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Tinta fresca: Para qué demonios estudiar

Actualizado el 15 de febrero de 2015 a las 12:00 am

Estudiar puede ser un placer, puede ser pasajero, es imprescindible y es un privilegio

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Estudiar puede ser un placer, puede ser pasajero, es imprescindible y es un privilegio (Manuel Canales)

Papá lo sabía todo: desde el fulgurante trayecto de Alejandro Magno, hasta la vida íntima de los átomos; desde cómo construir un endecasílabo heroico, hasta de matemáticas puras. Era adorador de Aristóteles y servía el banquete de sus tratados filosóficos en la mesa novata de mi entendimiento.

Papá se leyó un diccionario. Un Vox verde –pequeñito, no exageremos– pero marcó en él con humilde rigor todos los vocablos que no conocía, trazando así no el mapa moderado de su ignorancia, sino el océano de su avidez. Papá quería aprender. Todo.

Para educarme inflamó en mí esas dos virtudes que tradicionalmente pasan a ser vicios si las posee una mujer: curiosidad y pasión (lo que habla bien de mi papá y pésimo de la sociedad).

Cuando tuve que estudiar, por fin, no para ser la cómplice secreta de mi padre sino para pasar de primaria a secundaria y de allí a la universidad, los profesores se toparon con mi temible apetito: quería saberlo todo. (No, no todo, miento: no soy papá. Gané biología a punta de afiladísima disciplina.)

Vuelve febrero y vuelven las clases. No está mal recordar que estudiar puede ser un placer, puede ser pasajero, es imprescindible y es un privilegio.

Si estudiar nos fastidia, pensémoslo al revés: ¿qué tal si no pudiéramos? Estaríamos indefensos. Cualquiera podría engañarnos, estafarnos, explotarnos.

Si creemos desperdiciar neuronas en materias que juzgamos inútiles y sosas, imaginemos por un segundo que el conocimiento es un palacio de muchas habitaciones y que quizás sólo esta vez en la vida tendremos ocasión de entreabrir algunas de sus puertas y admirar la vasta maravilla de su interior.

Quizás solo esta vez en la vida, porque los años de estudio ocupan, finalmente, un breve espacio en el contexto de una existencia. Pero solo en ese espacio preciso se darán las condiciones óptimas para que comprender el mundo y nuestro sitio en él, sea nuestra principal ocupación. Hoy nuestro oficio es pensar; mañana será construir.

Las condiciones óptimas… para quienes de ellas gocen. No todos pueden estudiar, ni estudiar lo que quieren, ni cuando quieren, porque no se los permite la pobreza, la distancia, la prohibición paterna, las responsabilidades familiares, la intolerancia religiosa, la represión política, la pequeñez del medio.

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Un pueblo que no estudia no alcanza la plenitud material ni espiritual. No dará lo mejor de sí ni obtendrá lo que anhela.

Muchachos: a desentrañar el mundo. Maestros: a ofrendar su pasión. Que querer aprender se convierta en epidemia.

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