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Tinta fresca: "El falso ateo y el falso creyente", por Jacques Sagot

Actualizado el 19 de enero de 2014 a las 12:00 am

La fe es constitutiva del ser humano. Me siento en una silla: hago acto de fe en que no se quebrará. Tomo un avión: hago acto de fe en que no se irá a pique. Confío en un amigo: hago acto de fe en que no me traicionará. Aun los ateos profesan una fe negativa: tienen fe en que no tienen fe.

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La fe es constitutiva del ser humano. Me siento en una silla: hago acto de fe en que no se quebrará. Tomo un avión: hago acto de fe en que no se irá a pique. Confío en un amigo: hago acto de fe en que no me traicionará. Aun los ateos profesan una fe negativa: tienen fe en que no tienen fe.

La fe no podemos inocularla. No podemos contagiarla. No podemos taladrarla en las conciencias

Me divierten los antievangelistas, los desvirgadores espirituales del mundo, esos que asumen la cruzada de sacarnos de nuestra “inocencia”. Conozco a verdaderos ateos. Son serenos, no intentan “des-convertir” a nadie, no sobrereaccionan, no fanfarronean, no exhiben su ateísmo, suerte de pornografía del descreimiento. Esos merecen todo mi respeto. Han estudiado, reflexionado y llegado a una conclusión. Se sienten satisfechos con ella, y eso les basta.

Los otros… pues son fanáticos. El furor con que intentan quitarnos a Dios es tan visceral, tan vociferante, tan insolente e irracional como el de quienes pretenden administrárnoslo intravenosamente. Niegan de manera bravucona y enfática… Justamente porque no están seguros de su ateísmo. Es para convencerse a sí mismos que tratan de convencer a los otros. La certeza es siempre serena. Hay ateos egregios (Sartre, Russell, Dawkings). Luego, un montón de criaturitas llenas de miedo, que gritan para no quedarse a solas con el silencio. Tranquilos, amigos: si tienen razón, nadie, después de morir, estará ahí para decirles: “¡Bravo!” Si se equivocan, tampoco se enterarán de lo que perdieron.

Ilustración: Jose Ferrer
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Ilustración: Jose Ferrer

Sí, se puede ser un fanático de la negación, como los fanáticos intransigentes y virulentos de uno u otro credo. El primer especimen suele juzgarse a sí mismo más ilustrado, ríe de los “pobre de espíritu” con condescendencia, como si dijese: “Perdónalos, Padre, que no saben lo que hacen” –solo que, en este caso, el Padre son ellos mismos, los grandes illuminati , los iniciados en la Verdad: Dios no existe. Podrían ser más humildes, y decir: “No he encontrado a Dios, pero de ello no infiero ni pretendo que no exista”. No universalizar su sentir. También la zorra, al no poder alcanzar las uvas, decidió declararlas verdes. Ahora no basta con decir que están verdes: hay que negarlas de plano: ¡no existen, jamás han existido, las uvas!

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Y luego están los que creen haber alcanzado las uvas… Las de su arbolito, que todos los otros arbolitos de la foresta son malos, espurios, falaces. Peor aun: tóxicos, ponzoñosos, un fatídico espejismo.

Amigas, amigos: no podemos imponer la fe por decreto constitucional. No podemos inocularla. No podemos contagiarla. No podemos taladrarla en las conciencias. ¿Qué podemos, entonces, hacer? Dar un testimonio (ofrecernos como testigos). Decir: mi vida ha sido más bella, más plena de sentido –o siquiera menos amarga– gracias a mi fe en (inserten aquí el nombre del dios, santo, o filosofía que merezca su devoción). Compartir la fe: sí, eso es legítimo. No actuar como dictadorzuelos del espíritu, no meter a Dios en Facebook, y lo esencial: no irrespetar a nadie. Hasta ahí, todo está bien. Aun más, si en efecto alguien ha experimentado la fe como revelación de la Verdad, es su deber dejar testimonio de ello. Un paso más, y ya entramos en los diktats , en terreno muy, muy peligroso. El país de Torquemada , Savonarola y Arbués .

Solo creo en la búsqueda, en la travesía, en el “ir hacia”. ¿El litoral? Desconfío de quienes dicen conocerlo demasiado bien, como de aquellos que lo niegan.

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