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Tinta fresca: Los cínicos no sirven para este oficio, por Diego Delfino

Actualizado el 14 de julio de 2013 a las 12:00 am

“El cinismo no es sabiduría, es una forma vaga de decirle al mundo que te han herido”. Nana Grizol

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He recibido no pocos comentarios sarcásticos por el uso que le doy a este espacio. Destacan usualmente los que vienen de la mano de los supuestos referentes intelectuales del nuevo siglo; se sabe, aquellos que compiten por la pose del más amargado y el más cínico, “cualidades” popularmente admiradas como sinónimos de pensamiento culto y progresista. El argot digital moderno toma el término anglo hater para referirse a estos personajes. Yo los describo más bien como “personas con mucho tiempo y poca imaginación”, pero acepto que no es una definición tan sexy.

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Pues bien, algunos de estos haters menosprecian estas letras por la ligereza con la que se dejan leer: “columnas light ” les llaman. Llevan razón, estas piezas pretenden –muy adrede– ser tan asequibles como me lo permita el teclado. Buenos amigos también me han señalado que extrañan aquí textos más incendiarios y críticos, como los que de cuando en cuando publico en otros medios. Otros me dicen que no soy yo ejemplo de lo que aquí pregono, cual si de eso se tratara la cosa. Concluyo así que si hay algo que todos tenemos en común es la capacidad de opinar y raudo recuerdo que eso no significa que todas las opiniones merezcan la misma atención. Una opinión que sí valoro y que sí me importa es la de quien en vida fuera uno de los más celebres periodistas y cronistas de Europa, Ryszard Kapuscinski (1932-2007). Precisamente el año de su muerte llegó a mis manos un pequeño libro que resume algunos de sus últimos pensamientos acerca del buen periodismo y cuyo título tomé prestado para esta columna. Joven, inseguro y arrogante, recuerdo que pensé entonces “le voy a demostrar a este bombeta que sí se puede ser un buen periodista incluso desde el cinismo”. Para cuando terminé la lectura, había recibido una clase magistral que, como toda memorable paliza, siguió resonando dentro de mi cráneo una y otra vez, especialmente cuando mi oficio me puso cara a cara con realidades muy distintas a la mía. Realidades que tengo claro no ayudaré a cambiar si dedico la totalidad de mis textos a la siempre sensual labia venenosa. Realidades que seguirán siendo tales si cometo la imprudencia de limitar mis palabras a las minorías, reduciendo el placer de la escritura a un ejercicio masturbatorio, esclavo del ego. De ahí que me resulte mejor pensar en términos de gestión, equilibrio y creatividad, como en la vida misma. El desafío está en entender el privilegio de esta y cada una de las otras palestras que tengo la suerte de tener. Dar a cada una su sentido, su razón de ser. Por rutinaria que pueda llegar a ser su labor u oficio, indiferentemente de sus circunstancias, le insto a intentar encontrar ese propósito también. Aporte a los demás desde donde pueda y como pueda; procure ser decente, amable, solidario... y prepárese para grandes cosas.

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