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Fotoensayo sobre los cuidadores

Más allá del límite

Actualizado el 30 de junio de 2013 a las 12:00 am

La espalda no da para más y los ojos se cierran por el cansancio. Mas todo, absolutamente todo se aguanta por él o por ella. En el fondo, no es solo un asunto de responsabilidad. Es amor.

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Más allá del límite

Fotografías: Abelardo Fonseca / Texto: Ángela Ávalos R.

La espalda no da para más y los ojos se cierran por el cansancio. Mas todo, absolutamente todo se aguanta por él o por ella. En el fondo, no es solo un asunto de responsabilidad. Es amor.

Ese sentimiento –la definición más usual de servicio– es lo único que puede explicar la fuerza para levantar al enfermo una y otra vez, alimentarlo como si se tratara de un bebé grande, cambiarle el pañal, bañarlo con delicadeza, curarle las heridas o darle la medicina.

Solo el amor lo hace posible. Y, además, uno sin límites.

Puede ser la hija (sí, generalmente es la mujer), el esposo, un hermano. La verdad, para los otros casi no importa quién sea, mientras haya alguien que cuide al viejito con demencia senil o alzheimer; o le dé los cuidados al pariente con alguna enfermedad grave, como el cáncer.

No importa porque, generalmente, el cuidador(a) no es tan trascendental para los otros mientras no se enferme o se doblegue.

Si eso pasa, todos corren. “¿Quién cuida a mami, a papi? ¿Cómo es que se le dan las medicinas? ¡Por Dios! ¿Alguien sabe de las citas y los exámenes?”

La verdad sea dicha: nadie cuida al cuidador (para ser justos, digamos que son pocos quienes lo hacen).

Si él o ella no se cuida, nadie más lo hará. Y dedicar tiempo para sí mismo(a) se vuelve una ilusión en la mayoría de los casos donde los otros parientes se limitan a ayudar de lejos.

Cuando el enfermo se ha ido, el vacío es enorme y es el momento en que, muchas veces, aquella persona que se convirtió en su ángel en la Tierra se siente más solo(a). ¿Liberación o descanso? Ninguno de los dos. En la mayoría de las ocasiones, ese vacío se transforma en algo llamado soledad.

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