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Tinta Fresca: El amanecer pesa tres kilos y 150 gramos

Actualizado el 18 de septiembre de 2016 a las 12:00 am

Hace tres décadas conocí una palabra que es como una fuente.

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Tinta Fresca: El amanecer pesa tres kilos y 150 gramos

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Entre los miles de cenotes de Yucatán uno se llama Zacil-Ha, dos palabras muy antiguas para nombrar al agua clara.

En Yucatán los ríos corren casi siempre bajo el suelo, pero a veces la tierra abre los ojos, se asoma a la superficie y forma pozos que desafían el verdor del jade, del quetzal y del Caribe. Son los cenotes y hoy los buscan los turistas como los buscaban ayer quienes los bautizaron.

Antes de darle nombre a un cenote, Zacil-Ha era una princesa maya, hija del cacique Nachán Kan. Hace tantísimo tiempo de eso que la historia se contaba con glifos porque las letras estaban todavía en camino.

Ilustración: Dominick Proestakis
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Ilustración: Dominick Proestakis

Zacil puede traducirse también como cristalino o transparente y, por asociación, como amanecer.

Conocí la palabra una noche de abril de 1986 cuando en el teatro Melico Salazar celebraban el festival La paz del mundo comienza en Centroamérica, dedicado al primer ministro sueco Olof Palme, asesinado el 28 de febrero de aquel año.

América Central era un campo de batalla y de muerte y sobre todo por eso era urgente y necesario encontrar tiempo para cantarle a la vida.

Yo no estaba en el teatro sino en la casa, viendo televisión junto a mis padres, y salió a escena Amparo Ochoa, la menuda maestra sinaloense convertida en cantante, acompañada por el grupo Zazhil (escrito así).

Acomodé el nombre de aquellos músicos en el sitio donde duermen los recuerdos hasta que una conversación lo despertó, treinta años después, cuando me contaron que estaba por entrar en la historia familiar la claridad de una Zacil.

Nació en Cancún –¡chiquita dichosa!–, donde los mayas admiraban con las primeras luces del día una serpiente dorada extendida sobre la amplitud del mar.

Dormía en la primera foto que Catalina me mandó de ella, tenía apenas dos días y su piel era suave como los guantecitos de lana de sus manos diminutas. En la segunda tenía veinticinco días, usaba una camisetita de tirantes y fruncía la boca, como besando la vida. Estaba despabilada y enseñaba, por encima de los cachetes de durazno maduro, abiertísimos y oscuros, dos cenotitos brillantes, “dos perlas de carbón”, según el sabio diccionario de Sabina.

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Zacil es el brote más tierno del árbol familiar. O, diciéndolo mejor, es brote, flor y fruto de ese árbol y tiene su lugar muy bien ganado junto a Ariel, Jimena, Daniel y María Laura, bisnietos de mis padres, mis sobrinos nietos.

Ese árbol tradicionalmente enraizado en el suelo de Alajuelita abrió la copa, extendió las ramas, llegó al norte. Las semillas fueron hasta más allá de  donde templos y observatorios compiten en tamaño con las ceibas sagradas, altas y fuertes, veneradas por ser capaces de sostener la cúpula del cielo.

Llevado por la realidad, el apellido viajó y ahora una bebé amada crece cerca de ese Caribe claro y turquesa que toca también nuestras costas.

Zacil, bella niña del amanecer, midió cincuenta centímetros y pesó tres kilos y ciento cincuenta gramos.

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