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El adiós a la casa

Actualizado el 07 de abril de 2013 a las 12:00 am

En el apartamento se vive diferente, con todos RESPIRÁNDOSE UNOS A OTROS, cruzando los dedos para que el vecino de al lado no sea sicario o drogadicto.

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El adiós a la casa

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Con su salto de la casa abierta y entrañable al condominio cerrado y reglamentado, el estilo de vida del tico ha dado un giro histórico.

Más que mudarse físicamente de un sitio al otro con sus bártulos, es un cambio radical de concepto, un dejar atrás toda su cultura residencial centenaria para moverse a otra, moderna y sofisticada.

Sin importar si era de bahareque, teja o tablones, como en los viejos tiempos, o de ladrillo, cemento y gypsum , más recientemente, la modalidad de vivir en una casa independiente, íntima, con vista a la calle y sabor a barrio populoso, se desvanece.

Forzado por las circunstancias, y en algunos casos a regañadientes, el tico ha tenido que dar ese paso. El apabullante crecimiento urbano con su masa vehicular, escándalo, contaminación e inseguridad han sido suficiente motivo para tomar la decisión y “echarse al agua”.

A la postre, la industria de la construcción, los bancos y los desarrolladores, influenciados por un estilo de vida ya muy arraigado en otros países por las mismas y otras razones, y atraídos por la posibilidad de hacer clavos de oro en el negocio, le sirvieron en bandeja al tico la opción del condominio.

La transición para este entrañaba, sin embargo, algo muy sentimental. Dejar la casa donde nació él o murió su madre. Significaba, además, despojarse de una tradición muy profunda, pues de tener patio con perros, pericos, gatos, patos y a veces hasta cabras, así como chayoteras, matas de esto y de lo otro y palos de mango, naranja, cas y limón a no tener nada o casi nada, le dolería en el alma.

La nostalgia del solar

El patio era un pulmón íntimo de la casa para jugar, asolearse, reunirse, guardar chunches y tender ropa sin que nadie la viera, pues qué feo unos calzoncillos azotados por el uso colgando del alambre a vista y paciencia de todo el mundo... Y luego aquel estruendo de los aguaceros sobre el techo de zinc tan ricos para dormir, tomarse el café de la tarde y acurrucarse en la mecedora a ver pasar gente.

En la casa típica, uno salía y entraba como si nada, dejaba la puerta de la calle abierta, llegaban el verdulero, el lechero, el vendedor de cepillos y escobas, el pordiosero, el afilador de cuchillos, el “polaco” y los evangélicos a mercadear su credo, entre otros.

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Todo estaba a la mano: la pulpería, la carnicería, el sastre, la botica, el carbonero que nos vendía el carbón para el “anafre”, la señora que ponía inyecciones, la que hacía las tortillas, la que prestaba plata, la sobadora de “pegas” e incluso la adivina o médium, esta última, por cierto, siempre boyante en clientes femeninas que acudían a averiguar si sus novios o maridos les daban vuelta y con quién.

Por si fuera poco, en casas donde había hasta 20 gallinas se vendían huevos, y si se podía, la gallina también, para el caldo del moribundo o la frotada con enjundia. Y se vendían, prestaban o regalaban limones, jocotes, nísperos y guayabas, y plantas aromáticas como hierbabuena, ruda, romero, valeriana y sábila que algunas señoras utilizaban para bañarse en sus zumos y espantar al pisuicas.

La casa era la casa. Los chiquillos jugaban en la acera (entonces había aceras), en media calle y en todos los espacios aprovechables. Se subían a los árboles del patio a “tirárselas” de Tarzán, colgaban hamacas y armaban mejengas, o bien jugaban trompo, rueda, bolero o rayuela.

Un mundo horizontal, amplio, generoso y, sobre todo, bucólico. Aunque la casa fuera pequeña, el espacio externo era ilimitado. La gente interactuaba mucho, compartía actividades y cosas. Las familias eran grandes y entre las vecinas se intercambiaban comida; la que había hecho ese día tamal asado, con la que presumía de sus papas con chorizo.

