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El embrujo de la maquinita

Actualizado el 25 de mayo de 2014 a las 12:00 am

Me creí el mejor videojugador del mundo gracias al infinito "Inserte otra moneda para continuar". ¡Si todo fuera tan fácil como eso!

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El embrujo de la maquinita

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Tenía 12 años, 20 dólares y muchas dudas. En la escuela era lento para aprender: mi cabeza funcionaba en una dimensión alternativa de coloridos estímulos. Recuerdo que le tiraba penales a un gato de peluche con bolas de tenis y organizaba mundiales con las postales de Panini. Recuerdo que me las entendía mejor solo. Había crecido jugando Castlevania , viendo Mazinger Z en canal 13 y amando la voz áspera y el aspecto andrógino de Ana Torroja. Mis influencias tempranas quizá no fueron las mejores.

“La culpa es de los videojuegos”. Obvio, porque la culpa siempre es de los videojuegos. O porque la gente siempre necesita inventar algo. Proyectar, que llaman. Yo lo que proyectaba y sigo proyectando son espadas láser y dragones de bolsillo que me acompañan a cada paso y alivianan el viaje. A menudo les hablo. A menudo me contestan.

FOTO: SHUTTERSTOCK
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FOTO: SHUTTERSTOCK

Regresemos a aquella tarde, 20 años atrás. Salí del hotel con mis ahorros, dispuesto a enriquecerme con tantas tarjetas de la NBA como el primer súper que me topara pudiera venderme. En aquellas tierras nórdicas tan infames para quienes se pasan burlando de ellas (pero que no dejan de consumir todo lo que producen) no me tomó ni dos cuadras topar con el floreciente comercio local. La nómina de los Bulls de Chicago me esperaba pero no en papel impreso: demónicos rayos catódicos estaban a punto de secuestrar mi dinero y mi mañana. Y mi tarde. Y mi noch… “ehm, mejor regreso a la habitación antes de que a mi madre le dé algo”.

Pero antes de ese inevitable reporte a las autoridades: toda una aventura de degenere y perversión visual y sonora que irrevocablemente terminaría por convertirme en una amenaza para la sociedad. Ya saben, los Pitufos, Ulises y Josefina: todo bien. Pero soltar una granada en Commando… ¡válgame Dios!

Tierra de nadie: tierra de todos. Entré a aquel salón de 'arcades' con la expresión de Macaulay Culkin en la escena de la juguetería de 'Mi pobre Angelito 2'

Tierra de nadie: tierra de todos. Entré a aquel salón de arcades con la expresión de Macaulay Culkin en la escena de la juguetería de Mi pobre Angelito 2 , prueba infalible de que las segundas partes también pueden ser buenas. Precisamente en la máquina de Terminator 2 se fueron las primeras monedas. Pasar de dispararle a los patos con el zapper del Nintendo a empuñar aquellas metralletas mano a mano representó un salto epistemológico de primer nivel. Muy a pesar de eso, nunca en la vida me dio por siquiera tocar un arma. Y eso que compré más de un disco de Marilyn Manson.

Habría querido acabar con la amenaza del T-1000 en una maratónica jornada de plomo y acción, pero muy a pesar de lo que los más neuróticos se permiten pensar, incluso sobre la fantasía se impone siempre la realidad. Ya lo decía una camiseta que algún día encontré en una tienda de ropa americana: “Tantos videojuegos… ¡tan poco tiempo!”. Me moví entonces a la siguiente máquina atraído por la fila indecente que se formaba a su alrededor.

El título del juego: Mortal Kombat II. Ah, la polémica. El primero había resultado tan incómodo para la moral y las buenas costumbres que desató la creación de la ESRB, también conocida como la versión para los videojuegos de “Estimados padres de familia, a partir de esta hora, los programas que se presentan no son recomendados para menores de 14 años”. Las cosas de la vida: yo, a los 8 años, vi Quinceañera y con eso me bastó para quedar atrofiado para siempre. La daban antes de las nueve.

No pude jugar Mortal Kombat , la fiebre de los pubertos gringos era demasiada y el tiempo, como dije, muy poco. Cada segundo de fila era un segundo perdido: ya me sacaría las ganas con la adaptación en SNES… eh digo, en Sega, con sangre incluida. Pasé entonces al juego de Los Simpsons y me creí el cuento de que era el mejor videojugador del mundo gracias al infinito “inserte otra moneda para continuar”. Y continuaba. ¡Si todo fuera tan fácil como eso! Recuerdo que Marge abanicaba épicos golpazos con una aspiradora, “poder” impensable hoy día sin que la mitad de la Internet obligara a Konami a disculparse. ¡Que no me digan que los tiempos no han cambiado!

Con $4 en la bolsa, me dirigí a la que sería la última máquina de la jornada: NBA JAM. ¿Cómo no la vi antes?

Con $4 en la bolsa, me dirigí a la que sería la última máquina de la jornada: NBA JAM. ¿Cómo no la vi antes?

No estaba Jordan, claro, porque Jordan por sí solo valía lo que toda la NBA y pagar su licencia era imposible, pero la pérdida fue suya y no nuestra: aquel era el mejor juego de deportes que había visto desde Nintendo World Cup, ese título épico en el que uno ganaba los partidos a punta de empujones, patadas y chilenas estrafalarias.

NBA JAM enfrentaba a los equipos de básquet en parejas en un legítimo todo vale; la bola no salía, no había faltas y los hundimientos eran capaces de destruir el tablero. Juro que hasta JJ Martínez habría sido capaz de dejarlo todo por una noche de canastas EN FUEGO.

Regresé al hotel orgulloso de mi incipiente inglés (había hecho dos amigos que me indicaron dónde comprar juegos usados de súper a precio amigo) y con dos mensajes calcados en mi cerebro luego de que brillaran una y otra vez en la pantalla entre cada juego: “Dígale no a las drogas” y “Siga estudiando”.

Ya saben, porque los videojuegos son del diablo y porque uno es incapaz de diferenciar el bien del mal tras gastar el regalo de su madrina en aquellas máquinas de perdición.

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