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El hueco

Actualizado el 02 de diciembre de 2012 a las 12:00 am

Donde la desazón tocó fondo

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El hueco

e abrió un hueco en media vía y el país entró en crisis. “Desastre”, “caos fatal”, “epidemia nacional”: fueron algunos de los epítetos utilizados para describir el cráter de proporciones hollywoodenses que apareció en la carretera General Cañas el martes 26 de junio.

Era de noche, noche de presas, no había de otra. ¿Culpa del hueco? No. O por lo menos eso no era lo que se opinaba en las parlanchinas redes sociales. En ellas, la noche era de indignación y de burla; ni una contratación millonaria en asesores de Facebook y Twitter pudo haber detenido el incesante ingenio del tico durante aquella velada.

Los chistes y críticas hicieron lo suyo a borbotones, acaparando las noticias virtuales en el timeline por un buen rato. Los memes e imágenes de humor despotricaban contra el Gobierno, el MOPT y la calidad del asfalto criollo, señalándolos como culpables de la aparición del hueco .

Los cibernautas le sacaron el jugo a los montajes fotográficos con personajes de la política local que se imaginaban saliendo del hueco, y otros más bien, con los que deseaban ver cayendo por el mismo orificio.

En uno aparecía Óscar Arias Sánchez inaugurándolo; en otro se veía a Justo Orozco al borde del hoyo, muy cerca de un hambriento dinosaurio que lo esperaba bajo tierra. Había otros montajes que involucraban a Hulk, Mazinger Z, El Chavo del 8, Bugs Bunny, las Tortugas Ninja, Homero Simpson y, por supuesto, la mandataria Laura Chinchilla.

En las redes, los cibernautas se sacaron el clavo, pero como no todo sucede en esos lares, de vuelta al caótico lugar de los hechos –en la mismísima ruta colapsada–, los choferes también se quejaban y, en señal de furia, se pegaban al pito (dícese del instrumento tico para descargar el estrés).

A los conductores no les quedó otra opción que resignarse a pasarla mal, o muy mal, dentro de su vehículo por un lapso mucho más prolongado del que tenían estipulado originalmente. Algunos reportes señalaban que trayectos que suelen hacerse en 25 minutos, aquella noche funesta se extendieron al menos por un par de horas.

Quienes sufrieron la desdicha en plena vía se vieron obligados a aplicar de nuevo la muy famosa excusa tica de “voy a llegar tarde por culpa de la presa”, pero esta vez no solo era una excusa, sino que era algo verídico.

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Aquella situación presentaba las condiciones óptimas para sacar de quicio a los conductores : clima lluvioso, atrasos en los viajes, desperdicio de combustible, pérdida de vuelos para quienes se dirigían al aeropuerto Juan Santamaría' ¡Bienvenidos todos a un temido cuello de botella!

Casi 100.000 vehículos se movilizan a diario por la pista General Cañas, pero con aquel hueco en medio, era difícil dar con una pista de por dónde podrían pasar tantos automóviles en los próximos minutos, horas y días. Lo único certero era que esa noche no pasarían por esa ruta.

¿Cómo brincarse el hoyo de cuatro metros de profundidad y nueve metros de diámetro? No había una respuesta para eso sin recurrir a la ciencia ficción, pero mientras tanto, las autoridades le achacaban la culpa de la calamidad exclusivamente a un hecho fortuito, a nada más.

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En el recuento de los hechos que guiaron hasta el incidente, la historia se pintó así: un árbol nadó y nadó hasta bloquear la salida del agua de una alcantarilla construida hace medio siglo. La tubería subterránea, de 3,5 metros de diámetro, colapsó ante su incapacidad para soportar el paso de 132 metros cúbicos de agua por segundo.

El desenlace llegó cuando, por el exceso de agua, se lavó la base de la carpeta asfáltica y, sin más por el momento, el asfalto se despidió atentamente a la altura del residencial Los Arcos.

Todo esto, casi con lujo de detalles, había sido motivo de advertencia cuatro años antes, en un estudio digno de clarividente . Este profetizaba un bloqueo vial de grandes magnitudes entre San José y Alajuela si no se tomaban estrictas medidas preventivas para evitar que la alcantarilla colapsara y se abriera un cráter.

El análisis lo presentó un abogado en el 2008, ante el Concejo Municipal del cantón Central de Heredia, que posteriormente reenvió el documento al Consejo Nacional de Vialidad (Conavi). ¿Al final alguien actuó tras escuchar la alerta? No.

Bendito tronco aquel que dejó en evidencia la falta de atención de la ruta 1 que, evidentemente, no ha sido la número uno en la lista de prioridades de mantenimiento y planificación vial.

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Con el eventual resentimiento de la vía, uno podría hacer profundas elucubraciones y suponer que la desatención se ha encargado en solitario de que los huecos se subleven en las calles a lo largo y ancho de las siete provincias de este feliz país. Imaginemos que los dichosos huecos saltan a la vista solo para quejarse precisamente de las calles con huecos. Siendo así, tendrían muchas razones para manifestarse.

