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Donde el corazón purifica

Actualizado el 18 de octubre de 2015 a las 12:00 am

Entre ramas y nubes con tonos pastel existen opciones para seguir erizando la piel

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Donde el corazón purifica

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Lo más bonito de viajar sola es eso: viajar sola. No se comparte cama, ni comida, ni agua caliente, ni hay que debatir por aire condicionado o aire de ventana. Siempre que exista la oportunidad de migrar a lo lejos, se migra. 

 Porque en este país lo lejos no es mala noticia. Es esencial: agua, sol, árboles, frío y calor. Todo lo que rodea nuestra capital es medular.

 Los viajes en pareja tienen el potencial de ser catastróficos. Ella quiere sol de mediodía, él sombra de gypsum ; ella quiere apagar la televisión, él no, y así.

Por eso es que viajar con pocas maletas y sin atrasos es importante. O yo lo prefiero así.

Era miércoles. La instrucción, de acuerdo con la serie de reportajes turísticos que se están publicando en estas semanas en convenio con el ICT era puntual: “La temática del paseo es romance. Todas las actividades se harán en función a una pareja”.

Lo primero que pensé fue responder: “¿Pero cómo voy a ir a un viaje de parejas sin pareja?”. Pero no lo hice, mejor alisté un bulto con ropa y subí a la buseta a la mañana siguiente.ff}
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Parque Nacional Carara. Foto: Gabriella Tellez.
La primera parada fue en el Parque Nacional Carara, que se encuentra en el Pacífico Central de Costa Rica, en la provincia de Puntarenas y SanJosé, entre los cantones de Turrubares y Garabito; ahí el guía Roy Arroyo nos esperaba, a mí y a Gaby, la fotógrafa.
Antes de ingresar a los senderos, Arroyo nos quiso dejar clara la diferencia entre un parque y una reserva.
Esto fue lo que entendí: el parque es una zona repleta de riquezas para promover el turismo ecológico, y las reservas son todo lo contrario, intentan mantener su legado intacto. Ambas son necesarias para que el planeta no se asfixie.

Carara tiene cerca de 45.000 hectáreas de montaña y se pueden ver más de 350 tipos de aves.

“Pero hay que madrugar para ver bastantes aves”, nos advirtió Arroyo, porque ya son las 9: 00 a. m. y es posible que la mayoría de animales estén escondidos.

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Pero al menos aún se conserva el arte de caminar y observar, y eso hicimos.

En una caminata de más o menos 45 minutos, pudimos comprender las diferencias entre el bosque tropical húmedo, el primario y el secundario.

Caminamos por un sendero que nos obligaba a detenernos cada dos pasos para escuchar a Arroyo explicarnos la importancia de no matar hormigas: “mantienen con vida a ese árbol”.

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Parque Nacional Carara, gusano que en su metamorfosis se convertirá en una mariposa nocturna. Foto: Gabriella Tellez
Después vimos una chicharra sin cuerpo que revoloteaba con tanta fuerza, que solo podría asumirse como dolor. También nos contó sobre la saturnina, un tipo de polilla nocturna que no vimos, pero él recordó cuando vimos mariposas.

Entre ramas ancestrales y mosquitos, Arroyo nos contó sobre el origen del por qué una inmensa mayoría de mujeres aman ir de compras y otra inmensa mayoría de hombres, no.

“Desde el origen de los tiempos, las mujeres eran las recolectoras. Mientras el hombre cazaba, ellas debían escarbar entre la maleza buscando semillas, y eran ágiles y cuidadosas. De ellas es que nace la agricultura y también, ese arte de recolectar con tanta rapidez”. Y concluye: “Las mujeres son seres muy superiores”.

Finalizamos la caminata con la piel húmeda y el corazón lleno, porque, de verdad, caminar entre el bosque es sagrado.

La segunda parada exigía un estómago resistente. Almorzamos en Rainforest Adventures, en Jacó. Pasta, arroz, frijoles, pollo, ensalada y de postre: canopy.

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Teleférico del Rainforest. Foto: Gabriella Tellez

Pero antes de llegar a las cuerdas, subimos a un teleférico que calmó los nervios. Vimos copas de árboles y ríos secos. Y vimos, entre muchas hojas, un oso perezoso. Tan arriba, en total silencio, se sujetaba de una rama, inmune a nosotros.

Le pregunté a nuestros instructores Camilo y Roy si no se aburrían de ver y hacer lo mismo todos los días. Ambos coincidieron en la respuesta.

— El bosque nunca es igual.

Una vez en tierra firme, los guías me explicaron las probabilidades que tenía de quedarme sin un dedo o de caer al vacío: “Una en un millón de billones”.

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Entonces, lo único que había que hacer era dejarse ir. Abrir los ojos, ver muy arriba, toparse con aves, ver hacia abajo, seguir volando.

El recorrido fue de 10 cables y luego fuimos a un mariposario que alberga cientos de vidas en capullos y larvas.

Para deshacernos de la adrenalina, nos hospedamos en el Hotel Pumilio, donde dormimos en camas altas y caminamos por un río para conocer unas cataratas.

El camino era de piedras grandes y agua fresca. Pasamos encima de puentes, nos topamos con niños, un camión de huevos nos saludó: “Huevos, huevos, ¡hola!”.

De todos los hoteles de la zona, este se diferencia por la comida: no tiene un restaurante, sino muchos. Ahí se puede ordenar comida de un menú que ellos crearon en conjunto con restaurantes en Jacó, lo que hace que la oferta de comida sea gigante.

Además, los cuartos tienen la cocina afuera, lo que cambia completamente la dinámica. Se almuerza viendo árboles, lluvia, tucanes y el cielo.

Con solo pocas horas en el hotel, fue fácil sentir comodidad, propiedad del espacio, como en casa.

Para finalizar el viaje, pasamos el segundo día en el Hotel Villa Caletas.

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Anfiteatro del Hotel Villa Caletas. Foto: Gabriella Tellez

Ahí todo es lujo. El cuarto prácticamente nos gritaba: "No salgan, duerman, coman y sigan durmiendo". La piscina era cálida; el sauna, también. Pasamos horas flotando en agua y sábanas. En la mañana, el yoga deshizo nudos.

Lo que más recuerdo de Villa Caletas fueron los muchos lugares que hay para ver el mar, desde muy arriba.
En medio de un complejo bastante ostentoso, está el agua y las sombras que se hacen en el mar –que desde donde yo estaba, parecían olas. Aquí se descansa, se regenera y se duerme bien. También se puede visitar una playa "privada", como llaman ellos. Un chapuzón exclusivo.
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Playa de acceso privado en el Hotel Villa Caletas.Foto: Gabriella Tellez
Después de todo, ir a un viaje de parejas sin pareja no es malo. Fue todo lo contrario: nos llevó a ver espacios tan grandes de naturaleza que superaron la vista.
Fue caminar entre riachuelos y conocer pueblos en Jacó que desconocía. Todo el tiempo, recordaba lo que Roy Arroyo, nuestro guía en Caraca, nos quiso dejar como enseñanza para la vida.
“El bosque es magia. ¿Y saben que es lo mágico? Lo que la ciencia aún no puede explicar. Todo eso que sentimos en la naturaleza: la calma, la energía, la felicidad, eso nadie lo puede racionalizar. Es como la magia del amor, nadie lo sabe explicar, y eso es solemne”.
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