a su esposa Lee Soon-kyu por primera vez en 65 años. | FOTO: EFE

Los lazos afectivos nunca caducan. Son inmunes a las balas de la guerra, a las trazas del tiempo y a las cicatrices de la memoria.

La guerra de Corea los separó hace más de seis décadas, pero el sentimiento que alguna vez los unió estaba aún intacto esta semana, cuando 389 surcoreanos y 141 norcoreanos pudieron reencontrarse por primera y, probablemente, también por última vez.

Las canas abundan ya, y las lágrimas son imposibles de contener.

“Padre, soy yo, tu hijo”, exclamó entre sollozos Chae Hee-yang, surcoreano de 65 años, a su progenitor, Chae Hoon-sik, de 88.

Se habían dejado de ver cuando Hee-yang era apenas un bebé, según la agencia de noticias surcoreana, Yonhap. Ahora, tendrían apenas 12 horas para verse los rostros, encontrar los parecidos y contarse el uno al otro qué había sido de sus vidas.

El emotivo encuentro es parte de un acuerdo alcanzado en agosto entre Seúl y Pyongyang para aplacar el tenso clima político entre el norte y el sur. Medio millar de personas, provenientes de 96 familias, recibieron autorización para reunirse desde el martes pasado en monte Kumgang, en Corea del Norte, un centro turístico que fue construido por la multinacional surcoreana Hyundai en una etapa de deshielo entre ambas naciones.

Ambos estados prohiben a la población civil visitar a los parientes que viven al otro lado de la frontera. Tampoco pueden enviarse cartas, llamarse por teléfono o escribir correos electrónicos sin la autorización de sus respectivos gobiernos.

Así que en una abreviadísima tregua, medio millar de personas tendrían que condensar la historia de sus vidas en dosis de dos horas diarias, hasta el jueves. Otros 250 surcoreanos más tendrían la oportunidad de reunirse con 190 parientes norcoreanos en una segunda y última tanda, entre el sábado y este lunes 26 de octubre.

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La escena en Kumgang es estremecedora y casi inconcebible para el mundo occidental. Dos hermanas no identificadas por los escasos medios surcorearnos que acudieron a la cita tienen problemas para reconocerse. La última vez que se vieron tenían 20 y 22 años, respectivamente.

Al otro lado del salón, Lee Heung-jong, un norcoreano de 88 años en silla de ruedas, volvía a ver a su hermana Lee Heung-ok, de 80. Ella lo llamó oppa (que significahermano mayor en coreano) y Heung-jong sintió tal conmoción, que de inmediato los labios comenzaron a temblarle.

El momento más arrollador vendría cuando la surcoreana Lee Jung-sok, de 68 años, se le acercara y se presentara como su hija. Entonces, el llanto del anciano se haría presente. Había perdido a su pequeña en medio de la confusión producto del conflicto armado y nunca más había vuelto a tener noticias de ella.

Dos ambulancias esperan afuera del complejo turístico; todos son muy mayores ahora, y el remolino de emociones, indomable.

Atroces rupturas

Cuando estalló la guerra (en 1950 y prolongada durante tres años) familias completas fueron desplazadas y quedaron divididas por el paralelo 38. Padres, hijos, hermanos, primos y esposos fueron arrancados unos de otros. Muchos conservaron la esperanza de un pronto reencuentro, pero los años transcurrieron y las hostilidades entre las dos Corea nunca cedieron.

Vestido con traje entero y con un elegante sombrero, como si se tratase de una primera cita, el norcoreano Oh In Se, de 83 años, llegó para, por fin, volver a ver a su esposa, la surcoreana Lee Soon-kyu, dos años mayor que él.

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Los gestos de ambos reflejaban un frenesí de las más profundas emociones del ser humano, y las imágenes de su reencuentro recorrerían el mundo.

Al igual que ellos, otra pareja había sido separada por una de las más sangrientas guerras de la historia, con un saldo de cerca de tres millones de muertos.

En agosto de 1950, el norcoreano Chae Hoon-sik recibió la orden de abandonar el hogar que recién había formado con la surcoreana Lee Ok-yeon y prepararse para el combate. Se suponía que aquel sería un adiós pasajero, pero el tiempo se encargó de desmentir esa idea.

Sin embargo, Lee nunca abandonó la fe de ver a Chae volver a entrar por la puerta de la casa que había construido para ella en Moongyeong, al sureste de Corea del Sur. Ninguno de ellos hubiera imaginado entonces que las distancias se extenderían hasta que ambos alcanzaran los 88 años de edad.

El martes, Chae sabía que no podría volver a casa, pero al menos vería una vez más el rostro de la mujer de la que algún día se enamoró y también el de su hijo, quien desde entonces ha vivido en Moongyeong con Lee.

El exsoldado no pudo mantener secas las mejillas; estalló en llanto apenas los vio llegar. Los tres se fundieron en un emotivo abrazo mientras las luces de las cámaras los bañaban.

Las palabras de Lee Ok-yeon fueron como una daga cuando su esposo se atrevió a tomarla de la mano luego de casi 65 años.

“¿De qué sirve ahora? Ya somos muy viejos”, le espetó la surcoreana en medio de un profundo gesto de tristeza y frustración.

“Contarse las vidas respectivas, intercambiar fotografías y recuerdos, no es fácil. En muchos casos, hay que confirmar que aquellos padres, aquel hermano cuyo paradero se desconoció durante décadas, ya no están. El intercambio de información se ve también dificultado por la avanzada edad de los participantes, muchos con problemas de salud”, relató el diario español El País .

Pese a tan dramático panorama, son afortunados quienes reciben la oportunidad de reencontrarse con los seres queridos que se quedaron al otro lado de la frontera. La lista de espera en Corea del Sur asciende a 65.000 personas y los elegidos son seleccionados mediante una especie de lotería.

En esa nación, unas 130.000 personas han aplicado para recibir el permiso y, cerca de la mitad de ellas, nunca lograron recibirlo antes de morir, de acuerdo con datos de la revista Time .

Las reuniones entre habitantes de ambas Corea comenzaron a gestionarse en el 2000, pero quedaron prácticamente suspendidas en el 2010, cuando las tensiones resurgieron por el hundimiento de un barco militar surcoreano del que Seúl culpó a Pyongyang. Desde entonces, solo en febrero del año pasado se había celebrado un encuentro de este tipo.

Pasadas las 12 horas de tregua de esta semana, la despedida sería un amargo recordatorio de que la guerra continúa y de que, probablemente, muchos de los elegidos para esta última reunión morirán sin conocer un tratado de paz.

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Gloriana Corrales

gloriana.corrales@nacion.com

Periodista de Revista Dominical

Periodista en la Revista Dominical de La Nación. Es graduada de Ciencias de la Comunicación Colectiva con énfasis en Periodismo de la UCR. 

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