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En defensa de ‘ 5 minutitos más’

Actualizado el 10 de abril de 2016 a las 12:00 am

Históricamente, despertar temprano ha sido sinónimo de éxito y entrega. Quienes duermen hasta tarde, en cambio, son vistos como vagabundos. ¿Podrá la ciencia defender a quienes todas las mañanas presionan el botón de snooze una y otra vez?

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¿Amiga o enemiga? La alarma es un martirio en la mañana para quienes tienen el horario de sueño invertido. | ISTOCK.

Lo he escuchado de todas las formas posibles. A lo largo de mis 28 años de vida, una y otra vez se me ha dicho que el cuerpo se acostumbra. Que con la edad, me vendrá el gusto por madrugar. Que es cuestión de madurar.

A lo largo de esos mismos 28 años de vida míos, me he sentido frustrado y decepcionado; a veces, incluso, molesto conmigo mismo.

¿Por qué es tan difícil para algunas personas levantarse temprano, cuando para otras es un estado natural? ¿Por qué algunos seres humanos son productivos cuando sale el sol y otros escribimos artículos a la 1:30 de la mañana, absolutamente despiertos y atentos?

El mundo moderno está construido en función de asociar despertarse temprano con ser exitoso y entregado al trabajo, mientras que salir de la cama a las 10 de la mañana es, en esencia, un pecado mortal; un sinónimo de vagancia, de desinterés y de malas decisiones.

Esto, por supuesto, no pasa del estereotipo. Nuestra civilización se ha construido en torno a este. Pero la ciencia ha demostrado que, en efecto, tener un reloj biológico nocturno no es una cuestión de costumbre ni madurez, sino una predisposición natural genética de cada individuo.

Es decir, que la capacidad de un individuo de despertar a las seis de la mañana sin que esto se convierta en poco menos que una tortura viene de nacimiento, y no es una capacidad adquirida.

Al que madruga, la biología le ayuda

En la biología existe un concepto llamado “ritmo circadiano”, que se refiere a los ciclos que atravesamos todos los seres vivos en un periodo de tiempo determinado, y a las variaciones rítmicas fisiológicas que atravesamos en esos periodos.

Estos ritmos no se limitan al sueño, sino a toda función del cuerpo. “Cada hormona, neurotransmisor y químico en el cuerpo realiza ciclos con un ritmo diario”, explicó Philip Gehrman, un clínico e investigador del sueño de la Universidad de Pennsylvania, en un artículo publicador por la revista digital Vox .

Lo mismo se repite a lo largo de la flora y la fauna. Las plantas metabolizan, los perros duermen.

Dormir en el bus de camino al trabajo es común para quienes no logran conciliar el sueño durante la noche. | ISTOCK.
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Dormir en el bus de camino al trabajo es común para quienes no logran conciliar el sueño durante la noche. | ISTOCK.

Eso sí, el ritmo circadiano –lo que popularmente llamamos reloj biológico o reloj interno– no está determinado a 24 horas exactas. De acuerdo con Gehrman, es más bien unas 24.3 horas, y suele estar determinado por el sol. Ese tercio de hora es contrarrestado con un esfuerzo mínimo del cuerpo para abrir los ojos y salir de la cama.

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Sin embargo, esto no ocurre como regla absoluta. De hecho, un estudio publicado por la Biblioteca Nacional de Medicina de Estados Unidos indica que, aunque la mayoría de las personas están “hechas” para madrugar, hasta un 40% de nosotros no concibe esto como un acto natural, porque nuestro reloj biológico no está asociado al ciclo solar.

Aunque está comprobado que esto sucede, no existe una explicación concreta sobre por qué sucede. De acuerdo con la Asociación Nacional de Psicología de Estados Unidos, puede deberse a que algunas personas nacen con un ritmo circadiano no de 24.3 horas, sino de 24.5 o 24.7 horas. Cuanto mayor es el retraso, más grande es la batalla del cuerpo para salir de su estado de reposo.

Al que madruga, le sube el colesterol

El asunto se torna más complicado cuando el esfuerzo por despertar –e ir en contra de lo que el cuerpo necesita– puede ser la diferencia entre mantener un trabajo y estar desempleado, o aprobar y perder un curso.

Cuanto más tiempo el cuerpo batalla por acoplarse a un horario biológico que no es el suyo, mayor es el deterioro.

Por ello, es normal que algunas personas sientan mayor agotamiento que otras durante el día –no que esta sea la única causa, pero sin duda es una importante–, aunque no puedan pegar párpado cuando llegan a la cama al final del día.

A ese deterioro se le llama “ jet lag social”, a partir del desconcierto al que es sometido el reloj biológico cuando se vuela de una zona horaria a otra (como ir de paseo a Europa y despertarse a las tres de la mañana con ganas de un pinto con huevo).

El “ jet lag social” no es solamente el nombre de su nueva excusa la próxima vez que llegue a una reunión a las 8 de la mañana; también es una causa de obesidad, diabetes y otros padecimientos.

En un experimento realizado por científicos europeos en el 2012, una población de 65.000 sujetos exhibió mayor riesgo de sufrir depresión y asumir hábitos poco saludables, como fumar, cuando se obliga al cuerpo a despertar a una hora que no le es natural durante un período prolongado de tiempo.

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Otro estudio, publicado por la revista científica Science Translational Medicine , publicado en el 2012 también, determinó que los horarios de sueño antinaturales provocaron un aumento de peso de hasta 12.5 libras en una población de 24 sujetos saludables, sin que estos cambiaran sus hábitos de alimentación o ejercicio.

Al que madruga, no le hace falta ayuda

No hace falta más que la observación a simple vista: el mundo favorece a quienes madrugan, y otorga a estos autoridad moral para reprochar a quienes duermen hasta tarde. ¿Es esto acaso una forma sosegada de discriminación?

En el artículo publicado por Vox sobre este tema, Camilla Kring, fundadora de la organización B-Society –que busca alertar a las personas sobre los riesgos de ir en contra del reloj biológico–, asegura que de hecho la discriminación en contra de quienes duermen tarde es absoluta.

De acuerdo con Kring, despertar a deshoras es un despropósito en término de productividad y salud, y que es responsabilidad de los empleadores brindar horarios más flexibles para que las personas puedan trabajar a su mayor capacidad.

“Basta con que la flexibilidad sea de una o dos horas para que los cambios se noten de forma instantánea. Los pequeños cambios nos pueden favorecer a todos”, comentó.

La tendencia de permitir a los empleados trabajar desde casa, y de que el trabajo sea juzgado a partir de objetivos y no de horarios, ha crecido de forma lenta pero constante durante los últimos años.

Tal vez esa sea la respuesta para que las personas sean más productivas y saludables, más felices. Tal vez esa sea la respuesta para que, dentro de unos años, no tengamos que mentirnos a nosotros mismos cada mañana susurrando “solo cinco minutitos más”.

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Danny Brenes

danny.brenes@nacion.com

Periodista de entretenimiento

Se unió a Grupo Nación en el 2012. Escribe para la Revista Dominical desde principios del 2015. Trabajó en la revista Su Casa y en 89decibeles.com.

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