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Relatos de lucha contra el cáncer de mama

“El cáncer fortaleció nuestra relación”

Actualizado el 25 de octubre de 2013 a las 12:01 am

Aunque era ella la enferma y le tocó ir al quirófano y recibir quimioterapia, su coraje fue tal que alcanzó para llenar de ánimo y valor al resto de la familia

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María Elena Salguero fue diagnosticada con cáncer de mama en el 2012

Nombre: María Elena Salguero Camacho

Edad: 68 años

Residencia: Tibás

Cuándo recibió el primer diagnóstico: 2012

Recuerdo que, durante la espera de los resultados de la biopsia, le pedí desesperadamente a Dios que no fuera nada malo, que no tuviera esa enfermedad… pero los designios de la vida eran otros

Una voz al otro lado del teléfono, me reveló el resultado de los exámenes hechos a mi madre, María Elena Salguero, quien se había palpado algo en su seno que sabía que no le pertenecía.

Desconocía los términos médicos, así que corrí a la computadora y busqué las palabras claves de ese diagnóstico. Fue ahí cuando los miedos se clavaron en mi corazón como una daga afilada. Me derrumbé. No podía creerlo ni aceptarlo. Llorando, imaginaba un desenlace sombrío y sentía que no tenía fuerzas para continuar.

La internaron para llevar a cabo más análisis. Mi papá desconocía los detalles de su padecimiento y fue desgarrador verlo llorar.

Después de varios días, fue trasladada al quirófano. Pero antes pudimos platicar. Era ella quien me daba ánimo y valor.

Sin mucho contratiempo, fue operada y su recuperación fue favorable.

Yo, en cambio, continuamente le preguntaba a Dios “¿por qué?” Pero una voz dentro de mí me decía: “no hay un por qué, sino un para qué”.

Decidí obedecer a mi voz interior, le pedí su perdón a mi mamá por los sufrimientos que le ocasioné y me puse a su disposición para ayudarla en todo.

Así, en paz conmigo misma, tuve un enfoque más positivo de todo este proceso.

Continuamente le preguntaba a Dios “¿por qué?” Pero una voz dentro de mí me decía: “no hay un por qué, sino un para qué”

La acompañé a las citas y cada día me sorprendía más su valor y su fortaleza.

La primera vez que la dejé en el ancho sillón para recibir su tratamiento de quimioterapia, me sentía como un niño que anhela no desprenderse de su madre a la entrada del kínder. En las afueras del salón, las lágrimas corrieron por mis mejillas, y de nuevo le imploré fuerzas al Todopoderoso.

Cuando vio que su cabello no cesaba de caer, me pidió que se lo cortara. Sus mechones brillantes resbalaban sobre su falda como gotas de lluvia. Un pañuelo azul de diminutas florecillas se volvió uno de sus cómplices.

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El tiempo avanzó entre sesiones de quimio, antojos de alimentos de sabor ácido, y radioterapia. Pasó el tiempo y vio cómo los rizos que tanto admiraba volvieron a su cabeza con una textura suave y fina.

Los miedos se disiparon. Los efectos secundarios no fueron tan abrumadores.

Y ella sigue en pie. Bella, extraordinaria, vigorosa, y con fe inquebrantable, dándonos un ejemplo de lucha constante y fortaleza, y compartiendo sus experiencias con un grupo de mujeres que, como ella, son

Amo y admiro a mi madre por todo lo que luchó, y le pido a Dios que me permita gozar de su amor por muchos años más.

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