Entretenimiento

Tinta fresca: La edad de la nostalgia

Actualizado el 01 de junio de 2014 a las 12:00 am

“Un joven iracundo golpea en nuestro interior y pregunta de qué hueso estamos hechos”

Entretenimiento

Tinta fresca: La edad de la nostalgia

Rellene los campos para enviar el contenido por correo electrónico.

El tiempo pasa y por fin –hora era– somos sabios. Y ser sabios resulta ser algo parecido a lo contrario: comprender por fin cuántos y cuán graves han sido nuestros errores. ¿Será eso la nostalgia, un tesoro trunco? ¿Añorar la vida que nos prometimos, aquella con la que soñaba el tarot de nuestra juventud, esa que extraviamos en módicas renuncias cotidianas?

¿Cuándo nos cometimos traición? ¿Qué nos distrajo? ¿En qué confusa madrugada abandonamos nuestro paquete de sueños bajo el asiento de un autobús en marcha? (¿Es eso la nostalgia, soñar en reversa?)

Los que pasamos ya, como mínimo, los cincuenta años, nacimos bajo la luz de la utopía. Cambiar el mundo no era una expresión acuñada, era el primer punto de la agenda: de la píldora a Vietnam, de Allende a los Black Panthers, de las primeras marchas en bicicleta a la quema de sostenes, del asco por los militares a la conspiración. Íbamos a cambiar el mundo, como procede cuando se es joven, y lo cambiamos. No quedó quizás como pensábamos. No llegamos a ser lo que queríamos. No entregamos un futuro inmaculado a nuestros hijos. Porque sabios somos ahora, que entonces no, y ver la caída en picada de las verdades absolutas te embarga de dolor y de prudencia.

Ilustración: Manuel Canales
ampliar
Ilustración: Manuel Canales

¿Cuándo nos cometimos traición? ¿Qué nos distrajo? ¿En qué confusa madrugada abandonamos nuestro paquete de sueños bajo el asiento de un autobús en marcha? (¿Es eso la nostalgia, soñar en reversa?)

Nos contemplo ahora, envejecidos, a los adolescentes de los setentas y mido la distancia sideral que nos separa de nuestros propósitos del anuario de la escuela. Íbamos a patentar el amor, invención nuestra; miro el asombro en los ojos de los hijos, deambulando entre sus escombros. Íbamos a corregir a nuestros padres y la lista minuciosa de sus fallos; cómo nos sorprende su voz saliendo de nuestra boca. Hago un recuento de las pérdidas, de los amigos muertos. Me he transformado en mi abuela, porque al fin leo y se publican para mí los obituarios.

Pero el tiempo pesa y por fin –hora es– estamos sabios y estamos vivos, y arranca apenas la mocedad de nuestra senectud. Estamos vivos: aún un joven iracundo golpea en nuestro interior y nos pregunta de qué hueso estamos hechos.

Estar vivos es dejarse corregir por la esperanza, pedir perdón a quien no fuimos y ya nunca seremos, decirse que allí donde pusimos nuestro amor, llámese patria, prójimos, profesión, pareja, y lo desbarató la tempestad, pusimos nuestro amor , y es lo que importa. Empecinarnos en buscar al que seremos sin soltarles la mano a las pocas certidumbres que encontramos. Confiar como astronautas en la ruta que nos conduce al ideal.

Un viejo no es más que un joven que ya sabe. Y que se apresta a continuar.

  • Comparta este artículo
Entretenimiento

Tinta fresca: La edad de la nostalgia

Rellene los campos para enviar el contenido por correo electrónico.

Ver comentarios
Regresar a la nota