Pensemos así, que el reconocido orificio en la General Cañas no estaba ni está solo en su causa de dejar en verguenza a los responsables del descuido vial. Si es así, qué bien que hizo su trabajo en levantar fuerte su voz.

Este era un hueco sin marchamo ni Riteve al día, un hueco sin permiso para interrumpir el libre tránsito. Pero eso no le importó un comino; era un hueco matón, un hueco en protesta.

No hay que ser docto en el tema de las concavidades para aceptar que a los costarricenses les son muy familiares los huecos sobre las calzadas, tan familiares como que esquivar cráteres es cosa de todos los días. Gracias a ellos, las calles de este país se dejan transitar solo cuando el conductor es diestro en el arte del zigzag.

¿Que acaso no es así? Aquel hueco en ruta nacional no hizo más que dar la cara por todos sus parientes, que no son pocos. Hablamos de orificios de diferentes tamaños y formas en diversas carreteras, calles y callejuelas de barrios y barriadas.

Son esos que se aparecen cada dos años en la época lluviosa y desaparecen casi otros dos años después, bajo cuadrantes de asfalto nuevo que intentan decir “aquí no pasó nada”. Así funciona la famosa política del bache, esa que parece no perder vigencia nunca.

Sin embargo, en el famoso hueco que nos preocupa acá, no había posibilidad de recurrir al bacheo. Más bien, ante la emergencia, apareció otro viejo conocido del costarricense: el bailey . Y es que ante situaciones de urgencia, el baile que se baila siempre es el del bailey , o lo que inglés sería algo así como bailey’s dance .

Desastre uno: capítulo dos

El 3 de julio, llegaron dos de los puentes “temporales” a llenar el vacío que hasta entonces permanecía impávido.

Con las estructuras metálicas colocadas, el paso se rehabilitó y se descongestionaron las rutas alternas, soluciones predilectas de los conductores y las presas durante seis días.

Fue hasta entonces cuando cambió el panorama en la carretera, para alivio del tránsito en el sentido San José-Alajuela. Con el alivio, vinieron a la memoria aquellos días en que las presas no se formaban ahí, sino en otras partes...

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39 días después, el MOPT anunció que las reparaciones se extenderían hasta el final de este año que aún no acaba. La solución definitiva sería una alcantarilla abovedada de 52 metros de longitud y un valor aproximado de $3 millones.

El hueco pasaba factura.

Mientras tanto, los palitos de dominguear –es decir, los puentes bailey – seguían haciendo su apacible labor “temporal”, ahora con otras dos estructuras iguales en sentido Alajuela-San José, para terminar de emparejar con acero el panorama.

La historia parecía haber llegado a un feliz final de temporada, pero los días de tranquilidad estaban contados...

Era martes otra vez (aparentemente un mal día para la General Cañas) cuando uno de los puentes bailey del capítulo anterior colapsó. El 6 de noviembre, este suceso parecía un déjà vu , pero de los malos: volvieron las bromas y las críticas de rápida ebullición, las rutas alternas colapsaron nuevamente y la ira se alternó entre las redes y las bocinas.

Una grúa de 84 toneladas se trajo abajo el remedio colocado meses atrás. Para suerte del Consejo Nacional de Vialidad (Conavi), esta vez la culpa del desastre no era suya ; el sobrepeso del vehículo era el responsable del nuevo caos.

El puente no lo decía en ningún lado, pero el peso máximo que soportaba era de 40 toneladas, casi la mitad de lo que pesaba el transporte de la empresa Grúas Quirós. El intrépido conductor salió multado con ¢94.000 por circular con carga pesada en una zona no autorizada, mientras que la firma resultó demandada por el Estado por los daños estructurales.

El Conavi corrió con las reparaciones como si tuviera una carrera por delante. La meta era completar el arreglo en siete días con un trabajo incesante de 24 horas, todos los días y con cuadrillas dobles. Esta vez no hubo puentes bailey ; se rellenó el área entre los puentes y los arcos de la alcantarilla, se tapó la alcantarilla abovedada y, por último, se chorrearon los carriles.

El 19 de noviembre, el Conavi terminó los arreglos en la susodicha pista, entregándola lista 24 horas antes de lo previsto.

Desde entonces, una carpeta de 12 centímetros de espesor cubre lo que por varios días fue una fosa. Es el mismo lugar donde más tarde volvieron los fantasmas de un cráter que se salió con la suya, al asomarse en tono quejumbroso, reclamando que aquí, en este país, la atención en infraestructura parece llegar al son de una emergencia.

Ya han pasado más de cinco meses desde que el cráter se abrió por primera vez. El asfalto recién colocado todavía huele a nuevo, pero por alguna razón, aún resulta más fácil recordar el gigantesco hueco que la reparación que ahora lo cubre.

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