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Tinta fresca: Las cosas que importan

Actualizado el 06 de noviembre de 2016 a las 12:00 am

Somos más agua que tierra. Mucha agua salada a la que los ticos, resguardados en los valles, le damos la espalda. Hay que meterse al mar, conocer hasta el fondo, ver la tierra por encima y por abajo. Un viaje por debajo de la Isla del Coco.

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Hace un año hice mi primera inmersión profunda en el Océano Pacífico. Alonso, un cinta negra en parques nacionales, fotógrafo y compañero de trabajo, lanzó en segundos una ocurrencia, aparentemente fugaz, que se convertiría en una relación formal con La Isla del Coco, y un descenso iniciático, y algo torpe, hacia el agua de mar.

Aprendí, en ese segundo, que no me voy a torturar más por mi manía de decir que sí siempre, y cargar luego con las consecuencias. En menos de un mes de esa conversación, estaba en Pavas, a las 6 p. m., a punto de entrar en una piscina pequeña. Cargaba pesas, neopreno, válvulas, careta, esnórquel, tanque, reguladores, patas de rana, algo me falta de recordar, sí, un pañuelo en el pelo.

Me hundía en el agua mientras repetía lo que había aprendido, no con el fin de salvar mi vida, sino porque no podía atrasar un día el curso para la certificación de buceadora. Para mí esto era el equivalente a una visa. Un sello de acceso a una realidad aumentada por la presión que ejerce el agua contra el cuerpo.

Mi nivel básico de Estudios Sociales, adquirido en un colegio público con vocación al arte, era menos que superficial. Sin la prensa diaria y algo de ciencia que aprendí en la literatura que leo, entender el lenguaje de los guardaparques me hubiera devuelto al momento en que como respuesta, le digo a Alonso: ¡jamás!

Pero a cuarenta horas de distancia y cuatro gravol en el sistema, un evento sobrenatural, cubierto de neblina y presencia mínima de cocos, me organizó la cabeza. Llegué a la Isla del Coco para escribir sobre el trabajo de los guardaparques. Saqué la licencia de buceo tres días antes de embarcarme y 6 días antes de mi primera inmersión en un mar poco explorado, que habla hoy de cómo era el planeta hace cientos de años.

Las cosas que importan

Sumergida, liberando un cardumen de burbujas aprendí algo que hasta hoy terminé de entender y tiene que ver con claridad, calma y memoria. Aprendí que usamos la palabra inmensidad para adjetivar el cielo, y que grandeza remite a tierra; pero que en un país bordeado por océanos, y compuesto en su mayoría por agua, nos permitimos darle la espalda al mar. Aprendí también que tomo mejores fotos submarinas cuando la cámara, por 10 minutos no apunta a mi esnórquel.

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En el punto más al suroeste de la provincia de Puntarenas, a más de 500 kilómetros de la costa continental, conocí a Dulce, Filander, Josué, Golfin, Guillermo, Martha, Víctor (Miesti), Manuel, los amigos. Cuidan la Isla que no conocemos. Una realidad diagnosticada de burocracia anacrónica y el entrabamiento que sufren todas las áreas de conservación en este país, y que igual que todas, sale adelante con donaciones, porque su propio Estado no ha logrado establecer un sistema administrativo que le procure autonomía financiera. Se mantiene, eso sí, por visiones conjuntas, apoyos de verdaderos amigos de la Isla y el trabajo de guardaparques con complejidades, pero convencidos de que su oficio no se trata del presente. Son, en mi cabeza, centinelas del futuro.

Algunas noches pienso en esa cordillera sumergida que atraviesa el Pacífico; que en el fondo, todos habitamos el mismo pedazo de tierra, y más aún, pienso en esa cumbre desolada, con su tronco consumido en el agua. Solo vemos la superficie de la Isla del Coco, tan grande y diminuta a la vez, que no sale de mi cabeza.

Vuelvo a ese lugar siempre que quiero, me tapo la nariz como cuando me tiro al agua y estoy allí, caminando en bahía Chatham encima de los pasos que dejaron los piratas.

Esto no es un mensaje, esto solamente es un recuerdo.

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