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La biblioteca que ancló en un restaurante de pueblo

Actualizado el 30 de noviembre de 2014 a las 12:00 am

Cómase un casado en Atenas y tome un libro. ¿No terminó de leer? Llévese el ejemplar a casa, y agradézcale a una pareja por el préstamo

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En siete años, la Friendship Library se ha convertido en una colección de 2.000 ejemplares. | FOTOGRAFÍA EYLEEN VARGAS

Una bibliotecaria y un contador jubilados no suelen ser protagonistas de las novelas de aventura; pero, hace unos 14 años, Linda Ledbetter y Bruce Brasington se embarcaron juntos para navegar en un velero por las islas Bermudas.

Bruce se dedicaba a los negocios y Linda trabajó por 27 años en una escuela pública. ¿No temieron emprender los dos solos una vida en el mar? Ella dice que lo que más la atemorizaba era quedarse en un lugar y no hacer nada especial, “no darle una oportunidad a la aventura”.

Bruce sabe que el entretenimiento no abunda cuando se vive en un bote. Por ejemplo, él refiere que su televisor solo registraba los programas religiosos bermudeños. En estas circunstancias, los libros se convierten en un bien muy preciado, que cambia de mano en mano y de nave en nave. Si se vive en el mar, los vecinos van y vienen; igualmente, las lecturas.

Cuando sintieron que el trabajo en el bote se empezaba a hacer demasiado duro, Linda y Bruce decidieron establecerse en Atenas, en Costa Rica, hace unos ocho años. Solían vivir con poco y aun con menos desembarcaron. Eso sí, con su equipaje venían dos cajas con libros, que hoy se han multiplicado en más de 2.000 ejemplares. Linda, con el apoyo de Bruce, ha creado la Friendship Library.

En un sitio improbable como lo es el restaurante La Carreta (en el centro del cantón), el visitante entra y se topa con un menú de más de cien opciones (casados, pollo frito, hamburguesas, batidos, arroz con pollo), pero también encuentra estantes con títulos de Michael Crichton, Stephen King, Ken Follet y Dr. Seuss, acomodados en estantes mediante el Sistema de Clasificación Decimal Dewey, el mismo que encontrará en cualquier otra biblioteca.

Linda Ledbetter y Bruce Brasington crearon la Friendship Library,  que presta libros sin ningún compromiso.  | FOTO: EYLEEN VARGAS
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Linda Ledbetter y Bruce Brasington crearon la Friendship Library, que presta libros sin ningún compromiso. | FOTO: EYLEEN VARGAS

El dueño del restaurante, Fabio Zamora, refiere sobre esta sociedad excepcional que, hace unos cuatro meses, Bruce se acercó a su hijo y le preguntó: “¿Quiere llenar su restaurante de gringos?”.

Lecturas de amistad

Atenas es un cantón que se ha poblado de extranjeros, principalmente de Estados Unidos, pero también de Canadá, Italia, Alemania, Inglaterra... Ya son cientos quienes viven retirados en el cantón, pero muchos más llegan a instalarse durante los meses de invierno en los nortes más helados para disfrutar del “mejor clima del mundo”, un eslogan ateniense que seguramente inventó alguien a quien le fascinaba sudar.

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Beatriz Arguedas es una vecina del cantón que ha sido bibliotecaria por los 37 años que lleva funcionando la biblioteca pública de Atenas y ella ha podido ver el cambio que ha tenido su pueblo con la llegada de los expatriados.

Dice que muchos de quienes han asentado permanentemente su residencia se han asociado a la biblioteca local, pero también reconoce que le es difícil expedirles un carné a quienes solo se quedan por unos meses. “No me puedo comprometer a darles un libro. ¿Después cómo los encuentro?”.

En el restaurante La Carreta, al costado sur de los Tribunales de Justicia, no hay formalidades. Allí nos sentamos a charlar con Bruce, de 66 años, y con Linda, de 70. Ellos están entre quienes disfrutan su retiro: a una hora de la costa y a otra de San José, ciudad en donde les fascina caminar.

No money, no charge, all we ask is to bring them back”, nos describe Bruce el protocolo de préstamo de los libros, el cual no exige registro ni dinero a cambio.

El préstamo está basado en un sistema de honor: quien se lleva un libro, se compromete a traerlo de vuelta.