Había un sentido de solidaridad que con el tiempo se perdió. El vecino que sabía de fontanería o carpintería le ayudaba al que no sabía, sin cobrarle un cinco, a reparar algún daño en la casa. Una taza de café con bizcocho zanjaba la deuda. Ahora, si pueden, se llevan la casa. Había también “rezadoras” de rosarios que no le cobraban a uno en plata por sus servicios sino al Señor en indulgencias para ganarse el cielo.

Ah, y la Virgen Auxiliadora se paseaba en una urna de cristal por todo el barrio, 24 horas en cada casa una vez al mes, a cambio de alguna limosna. Y las familias se sentían bendecidas con aquella huésped de honor a la que le ofrendaban flores, cánticos, lágrimas y plegarias. Y uno se sentía el más importante del barrio cuando la Virgen estaba de visita en su casa.

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Del rezo a la telenovela

Sin embargo, con el tiempo, la presencia de un novedoso y extraño visitante empezó a alterar el espíritu de la casa como un todo: su excelencia el televisor. Logró penetrar hasta lo más íntimo de la familia al punto de modificar su mentalidad, sus hábitos y, por supuesto, el aire comunitario de recogimiento y sobriedad que le caracterizaba.

Y de ahí a que el germen del consumismo sacara sus garras fue cosa de poco tiempo. Desde que la tecnología se metió por todas las rendijas de la casa con su aluvión de electrodomésticos, modas, novedades electrónicas y hasta el carro, la familia ya nunca más fue la misma. Ver a padres e hijos aislados cada uno en sus cuartos, y aún dentro del automóvil, con su televisor, playstation , computadora y celular, era ver otra Costa Rica.

Y más allá de la casa, con el gobierno y la sociedad como principales actores, el escenario nacional no era menos convulso. Estábamos ante un Estado que por no prever ni planificar el crecimiento del país, perdió el control de sus actividades y servicios públicos más elementales, como la seguridad del ciudadano, el ordenamiento vial, la construcción de nuevas carreteras, la aplicación de las leyes...

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En consecuencia, no solo se nos llegaron a meter los ladrones a la casa cuantas veces quisieron, pues las pantallas planas y los iPad eran demasiado tentadores, sino que también se nos metieron hasta el tuétano los buses, las vagonetas, los camiones repartidores y toda la masa de carros que, precisamente por falta de vías, buscaban desesperados los recovecos de los barrios.

De modo que ver un furgón atorado frente a nuestra casa tratando de dar la vuelta en una estrecha esquina de 90° se volvió algo absolutamente folclórico. Mientras uno dormía o veía televisión en su casa flanqueado apenas por una delgada pared de madera, aquel animal de acero rugía hacia atrás y adelante tratando de culminar la maniobra que lo liberaría de su encierro. ¿Era eso vida?

De ahí que no fue raro ver pronto a muchos sectores residenciales relativamente jóvenes llenarse, primero, de rejas, vigilantes y alarmas que no servían para nada, y luego de rótulos de “Se alquila”, “Se vende”, “For sale” y, por lo consiguiente, de toda suerte de empresas que compraban o rentaban las casas para negocios u oficinas y que, con su tráfico de gente, camiones, motos y carros, acabaron de profanar la santa paz del barrio original.

Era inevitable: no había otra que salir huyendo. Un sonoro “calda el último” pareció escucharse en muchos sectores sociales amenazados por la fiera urbana de la improvisación, la negligencia y la falta de liderazgo. Desde hombres y mujeres ejecutivos, solteros o divorciados que buscaban independencia hasta familias enteras que buscaban protección y tranquilidad, prefirieron invertir en algo más práctico y seguro.

