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Tinta Fresca

No hay corazones iguales

Actualizado el 30 de junio de 2013 a las 12:00 am

Se aprende mucho siendo patólogo, especialmente sobre la vanidad humana

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Recuerdo a un francés condenado a muerte que pidió ser guillotinado boca arriba y sin venda en los ojos, para observar la guillotina cayendo sobre su garganta...Frente a la muerte habría que plantarse con similar indiferencia, partiendo de que es lo más democrático y mediocre que existe. Si morirse fuera algo glamoroso, todos tendríamos entre nuestras amistades a enterradores, embalsamadores, imaginativos empresarios de pompas fúnebres (como una vez lo fue el Deportivo Saprissa), y patólogos.

Existe un patólogo mexicano de quien me hubiera gustado ser amigo. Se llama Francisco González-Crussí y es autor de un libro de ensayos titulado Notas de un anatomista , que recibí por correo y autografiado por él, en un gesto de generosidad que ha cambiado mi visión del cuerpo y de la muerte.

González-Crussí dice que el contacto constante con los muertos forma el carácter. El patólogo es de las pocas personas que lidian con la muerte de frente, sin ambigüedad. Se aprende mucho siendo patólogo, especialmente sobre la vanidad humana.

Al examinar el cadáver, el patólogo puede explicar las vidas que ha llevado el difunto. Y lo hace prácticamente a solas. Los parientes lloran, los curas los reconfortan, los poetas escriben elegías. Pero una vez cerradas las puertas de la morgue, el patólogo enfrenta en soledad al muerto, viola su intimidad, recoge información que puede convertir en abstracciones y someterla a pruebas científicas.

Antes de elaborar sus hipótesis, sin embargo, el patólogo debe meter sus manos en la sangre y en las secreciones viscosas, experimentar sensaciones repulsivas, soportar olores nauseabundos, ver cosas poco edificantes.

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Imagen sin titulo - GN

En la época heroica de la patología, a algunos precursores no les repugnaba dar una probadita a los humores de los muertos. Morgagni, uno de esos adelantados, registró el sabor de los tumores en la columna vertebral de un cerdo, y Valsalva, su discípulo, probó los fluidos de tumores de ovario y de riñón. Esto ya no es necesario, huelga decirlo, pero siempre el patólogo se las tiene que ver con masas putrefactas, pesar y medir tumores, y otras cosas que harían desmayarse a más de uno.

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El campo de estudio de los patólogos –dice González Crussí– son hombres, mujeres y niños cortados en pedazos, destrozados a golpes o balazos y convertidos en masas sanguinolentas, carbonizados a altas temperaturas, sumergidos en tanques de ácidos corrosivos, inflados por inmersión, medio comidos por las ratas, convertidos en nidos de moscas, desollados por abrasivos químicos, azulados por la asfixia, o fracturados en numerosas piezas irreconocibles tras un accidente de tránsito.

El patólogo se interesa en el muerto como persona muerta. Un patólogo que ha hecho cientos de autopsias sabe que no hay dos corazones iguales, que la forma del hígado nunca es igual, que las venas se ramifican de manera única.

En el frío mármol de una mesa de disección, el patólogo sabe más sobre el muerto que su confesor, o su analista, o sus amigos

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