Friendship Library es una biblioteca que no le exige al usuario registro, pago o devolución del libro (aunque debería hacerlo)

“Los gringos leen mucho por placer”, dice Bruce, “y una de las quejas cuando vienen a Costa Rica es que no pueden conseguir muchos libros a un precio razonable”.

La pareja dice que han conocido a extranjeros que vienen de sitios relativamente cercanos como San Ramón y Grecia –incluso de otros más lejanos, como Cartago– para intercambiar y donar libros a su Friendship Library.

Hasta donde han llegado a conocer, la suya es la mayor biblioteca de la buena fe, en inglés, que han visto en el país. Con excepción de los que están leyendo en el momento, la pareja no tiene libros en su casa; todos están en La Carreta.

Confianza

Uno no se ha curado lo suficiente de la sospechada “malicia indígena” del costarricense y por ello se les pregunta si un sistema como el de Friendship Library es exitoso. ¿No terminan los estantes por ir goteando su inventario hacia la nada?

Después de todo, cualquier cliente puede tomar un libro, sin decirle nada a nadie, pagar la cuenta y, simplemente llevárselo a casa. Nadie le llegará a tocar la puerta después para pedirlo.

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Linda refuta nuestra desconfianza. Afirma que ha sido todo lo contrario, pues su experiencia es que la biblioteca, más bien, tiende al ensanchamiento.

La colección se empezó a formar más o menos hace siete años. Todo empezó con aquel par de cajas de libros usados. “Mi visión era organizar (aquella colección) en una ‘biblioteca’ propiamente clasificada, etiquetada y adecuadamente organizada”, cuenta Linda.

La pareja instaló su proyecto en otro negocio con el que ya no mantienen relación y se mantuvieron allí durante varios años.

A La Carreta llegaron con sus más de 2.000 ejemplares y todo el mobiliario para exhibirlos. “Nosotros construimos gratuitamente todas las repisas. Mi amor es la educación y hemos invertido cientos de horas de nuestro tiempo y, probablemente, unos $1.000 de nuestro dinero”, comenta Linda.

Fabio Zamora es el dueño de La Carreta. Su negocio  está repleto de libros que  no puede leer, pues él no habla inglés.   | FOTO: EYLEEN VARGAS
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Fabio Zamora es el dueño de La Carreta. Su negocio está repleto de libros que no puede leer, pues él no habla inglés. | FOTO: EYLEEN VARGAS

Ella le guarda un cariño especial al libro Many Many Colored Days , de Dr. Seuss, debido a su trabajo con escolares; sin embargo, para su lectura personal, le obsesiona la ficción histórica y la historia de los primeros años de la cristiandad. Sobre Bruce nos informa: “Él simplemente lee de todo”.

La sección más abultada de la biblioteca está dedicada a la literatura de ficción: novelas históricas, de misterio, de crimen, de espías... Otra sección tiene literatura de no ficción: libros de cocina, de salud, viajes... Hay un espacio para la literatura infantil y juvenil y otro en el que mantienen revistas y rompecabezas. También hay un pequeño –muy pequeño– estante con libros en español.

Fabio Zamora, por su parte, trabaja todos los días en un negocio lleno de libros que no puede leer, pues él no habla inglés. La Carreta tiene 11 años de existir en Poás, de Alajuela, y hace más de cuatro que Zamora quiso expandir el negocio y abrió un segundo local en Atenas.

Él dice que el 95% de los usuarios de la biblioteca son extranjeros, aunque todavía no ha visto su llegada en masa. Bruce le advierte al restaurantero que espere, que en unos días, cuando el invierno arrecie, su local se llenará de gringos.

En el mismo espíritu del intercambio de libros, entre la pareja y Fabio no hay formalidades: ellos ponen los ejemplares; él, el espacio.

Linda espera que la oferta de libros en español se multiplique gracias a la nueva ubicación. Por lo pronto, ella y Bruce están anunciando a los lectores fieles sobre el nuevo lugar.

Todos los días, Linda va al restaurante a mantener el orden en los estantes. Pero ya en serio, le volvimos a preguntar, ¿de verdad no teme que le terminen robando todos sus libros?

Linda sonríe (siempre sonríe): “Quiero vivir en un mundo en el que pueda confiar en la gente”, nos dice, y remata: “Yo creo que, con nuestras acciones, creamos el mundo en el cual queremos vivir”.

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