La nueva tierra prometida

De ahí la inusitada expansión de todo el mundo hacia la periferia de la capital y más allá. Escazú fue la punta de lanza de los primeros edificios de apartamentos verticales y horizontales en serie, seguido de manera arrolladora por el norte (Heredia y Alajuela) y el este, con La Sabana y alrededores como epicentro del boom de los más altos y llamativos, emulando una suerte de “Manhattan Pura Vida”.

Desde entonces, su majestad el condominio reina en el ambiente urbano nacional con miles de ticos mudándose y tratando de adaptarse culturalmente a sus rigores, reglas y condiciones que, por no haber existido nunca en las casas, tienden a provocar fricciones y choques con vecinos y administradores.

Hay amas de casa que, pese a vivir ahora en un noveno piso, pretenden sembrar ahí chayoteras en maceta, tender ropa en los balcones, llevarse las mascotas que tenían en la casa –cabra incluida–, y poner música a todo meter y a cualquier hora. Ojalá se acuerden que están a 30 metros de altura y no en su casa de antes, no vaya a ser que les dé por sacar a asolear a la abuelita al patio, a barrer la acera o a limpiar los vidrios por fuera...

Y es que al ser más limitado, en el apartamento se vive diferente entre áreas compartidas, a reglamento, con todos respirándose unos a otros, cruzando los dedos para que al vecino de arriba no se le inunde el apartamento o que el de al lado no sea sicario, drogadicto o aficionado a tocar batería a medianoche.

Ahí ya no llegan vendedores, pordioseros ni la Virgen. El ambiente es más cerrado y, en los edificios altos, la gente tiende a no socializar ni a bajar a los jardines o áreas compartidas, tan diferentes al patio propio. Hay que pedir permiso para ciertas cosas, como fiestas, tenencia de animales, acceso a invitados o siembra de plantas o árboles.

Como resultado, de parte de algunos vecinos son frecuentes los abusos y la violación al reglamento a la hora de usar las áreas comunes, como la piscina o el “rancho”. Las cuotas de mantenimiento tienden a ser altas debido al rubro de seguridad, hay que cerrar ventanas si llueve y subir gradas si se daña el ascensor. O sea, si usted vive en el piso 12 y se le malogra el ascensor en el instante de llegar con todas las compras del supermercado, tiene dos opciones: pedirle la grúa a los Bomberos, o comérselo todo abajo.

Pero no coma cuento

Otra desventaja es que la gente está expuesta a los desarrolladores inescrupulosos que piden “adelantos” para reservar el inmueble, o reciben incluso el pago parcial o total por este y no entregan los documentos de propiedad en ocasiones porque ni siquiera han sacado los permisos de construcción ni hecho los trámites en el Registro de la Propiedad, y en otras, porque se trata de una estafa completa.

De feria, uno de sus ganchos publicitarios para vender es bautizar los proyectos residenciales con nombres de ensueño como “Cascada de los dioses”, “Bosques primaverales” o “Brisas del mar” y que, al final de cuentas, no son otra cosa que una jungla de cemento con todos los apartamentos estrujados sin suficientes zonas verdes, espacios abiertos, calles anchas, ni parqueos apropiados.

Pese a todo, el condominio se erige como una buena opción para el habitante urbano, mas no en la mejor. Si no se siguen ciertos protocolos de seguridad como pagar guardas, tener “agujas”, cercas perimetrales y electrificadas, cámaras, monitores, buena iluminación, sensores y alarmas, el hampa se sentirá con la mesa servida.

Todo esto, en general, ha empezado a cambiar el perfil autóctono del tico hacia otro más cosmopolita, multitudinario, alerta y siempre de prisa. A la larga, incluso, más futurista, competitivo, materialista y menos sensible a los patios con gallinas, por lo que el apartamento o casa en condominio se avienen en mucho a esta modalidad. Lo cierto por ahora es que la casa tradicional, la casa de siempre, habrá comenzado a buscar su nicho en la historia, aunque transcurrirán todavía algunos años para que la cultura del condominio se afiance en nuestro medio.

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