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Tinta fresca: Al otro lado del puente

Actualizado el 12 de abril de 2015 a las 12:00 am

Estamos hartos de un patriarcado autoindulgente que en el Siglo XXI decide simple y sencillamente “hacerse el loco”

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Este texto debería empezar así: cuando tenía 12 años me gustaba cruzar el puente por la línea del tren con mis amigos para, como dice Manu Chao, soñar con otro mundo (o, digamos, otro país). Pareciera que describo una escena de Stand by me , ¿la recuerdan? No sé cuántas veces pasó Canal 7 aquella película de cuatro niños dándose de bruces con el fin de la infancia. Si Netflix hubiese existido entonces... no sé cuántas veces más la habría visto. Pero esta pieza no es un elogio al cine ligero, es un viaje al pasado y un repaso del presente que prescinde de licencias poéticas.

Digo esto porque no, no me gustaba cruzar el puente por la línea del tren. Me daba pánico. Y mis amigos no eran amigos, sino compañeros: ellos sí cruzaban sin temor. El tren en aquel entonces ya había dejado de operar pero la caída al río Turrialba me resultaba razón suficiente para usar el paso peatonal. Por una razón u otra, aprendí a caminar con miedo. Si no estaba eludiendo una caída, estaba escapando de un insulto o una amenaza.

Ilustración: Daniel Solano
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Ilustración: Daniel Solano

No sé, la verdad, si a mis compañeros los asaltaban las mismas preocupaciones “políticas” que a mí. Quizá nunca lo conversamos. Pero aquellas inquietudes en torno a un futuro distinto para mi país sí que me acompañaban desde entonces. Imaginaba, pues, que Costa Rica se pondría al día poco a poco con el resto del mundo, con el progreso de los tiempos. “Cuando sea grande”, me decía, una y otra vez.

Mucho ha cambiado sí, pero no necesariamente todo para bien. Ese Estado laico que ya en los noventas parecía un futuro inevitable se ve hoy como una quimera imposible. Mientras tanto, en el departamento de Derechos Humanos, poco hacemos por avanzar... por el contrario, seguimos tropezándonos con corrientes ideológicas impropias de una nación que camina de la mano con el progreso. Nos damos el gusto de ignorar, incluso, la sentencia de la Corte Interamericana de Derechos Humanos que solicitó a Costa Rica restablecer el derecho a la fecundación in vitro. La sentencia data del 2012... el caso fue llevado a la corte en el 2001... los años pasan y el procedimiento sigue siendo ilegal solo para los pobres. Se sabe, todos somos iguales ante la ley, salvo quien tiene los recursos para ganarle la vuelta...

“Cuando sea grande”, me decía; una y otra vez. Pero en pleno 2015, las costarricenses siguen siendo acosadas por la libre en la calle en cada ocasión que salen de sus hogares. Pasivos, apáticos, cobardes, permitimos que esta conducta siga normalizándose como si fuera inofensiva. Pasan los años, pasan las generaciones y el patrón no cambia, nuestras mujeres aprenden a caminar con miedo desde la infancia. Conozco ese miedo. ¿Lo conoce usted? Procure imaginar lo que tienen que sobrellevar miles de mujeres día con día y deje de poner la responsabilidad en ellas. ¿Hasta cuando?

Sé que los cínicos desestiman esto como un tema menor. Probablemente se reirán de un llamado (más) a un cambio que no termina de llegar, de ese necesario golpe en la mesa para decir: basta, estamos hartos de la influencia religiosa en nuestra legislación y estamos hartos de un patriarcado autoindulgente que en el Siglo XXI decide simple y sencillamente “hacerse el loco”. Yo me limito a decirles que Costa Rica está para más. Costa Rica puede y debe ser una nación inclusiva, progresiva, solidaria, pacífica y humanista. Tarde o temprano, terminaremos de cruzar el puente. Por lo pronto, seguimos en deuda.

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